Ferran Torrent - Especies Protegidas

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Juan Lloris, un constructor que intentó convertirse en personaje social sin conseguirlo, no está dispuesto a rendirse. Para empezar, se va a cobrar los favores que le debe el secretario general de un partido minoritario decisivo para formar gobierno. Y va a contar con ayudas como la de un agente de la FIFA y su colaborador de pasado inconfesable, el crack destinado a salvar al club local, un peculiar responsable político de finanzas, un veterano periodista deportivo, un pirómano presidente de peñas futbolísticas… y una alegre cubana que, al lado de Lloris, presencia su formidable ascenso desde la marginación social hasta la presidencia de un club de primera división… y de ahí a cualquier otro puesto que tenga en su punto de mira.

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– ¿Me esperabas?

Francesc Petit asintió con la cabeza. No lo esperaba a él, pero sí algo que acabara de redondear el guirigay en que andaba metido. Cuando las cosas van mal siempre temes que empeoren.

– Soy Juan Lloris. Joan.

«Joan Lloris, el constructor de los cuatrocientos millones de pesetas», quiso recordarle valencianizando su nombre.

En un arrebato de satisfacción irreparable, sintiéndose señor indiscutible del país, Lloris se dirigió al comedor. Petit cerró la puerta y miró el reloj, las once y cuarto de la noche, como si en el futuro tuviera que recordar aquel instante como un hito indeleble. Una hora antes Vicent Marimon lo había llamado para decirle que, al término de una cena de militantes en Sueca, se dejaría caer por allí para hablar con él. Cuando llegó al comedor, el empresario estaba sentado cómodamente en un extremo del sofá.

– ¿Te apetece una copa?

– Ron.

La actitud y las exigencias de Lloris lo irritaban muchísimo. Y probablemente aquello sólo era el preámbulo del encuentro. Resolvió la situación con paciencia y le sirvió una copa de ron Pampero, el mejor que tenía, el centenario. El empresario decidió aliviar tensiones. Le ofreció un Cohibas, que Petit aceptó de buen grado.

– ¿Tenemos algo de que hablar?

– Ya lo creo -dijo Lloris, volviendo a sonreír.

– Tú dirás.

Por instinto político o quizá por predisposición, Petit pensó en lo peor: que Lloris venía a cobrarse, en metálico, los cuatrocientos millones de pesetas que de forma tan altruista les había dado para que afrontaran con garantías el reto de las últimas elecciones. Por lo tanto esperó a que pasara el tiempo que se tomó el empresario mientras daba grandes caladas al puro. La respuesta, mezclada con el humo:

– Quiero ser alcalde de Valencia.

Petit tardó unos segundos en asimilar que aquella petición era mucho peor que la exigencia de que le devolvieran el dinero. Pero siempre queda la esperanza de no haber escuchado algo bien.

– Supongo que lo has entendido: alcalde de Valencia.

Ahora sí, pero a regañadientes.

– Hay miles de personas que quieren serlo -respondió Petit como si le costara mucho comprenderle.

– Yo me lo he ganado. Cuatrocientos millones dan derecho a exigirlo.

– Ése no era el trato.

– No me acuerdo.

– Yo sí, pero me imagino que te da igual.

– Tienes mucha imaginación.

– Tanta que no recuerdo que nos dieras dinero.

– ¿Lo dices porque no hay constancia escrita?

– En efecto.

– Permíteme que me descojone.

– Como si estuvieras en tu casa.

No se descojonó, hizo todo lo contrario: adoptó un rictus serio, muy serio, de hombre implacable. Se levantó del sofá con un suspiro de fatiga y se fue al balcón dejando un rastro de humo por la sala. Desde allí se veían el mar y el paseo marítimo de la Malvarrosa. Limpio, bien iluminado, precioso. Valía la pena ser alcalde de una ciudad sólo para ser recordado como el impulsor de obras que la gente disfrutaba y admiraba. Se dio la vuelta y con la mano que sostenía el puro señaló a Petit.

– Tienes las horas contadas si salgo de aquí sin llegar a un acuerdo. ¿Me he explicado con claridad?

– No mucho.

– ¿Qué quieres decir?

– Que ignoro si las horas contadas son como político o como persona.

– Como político.

– Eso me tranquiliza.

– Mañana convocaré una rueda de prensa y contaré con pelos y señales la entrega de esta maleta. A lo mejor no podré demostrar cuánto dinero os di, pero tú tendrás que justificar una campaña electoral que no se ajustaba en absoluto a vuestras posibilidades económicas. El escándalo estará servido.

Tenía parte de razón. Un enredo más, pensó Petit, en una madeja que ya alcanzaba dimensiones enormes. Y no era un enredo cualquiera. La tercera vía, la vía valenciana, la alternativa al bipartidismo, patrocinada por un constructor que un año antes había estado implicado en asuntos turbios. En asuntos de prostitutas. Colateralmente, pero implicado.

– Lo que me pides no está a nuestro alcance.

– Si has decidido la Generalitat, puedes decidir el Ayuntamiento.

– No tenemos el siete por ciento en la ciudad.

– Yo haré que lo consigamos. -Lloris ya se había afiliado.

– ¿Con dinero?

– Con mi dinero habéis decidido vosotros.

– Hace falta algo más para ser alcalde.

– ¿Por ejemplo?

– Carisma.

Tocado. Que Petit desconfiara de su carisma apuntaba directamente a su amor propio. Lloris estaba convencido de que muchos rasgos de su carácter, entre ellos su encanto, le habían hecho ascender desde la miseria hasta la inmensa riqueza. Estaba convencido, y nadie podía sacarlo de sus trece, de que él, su trayectoria como empresario, sus dotes halagüeñas, subyugarían a los votantes. Un ejemplo de tenacidad que los ciudadanos reverenciarían.

– Tendré un buen equipo de asesores de imagen.

– Hay imágenes difíciles de salvar.

– Lo mío ya está olvidado. Dels pecats del piu, Nostre Senyor se'n riu [1] . Además, si alguien me lo recuerda, la lista que sacaré a la luz será interminable.

Era tan interminable que unas faldas tapaban a otras. Especialmente en el gremio de la política.

– Lo tuyo ha sido público.

– ¿Y lo del alcalde no es público?

– No pasa de un rumor.

– ¿«Un rumor»? Todos los chaperos de Valencia le conocen.

– Juan… ¿o prefieres que te llame Joan?

– Déjalo en Juan. Por ahora.

– ¿No puedes imaginarte la sorpresa que supondría presentarte como candidato a alcalde? Tu perfil social y personal no encaja en la imagen que debe tener un candidato del Front. Es algo tan obvio que no haría falta ni mencionarlo. De acuerdo, nos diste cuatrocientos millones, nos hiciste un gran favor. Si el problema es devolvértelos, podemos hablar de ello… siempre que el precio no sea tan alto como para acabar perjudicándonos.

– Ya no soy empresario.

– Presenta una candidatura independiente.

– Según tú no tengo carisma.

– Pero tienes dinero.

– Necesitaría también una plataforma que no tengo. -Lloris dio una calada. Petit también-. Sois los únicos a los que puedo acudir.

– Tu perfil electoral y nuestro electorado no coinciden -insistió Petit-. En lo que tú quieres somos precisamente los únicos que no te pueden ayudar. Pero podemos hacerlo indirectamente.

– ¿Cómo?

– Diciendo que tu candidatura es fruto de un electorado de derechas insatisfecho.

– No basta. No tengo organización para hacerles frente. Vosotros sí.

– Mira, yo no mando en el partido. Soy una voz importante, pero no la única. Las candidaturas se deciden por consenso. Hay cientos de militantes ansiosos por formar parte de la candidatura. La tuya no se entendería, por no decir que dejaría al descubierto ciertas cosas que, aunque conservadores y socialistas las sospechan, no pueden demostrar.

– No quiero saber nada. Te he pedido algo y espero una respuesta afirmativa.

Cualquier razonamiento lógico chocaba con la tozudez de Lloris. Un favor como el que había hecho el empresario tenía que devolverse. Estaba escrito. Pero Petit no esperaba que fuera así. Ni todos los millones del mundo harían entender a los militantes la candidatura de Lloris. ¿Por qué él era incapaz de entenderlo? ¿Por qué era incapaz de ser comedido en sus peticiones? Todo aquello reforzaba su idea del personaje como un sujeto adiposo. Igual que todo aquel lío. Los problemas políticos del Front eran una minucia comparados con la exigencia de Lloris, que se negaba a aceptar la realidad de los hechos. No veía la manera de solucionarlo, quizá un pegote provisional: pedirle un poco de tiempo. Pero antes decidió cambiar la actitud hostil que había mantenido al principio. Con una rueda de prensa no podría demostrar nada, pero el mero hecho de convocarla los obligaría a dar explicaciones en público y no todas serían convincentes. Sin embargo, de repente, lo asaltó una sospecha: ¿lo habían convencido los socialistas para que les hiciera esa petición? Josep Maria Madrid no le había perdonado que diera el Govern a los conservadores. Satisfechos con el bipartidismo, ambos partidos se veían molestados por el Front y quizá ahora pretendían ponerlo entre la espada y la pared. Pero lo más urgente era detener a Lloris.

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