Ferran Torrent - Especies Protegidas

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Juan Lloris, un constructor que intentó convertirse en personaje social sin conseguirlo, no está dispuesto a rendirse. Para empezar, se va a cobrar los favores que le debe el secretario general de un partido minoritario decisivo para formar gobierno. Y va a contar con ayudas como la de un agente de la FIFA y su colaborador de pasado inconfesable, el crack destinado a salvar al club local, un peculiar responsable político de finanzas, un veterano periodista deportivo, un pirómano presidente de peñas futbolísticas… y una alegre cubana que, al lado de Lloris, presencia su formidable ascenso desde la marginación social hasta la presidencia de un club de primera división… y de ahí a cualquier otro puesto que tenga en su punto de mira.

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Al día siguiente por la mañana, como hacía con frecuencia desde el inicio de la campaña, Juan Lloris se dirigió a la sede electoral de Valencia, un local situado en la avenida de Aragón, muy cerca de Mestalla. Al bajar del coche se encontró con Júlia Aleixandre, que lo estaba esperando en la puerta. Lloris relacionó enseguida su presencia y la reunión con Jofre. Sospechó que estaba pasando algo fuera de su control. Aceptó tomarse un café con ella (le gustaba mucho, aunque físicamente no fuera su tipo de mujer; pese a sentirse amenazado por su ademán provocador, tenía aquel toque malicioso que lo excitaba, o quizá fueran las virtudes curativas del éxito lo que le estaba devolviendo el firme deseo por las mujeres). Lloris le contó su encuentro nocturno con Jofre. Júlia le preguntó qué era lo que le había ofrecido. Tras revelarle el pacto que habían acordado, Júlia le confesó que deseaba ser su asesora. Lloris le recordó a Júlia la traición de Oriol, le recordó la amistad que los unía. Dos recordatorios que insinuaban su desconfianza en ella. Estaba harto de asesores listillos. Pero ella había ido a verlo para darle una información de tanta importancia que lo convertiría en un hombre capaz de colmar todas sus aspiraciones. Júlia tenía planes para Lloris. Sin embargo, el candidato quería saber en qué consistía aquella información tan primordial. Júlia calló, como si meditara la conveniencia de decírselo antes de llegar a un acuerdo. Si es algo grande, le dijo Lloris, estoy dispuesto a hacerte un contrato blindado y convertirte en el miembro más poderoso de mi staff. Acto seguido le describió con qué condiciones económicas la contrataría, el blindaje y la disponibilidad de medios que le ofrecería para llevar a cabo sus planes. Pero antes quería saber por qué deseaba trabajar para él. Cuando se lo dijo, cuando entendió cómo la habían despreciado, Lloris comprendió que la información sería realmente crucial, y por qué Sebastià Jofre, un hombre clave en el entramado conservador, se había tomado la molestia de contactar con él, otro gran despreciado. Júlia le explicó en qué consistían los dobles contratos y qué función tenían. Entonces le comentó por encima cuál sería la mejor forma de aprovecharlos. Le aseguró que se entenderían muy bien, porque ella sabía lo que él quería y él entendió lo que estaba dispuesta a hacer. La contrató. Júlia permanecería en la sombra, urdiendo la estrategia.

El 23 de agosto, una semana antes de que empezara la Liga de Fútbol Profesional, a las diez de la mañana, tuvo lugar la asamblea del Valencia C. F. más concurrida de la historia del club. Se celebró en la Fonteta de Sant Lluís, el pabellón donde el Pamesa jugaba al baloncesto. Podían participar todos los accionistas con un mínimo de nueve acciones. Si al entrar no habían delegado sus acciones, se entendía que autodelegaban en el momento en que se acreditaban. Podían votar «sí», «no» o en blanco a los puntos del orden del día. La mesa presidencial estaba integrada por el presidente del club y por todos los miembros del consejo de administración, sentados por orden de importancia: vicepresidente, portavoz, tesorero… Al lado del presidente, el notario que daría fe con su acta de todo cuanto allí ocurriera.

Juan Lloris llegó a la Fonteta media hora antes de que se iniciara la asamblea, acompañado por Rafael Puren. Al bajar del coche recibió la primera ovación de los accionistas que se apiñaban ante la puerta, y la multitud de periodistas, mucho más numerosos de lo habitual en las asambleas, no tardó en sacarle titulares. Pero Lloris, prudente, declaró que estaba contento con la campaña; muy satisfecho de la acogida que tanto Bouba como él -Curull insistió en que mencionara al crack siempre que pudiera- habían tenido en las peñas -es una lástima que no haya podido asistir a todas-, pueblos y ciudades que visitaron. A la pregunta de si se consideraba el vencedor de la asamblea, el candidato dijo que primero había que escuchar a los accionistas, pero que, en efecto, al menos se consideraba el vencedor moral. No obstante, añadió que por respeto a la voz y al voto de los accionistas -sobre todo de los pequeños: ellos, con su limitado poder adquisitivo, sí que hacen un esfuerzo de valencianismo- no quería manifestar nada más, aunque se ponía a disposición de los medios informativos cuando finalizara la asamblea.

Entró en el pabellón rodeado de periodistas. Una azafata lo condujo a la primera fila, reservada a los grandes accionistas. Saludó a sus compañeros de butaca, que lo recibieron con mucha amabilidad. La mayoría del público lo ovacionó. Lloris correspondió con un saludo de humildad calculada.

Poco antes de que empezara el acto, el consejo de administración exhibió un vídeo promocional, en una pantalla gigante, con los goles del equipo. Se mostraron las victorias épicas contra el Barça y el Madrid de la anterior temporada. Se produjeron algunos silbidos por lo que se consideraba un abuso demagógico del poder. Pero Lloris aplaudió y todo el mundo acabó secundándole.

Después de la proyección del vídeo, al son del himno del Valencia, todos los miembros del consejo de administración ocuparon la mesa presidencial. Hubo una gran silbada. Un minuto más tarde, al hacerse el silencio, se empezó a cumplir el orden del día con el balance económico del ejercicio anterior. Era un aspecto muy aburrido y ningún accionista intervino. El segundo punto consistió en la lectura del presupuesto previsto para el año siguiente. Mientras el portavoz informaba, el presidente recibió una nota, detalle que no pasó desapercibido a Santiago Guillem. Las intervenciones de los accionistas sobre el modelo de presupuesto fueron interrumpidas por el presidente porque no eran pertinentes. Se quejaban del intento del club, finalmente frustrado, de traspasar a Kily González. Por una amplia mayoría los accionistas no aprobaron el presupuesto. A pesar de todo, se esperaba con auténtica ansiedad el apartado de ruegos y preguntas. Antes de llegar a aquel punto la mesa presidencial ordenó un receso. Todos los miembros de la directiva se retiraron por una puerta lateral. Lloris permaneció en el asiento, para evitar hacer declaraciones. La asamblea se retransmitía en directo por radio y procuraba que la euforia no lo llevara a cometer excesos verbales (hable sólo cuando sea necesario, le había aconsejado Curull, y cuando lo haga diga sólo lo que haga falta). Puren se fue a hablar con el grupo de accionistas que compondrían la junta de Lloris. El presidente del club entró en un despacho y llamó por teléfono a Sebastià Jofre, que seguía el curso de la asamblea por la radio. Ambos acordaron que el consejo de administración dimitiera en bloque. El presupuesto, la única esperanza que tenían, había sido rechazado y aquello suponía el prólogo a una derrota cantada. El presidente nunca llegó a saber que Jofre ya había acordado con Lloris aquella dimisión.

Quince minutos más tarde se retomó la asamblea con el apartado de ruegos y preguntas. El presidente cedió la palabra a un accionista que elogió el comedimiento del consejo de administración al no hacer ningún fichaje que hubiera lastrado aún más la ya maltrecha economía del club. Una bronca monumental le impidió seguir hablando. Entonces el presidente advirtió que anularía la asamblea si no se respetaban los turnos de palabra. Pero la gente siguió protestando y Lloris se levantó para pedir silencio. Tres accionistas más aprobaron la actitud del club. El quinto en hablar según los turnos previamente pactados fue Lloris. Se produjo una ovación clamorosa. El candidato volvió a pedir silencio. Entonces, dirigiéndose con voz potente a la mesa presidencial, con gestos enérgicos aconsejó a la directiva que, en vista de la reacción de la mayoría de los accionistas -que había rechazado el presupuesto-, dimitiera por dignidad. Si no lo hacían, presentaría una moción de censura avalada por los miles de accionistas que habían delegado en él. Lloris hizo hincapié en que el club necesitaba paz y tranquilidad antes de una temporada tan importante; calma posible si el actual consejo cedía el poder sin meterse en una guerra que a nadie beneficiaría. Como valencianistas debían pensar en la imagen del club, y por extensión en la de la ciudad. El presidente contestó que, antes de que tuviera lugar la asamblea, todo el consejo de administración ya tenía previsto dimitir si no les aprobaban el presupuesto, base sin la que un club no puede funcionar, por no decir que, sin eso, era imposible continuar ya que no contaban con su activo más importante, los accionistas. Pero, como valencianista, como socio con treinta años de antigüedad -por cierto, señor Lloris, hace muchos años que usted no viene a Mestalla-, no podía dejar de advertir a los accionistas, a la masa de aficionados, que el meteórico ascenso del candidato gracias a su fichaje estrella -un futbolista así de diecinueve años es una incógnita, por joven y africano, es decir, de cultura y costumbres muy distintas- acabaría llevando al club a una situación económica insostenible. A pesar de todo, el presidente y la junta respetaban, como demócratas, la voluntad de los accionistas, y por eso, sólo por eso, presentaban su dimisión.

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