Susana Fortes - Esperando a Robert Capa

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Premio de Novela Fernando Lara 2009
La Fundación José Manuel Lara y Editorial Planeta convocan el Premio de Novela Fernando Lara, fiel al objetivo de Editorial Planeta de estimular la creación literaria y contribuir a su difusión Esta novela obtuvo el XIV Premio de Novela Fernando Lara, concedido por el siguiente jurado: Ángeles Caso, Fernando Delgado, Juan Eslava Galán, Antonio Prieto y Carlos Pujol, que actuó a la vez como secretario

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Chim la observó con los ojos empequeñecidos a través de los cristales gruesos de sus lentes y ella supo que en aquel preciso momento la estaba viendo pensar y que tal vez no compartía sus pensamientos, como si en el fondo de sus pupilas habitara el convencimiento de que nadie tiene derecho a juzgar a nadie. ¿Qué sabía ella en realidad de André? ¿Acaso estaba dentro de su cabeza? ¿Habían ido juntos a la escuela? ¿Estuvo alguna vez sentada a su lado en la escalera trasera de su casa, acariciando un gato hasta la madrugada para no oír las disputas familiares, cuando su padre se gastaba el jornal del mes en una partida de cartas? No, evidentemente Gerta no sabía nada de su vida ni de la de los barrios obreros de Pest. ¿Cómo lo iba a saber? Cuando André tenía diecisiete años, dos individuos muy corpulentos con bombín fueron a buscarlo a casa después de unos disturbios en el puente de Lánc. En el cuartel general de la policía el comisario jefe, Peter Heim, le rompió cuatro costillas sin dejar de silbar en ningún momento la Quinta sinfonía de Beethoven. El primer directo a la mandíbula, André lo encajó con su sonrisa cínica. El comisario respondió con una patada en los huevos. Esta vez no sonrió, pero lo miró con todo el desprecio de que fue capaz. Los golpes continuaron hasta que perdió el conocimiento. Permaneció varios días en coma. A las dos semanas consiguió salir. Su madre, Julia, le compró dos camisas, una chaqueta, unas botas de montaña de doble suela y dos pantalones bombachos, su uniforme de refugiado y con diecisiete años lo metió en un tren. Nunca más volvió a tener un hogar. ¿Qué sabía ella de todo eso? Parecían decir los ojos de Chim que escudriñaban sus reacciones detrás de las lentes redondas de sus gafas.

Era difícil imaginar a dos jóvenes con menos probabilidades de hacerse amigos que Chim y André y sin embargo se apoyaban uno a otro igual que dos planetas sosteniéndose en el aire. Qué distintos son, pensó Gerta. Chim hablaba perfectamente francés. Parecía serio, como un filósofo o un jugador de ajedrez. Por lo que Gerta había podido deducir de un par de comentarios cazados al vuelo, era un ateo convencido, sin embargo llevaba dentro el karma de ser judío como una especie de tristeza, igual que ella. André por el contrario, parecía no complicarse mucho la vida con esas cosas. Se la complicaba, al parecer, de otra manera, como se la han complicado siempre los hombres. Todo empezó por un tipo alto, de bigote, que se dirigió a Ruth, con un tono, no grosero, sino más bien galante, de una galantería, eso sí, algo sobrada de alcohol. Nada que una mujer no supiera resolver por sí sola, sin escándalo, con una simple respuesta que pusiera al franchute en su lugar. Pero André no le dio tiempo, se alzó en pie, echando la silla hacia atrás con tanta brusquedad, que todos los clientes del local se volvieron. Las manos un poco separadas del cuerpo, los músculos tensos.

– Tranquilo -le dijo Chim mientras se ponía también en pie y se quitaba las gafas, por si era necesario partirle la cara a alguien.

Afortunadamente no fue necesario. El tipo se limitó a alzar la mano izquierda en señal de disculpa, entre evasivo y resignado. Un francés educado dentro de todo. O sin ganas de bronca aquella noche.

La situación, sin embargo, no parecía pillarles de nuevas, observó Gerta. Estaba segura de que en más de una ocasión el asunto debió resolverse de otra manera, no había más que verlo. Hay hombres que nacen con un resorte innato para pelear. Es algo que no eligen probablemente, una especie de instinto que les hace saltar a la primera de cambio. El húngaro parecía de esos, justiciero, acostumbrado a desplegar con las mujeres las clásicas armas de caballero andante, con una inclinación peligrosa a batirse en duelo a partir de la penúltima copa.

Salvo eso, era o aparentaba ser, frívolo y versátil cuando estaba lúcido, tanto en su vida como en su trabajo. Tenía un peculiar sentido del humor. Cierta facilidad para reírse de sí mismo, de sus meteduras de pata, como cuando contó que se había gastado todo el adelanto que había recibido de la Agence Central en una tarde y tuvo que empeñar una cámara Plaubel para pagar el hotel o cuando destrozó una Leica al intentar utilizarla bajo las transparentes aguas del Mediterráneo mientras hacía un reportaje en Saint-Tropez, para los hermanos Steinitz. La agencia quebró a los pocos meses y André bromeaba con la idea de que se la había cargado él con su catálogo de desastres. Aquella naturalidad para burlarse de sus propias torpezas, le hacía simpático a primera vista, divertido. El típico humor húngaro. Podía incluso llegar a ser cínico sin esforzarse demasiado, con aquella sonrisa lacónica que le bastaba para decir todo lo que tenía que decir y sobre todo con aquella manera de encogerse de hombros como si le diera exactamente igual fotografiar a un héroe de la revolución bolchevique que hacer un reportaje en el centro de vacaciones más chic de toda la Riviera. Esa dualidad curiosamente no le desagradaba del todo a Gerta. De algún modo también a ella le gustaban los perfumes caros y las noches de luna y champán.

No sabría decir exactamente qué era entonces lo que no terminaba de convencerle de aquel húngaro que la miraba interrogante, una mano sosteniendo el codo y el cigarrillo entre dos dedos. Pero algo era, sin duda.

André Friedmann parecía caer siempre de pie como los gatos. Sólo él podía meter la pata hasta el fondo y que sus jefes siguieran confiando en él; o viajar en un tren alemán con un pasaporte sin visado, mostrarle al revisor con toda naturalidad la minuta de un restaurante en lugar de su documentación y que colase. Una de dos: o era muy hábil o tenía un don para inclinar cualquier balanza a su favor. Bien mirado ninguna de las dos cualidades resultaba demasiado tranquilizadora a los ojos de Gerta.

– ¿Sabes lo que es tener suerte? -le dijo, mirándola de frente-. Tener suerte es estar en una cervecería en Berlín en el momento en el que un nazi de las SS le parte la cabeza a un zapatero judío y no ser tú el zapatero, sino el fotógrafo y que te dé tiempo a sacar la cámara. La suerte es algo que se lleva pegado a la suela de los zapatos. La tienes o no la tienes. -Gerta se acordó de su estrella. La tengo, pensó. Pero no dijo nada.

André se apartó el pelo de la frente y miró de nuevo hacia el fondo del local, sin centrar el foco, momentáneamente abstraído. A veces se iba lejos, como si estuviera en otra parte. Todos echamos de menos algo, una casa, la calle donde jugamos de niños, un par de esquís viejos, las botas del colegio, el libro en el que aprendimos a leer, una voz regañándonos en la cocina para que nos terminemos el vaso de leche, el taller de costura en la parte de atrás de la casa, el traqueteo de los pedales. La patria no existe. Es un invento. Lo que existe es el lugar donde alguna vez fuimos felices. Gerta se dio cuenta de que André se iba a ese lugar a veces. Estaba hablando con todos, soltando alguna bravuconada, sonriendo, fumando y de repente se le ponía ese puntito en la mirada y ya estaba lejos. Muy lejos.

– Acabarás acostándote con él -le vaticinó Ruth cuando al fin llegaron de madrugada al portal de casa.

– Ni muerta -dijo.

IV

Cualquier vida, por corta que parezca, contiene demasiados equívocos, situaciones difíciles de explicar, flechas que se pierden en las nubes como aviones fantasma y si te he visto, no me acuerdo. No es fácil ordenar todo ese material ni siquiera para contárselo a uno mismo. En eso andaban los psicoanalistas con su ronda de los sueños. Las arenas movedizas, las escaleras de caracol, los relojes blandos y cosas así. Pero los sueños de Gerta no se dejaban agarrar ni ponerse un marco. Eran cosa suya. ¿Qué había sido su juventud hasta ahora? ¿Una traición a quienes la rodeaban o el deseo de otra vida?

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