Ferran Torrent - Especies Protegidas

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Juan Lloris, un constructor que intentó convertirse en personaje social sin conseguirlo, no está dispuesto a rendirse. Para empezar, se va a cobrar los favores que le debe el secretario general de un partido minoritario decisivo para formar gobierno. Y va a contar con ayudas como la de un agente de la FIFA y su colaborador de pasado inconfesable, el crack destinado a salvar al club local, un peculiar responsable político de finanzas, un veterano periodista deportivo, un pirómano presidente de peñas futbolísticas… y una alegre cubana que, al lado de Lloris, presencia su formidable ascenso desde la marginación social hasta la presidencia de un club de primera división… y de ahí a cualquier otro puesto que tenga en su punto de mira.

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Mientras iba a casa en su moto, Rafael Puren imaginaba todo lo que le aguardaba en el futuro. Paró ante el semáforo del puente de Calatrava. Desde allí observó el antiguo cuartel del ejército en la Alameda. Enfrente, una hilera de coches aparcados en batería. De inmediato sintió un impulso irrefrenable, la sensación de estar ante una oportunidad única. Abrió la caja del lateral de la moto y sacó las pastillas para encender fuegos de chimenea. Se acercó a la hilera. Sin bajar de la moto, inclinándola hasta poder situar la pastilla bajo una de las ruedas de atrás, le prendió fuego por un extremo y se fue hasta el semáforo anterior a los Jardines de Viveros. Entonces se dio la vuelta y contempló el humo y las llamas, bastante altas. Quizá el depósito del coche estaba lleno. Si nadie lo evitaba, los demás vehículos también se consumirían en unos minutos. De repente se dio cuenta de que no llevaba el pasamontañas ni había tapado la matrícula. Entonces aceleró y se saltó el semáforo. Llegó a casa por callejones sin tráfico. Se duchó para calmar su excitación, se fumó un par de cigarrillos en el balcón y por fin entró en el dormitorio. Su mujer aún estaba en el bingo. Se preguntó si la ludopatía era causa de divorcio justificado. Una esposa así le impediría formar parte del consejo de administración del club (en el barrio era pública y notoria su adicción al juego), formado por miembros de rango señorial y de gran reputación empresarial o profesional. Además, durante los últimos años había aumentado más de treinta kilos. Algo normal con la vida tan sedentaria que llevaba.

En la cama, abierto de piernas, eufórico por el entorno que estaba ayudando a crear en un medio tan vital para él como el fútbol, evaluó por encima su pasado, recordando lo inútil que había sido todo cuanto había hecho, con especial hincapié en su trabajo, precario por la falta de perspectivas en lo referente a alcanzar una posición social digna. Por supuesto que no estaba orgulloso de ello, considerando el esfuerzo que había dedicado a convertirse en un trabajador cualificado, en alguien distinto de su padre, hombre de escasa iniciativa cuya ocupación siempre había sido la de estar en una cadena de montaje, un hombre que jamás se había entregado con fe a nada; un error que le servía para concluir que los trenes sólo pasan una vez en la vida. Y el suyo estaba justo delante de él, con un compartimento de primera esperándolo.

7

Júlia Aleixandre y Oriol Martí conservaban el hábito de verse en la intimidad. Antes lo hacían por miedo a que Juan Lloris supiera de la amistad con una de las personas que consideraba del staff enemigo; ahora porque, desaparecido éste de la competencia empresarial, Oriol tenía en Júlia a la mujer gracias a cuya influencia institucional podía orientar sus negocios de la construcción hacia zonas que, en un futuro más o menos inmediato, o bien a medio plazo, se revalorizarían de forma considerable. Eso también exigía discreción: por motivos políticos, fundamentalmente, pero también para evitar malestar en el gremio, que a causa de una incipiente crisis se mostraba muy suspicaz ante cualquier favor.

Hasta el momento, Oriol Martí no podía competir ni por asomo con las grandes firmas inmobiliarias. Llevaba poco más de un año en la construcción. Pero su ascenso en un ámbito tan competitivo empezaba a notarse y, aunque no representaba un rival incómodo, su trayectoria, de hacerse ostensible, provocaría quejas que afectarían a los conservadores.

Oriol agradecía y valoraba en su justa medida el apoyo de Júlia. Sin su influencia política, los primeros pasos como empresario le habrían resultado mucho más difíciles. Empezó precisamente cuando la crisis del sector mostraba sus primeros síntomas y la actividad en la compra de solares se resentía por ello. Sin embargo, una confidencia de Júlia le permitió una compra cuyo precio hizo posible la construcción del primer edificio de la sociedad recientemente constituida. El problema de tan fructífera relación yacía en el equilibrio del poder, que se volvería inestable si el Front decidía salir del Govern (la visita de Francesc Petit había confirmado sus sospechas), circunstancia que Oriol debía evitar, porque gran parte del volumen de su negocio dependía del estado vigente de armonía política.

El ex asesor quería comprobar en qué punto se encontraba la situación, para saber con antelación lo que debía hacer. Por una parte veía a Petit firme y resuelto a hacer volar el Govern por los aires si las cosas no iban bien. Tenía razón al aducir que un proyecto de la magnitud de la Ruta Azul necesitaba de un amplio consenso, pero quizá se trataba de un farol; a lo mejor profería amenazas simplemente para contrarrestar las presiones políticas que recibía. Oriol no lo tenía claro, y un encuentro con Júlia, mujer que le debía grandes favores pese a que algunos ya se los había devuelto, le haría conocer con exactitud la situación. Si le resultaba conveniente, confiaría a Júlia las decisiones de Francesc Petit o, por el contrario, se dedicaría a resolver el problema de éste.

Júlia comió en casa de Oriol. Era un cocinero aceptable y un muy buen anfitrión. Después de comer, Oriol sirvió dos tés en la sala. Hasta aquel momento habían hablado de asuntos personales, sobre todo Oriol, ya que de la vida de Júlia muy poco se sabía. Mantenía su secretismo incluso estando a solas con él, pese a la amistad que los unía desde que eran estudiantes. Júlia fulminaba sutilmente cualquier asomo de intromisión en su intimidad. Algunos periodistas disfrutarían de lo lindo si se divulgaran los detalles de ésta. Así, para evitar que Oriol tuviera la tentación de preguntarle algo (aunque sabía de la discreción de su amigo, también era consciente de la atracción sexual que sentía por ella), miró su reloj, estrategia a la que recurría para que sus interlocutores fueran al grano. Estaba segura de que Oriol no la había citado para hablar de cosas banales, como perfectamente podían haber hecho en cualquier cafetería de las afueras.

– ¿Me equivoco -dijo- o quieres conocer detalles de la Ruta Azul?

Oriol sonrió como si le acabaran de leer el pensamiento. Con un gesto le dio a entender que aquello era lo que quería saber.

– ¿Qué, en concreto?

– Los aspectos políticos. Sigo los periódicos y me parece que habéis puesto al Front en un callejón sin salida.

– Aceptarán el proyecto.

– Y si no, ¿lo llevaríais a cabo solos?

– No. Necesitamos la coartada de un partido de las características del Front. Lo aceptarán, a pesar de que es previsible que pongan muchas objeciones.

– Algunas quizá insalvables.

– No lo permitiremos. Hemos diseñado el proyecto pensando en ciertas cosas que no son vitales para nosotros, de manera que ellos se den por satisfechos retirándolas.

– Las bases del Front, ciertos líderes de opinión, lo cuestionan con vehemencia.

– Quien manda es Petit.

– Relativamente. No tratas con una empresa privada.

– En eso los partidos acaban siéndolo. Petit ha llegado a donde está porque gracias a su fe y a su constancia ha transformado el Front. Su supervivencia como político profesional, el futuro del partido, no depende de las bases. A lo mejor el proyecto le reporta una escisión interna, pero él es consciente de que ha sido la normalidad política lo que le ha llevado a una situación institucional tan privilegiada como la que disfruta. Mejor dicho, como la que ostenta. Está abusando de ella.

– Depende del tipo de escisión al que se enfrente. Al parecer su contestación interna es muy fuerte.

– No lo sé con exactitud. Intentaremos persuadirlo, pero si no lo conseguimos recurriremos a otra estrategia.

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