– Me has dicho que, en cierto modo, podría trabajar para el Front.
– Así es.
– ¿De verdad quieres que lo haga?
– Explícamelo mejor.
– ¿Quieres que te asesore profesionalmente?
– ¿Cuánto dinero es «profesionalmente»?
– No se trata de eso. Ya hablaríamos.
– No haré nada que sea ilegal o sobre lo que puedas pasarme factura.
– Sólo pagarás la factura una vez. Y no será nociva para los intereses del partido.
– ¿Cómo puedo confiar en tu palabra?
– Porque vivo de ella.
– Muy bien. Adelante.
– Una previa.
– ¿Cuál?
– Júlia no debe saber en ningún caso que te estoy asesorando.
– Hecho.
– Pues te ayudaré. Pensaré en una solución.
– No tardes, ya sabes lo impaciente que es Lloris.
Petit se levantó. Por un instante dudó en darle la mano, pero fue Oriol quien estrechó la suya. Lo acompañó hasta la puerta del despacho. Antes de salir, el nuevo asesor del Front le dijo que no tardarían en tener noticias suyas. Volvió a la mesa y tomó un sorbo de café. Estaba tibio y lo dejó en un extremo. Y ahora hay que revelar un secreto: Oriol ya tenía una solución para Lloris, pero prefirió guardársela para más adelante. Quizá Francesc Petit no la habría valorado como merecía de habérsela comunicado en su primer encuentro.
La empresa en la que trabajaba Rafael Puren se llamaba Moble-3. Lo hacía en el departamento de contabilidad, ocupándose de la facturación y de la atención al cliente. Los orígenes de Moble-3, que se remontaban a veinte años atrás, habían sido Moble-1 y Moble-2, pero ambas empresas habían desaparecido en sendos incendios. Rafael Puren trabajaba para la compañía desde los dieciocho años, es decir, que llevaba exactamente veinte años seguidos prestándole sus servicios. Quemó Moble-1 apenas empezó a trabajar en ella. Como casi siempre, y sobre todo en aquella época, se le fue la mano sin reflexión alguna. Tras muchas discusiones y un juicio, el dueño consiguió recuperar el ochenta por ciento de las pérdidas. Moble-2 también fue víctima de un incendio (otro cortocircuito) provocado por Puren. Esta vez fue un acto de pirómano solidario, a pesar de que disfrutó como un niño. Había crisis en el sector de la construcción, que generalmente arrastra a la industria del mueble. Pedro Altet, el dueño, estaba cada vez más con el agua al cuello, a punto de declarar una suspensión de pagos que afectaría a la nómina de sus empleados. En aquel preciso momento intervino de nuevo la destreza incendiaria de Puren. Dado que el titular del negocio era reincidente, la empresa aseguradora (no era la misma) puso muchísimos obstáculos a la indemnización, aunque los técnicos no pudieron encontrar ningún indicio de intencionalidad en los incendios. Pese a todo, después de arduas negociaciones, pagaron el setenta por ciento de los daños, y el dueño, con una nómina de empleados mucho más reducida, inició la actividad de la actual Moble-3.
La crisis no tardó en golpear también a Moble-3, que se había especializado en muebles clásicos. Una empresa portuguesa no había pagado dos pedidos importantes (en el primero renovaron el pagaré y en el segundo los engatusaron definitivamente), circunstancia que se añadía a una nómina duplicada en tiempos de bonanza y a una baja demanda general. El señor Altet lo había intentado todo con tal de remontar el vuelo, pero no encontraba ninguna salida, según explicaba a su hijo y único heredero, en el despacho contiguo al de Rafael Puren, que escuchaba atentamente la conversación desde su sitio. Si por suerte se produjera otro cortocircuito, decía el señor Altet, podrían volver a empezar de nuevo con otra sociedad (que no sea Moble-4, papá, que nos trae mal fario). Pero él no sabía qué hacer y, por supuesto, ignoraba que el inútil de Rafael Puren (extravía más facturas de las que hace, sólo piensa en el fútbol) era un consumado experto en ese tipo de asuntos. Quizá la empresa aseguradora no se lo tragaría. Tres veces en veinte años era algo cuanto menos sospechoso, pero el importe que Moble-3 pagaba a causa de las reincidencias era elevado.
Entonces al señor Altet se le ocurrió una alternativa: seguir suministrando pedidos a un par de empresas que intuían remisas a pagar (les enviarían muebles aparentemente idénticos a los modelos pero de menor coste de fabricación), con el objeto de cobrar el seguro por riesgo de venta, del que también disponía. Su hijo no lo tenía muy claro. Las aseguradoras son muy suspicaces. La pregunta se haría inevitable: ¿por qué insistían en vender a empresas que no pagaban? Con un pedido impagado bastaba para interrumpir la relación. El padre asintió ante la argumentación del hijo. Ahora bien: si vendían sólo a cinco o seis empresas que no les pagaran, entonces el problema, por lo menos en parte, podría resolverse.
Primero, no obstante, debían aligerar la nómina. Resultaba una carga insoportable para los fondos de Moble-3. En aquel momento, Rafael Puren prestó más atención, pero padre e hijo no concretaron a qué empleados despedirían. Tampoco Puren deducía quiénes serían los afectados. Había dos métodos posibles: o deshacerse de los que tenían menor antigüedad o bien hacerlo de los que no eran imprescindibles. Sospechaba que pertenecía a esa última categoría (el jefe le soltaba broncas más que frecuentes), pero despedirlo, tras veinte años trabajando allí, les saldría muy caro. Permanecería atento al desarrollo de los acontecimientos. No era muy proclive a volver a sacarles las castañas del fuego. Además, aquella misma tarde tenía una importante reunión en la coordinadora y uno de los jugadores más queridos, David Albelda, visitaba la sede de las peñas y por nada del mundo quería llegar tarde al acto, porque aunque llevara veinte años en la empresa aún hacía más tiempo que era del Valencia.
A las siete en punto, ni un segundo más, Rafael Puren apagaba el ordenador y ordenaba su mesa. La reunión era a las ocho. Desde Beniparrell -localidad de Moble-3- hasta Valencia tardaba entre veinte y treinta minutos, según el tráfico, y también según si escogía la autopista de Alicante o prefería la alternativa de la Carretera Real de Madrid, que atravesaba todos los pueblos hasta la ciudad. Cuando tenía prisa iba por la autopista. Pese a que no era ideal para circular en moto, se libraba de un montón de semáforos y de atascos en pueblos grandes como Catarroja y Massanassa. Aquella tarde quería llegar un poco antes a la sede. A pesar de que los peñistas eran impuntuales -se desplazaban hasta allí desde varias comarcas-, Puren pretendía hablar con algunos miembros de la directiva de la coordinadora para intentar calmar los ánimos de gran parte de los asociados, indignados porque la directiva del club no hubiera fichado a ningún jugador para la nueva temporada. Puren era el miembro más influyente de la coordinadora, institución oficialista, con sede en el propio estadio de Mestalla, cedida gratis por el consejo de administración del club. Sin ésa y otras ayudas del consejo, como una subvención que cubría casi el sesenta por ciento del presupuesto de la coordinadora, les sería muy difícil subsistir. Club y coordinadora intercambiaban favores primordiales. Este año, además, el club, consciente de que los peñistas estaban algo mosqueados (pese a que el equipo había ganado la Liga), les había regalado veinte mil entradas para el Trofeo Naranja y dos pases vips (Puren se había quedado con uno).
Así pues, Puren llamó a casa para avisar que llegaría tarde. No sabía cuándo. Su mujer, cabreada, contestó que se iba al bingo. La ludopatía doméstica de su esposa lo tenía muy preocupado, pero los problemas del Valencia C. F. lo absorbían por completo. De modo que antes de empezar la reunión dio instrucciones a otros miembros de la directiva para frenar las críticas contra el consejo del club, y así poder frenar a la vez a algunos de los peñistas que en gran número asistirían a la posterior cena que tendría lugar con la presencia de David Albelda.
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