Susana Fortes - Esperando a Robert Capa

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Premio de Novela Fernando Lara 2009
La Fundación José Manuel Lara y Editorial Planeta convocan el Premio de Novela Fernando Lara, fiel al objetivo de Editorial Planeta de estimular la creación literaria y contribuir a su difusión Esta novela obtuvo el XIV Premio de Novela Fernando Lara, concedido por el siguiente jurado: Ángeles Caso, Fernando Delgado, Juan Eslava Galán, Antonio Prieto y Carlos Pujol, que actuó a la vez como secretario

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– Lo que te hace falta es un hombre bien templado -dijo Ruth mientras encendía un cigarrillo, de un modo en que resultaba evidente su deseo de cambiar de conversación-. A ver si así se te quitan las ganas de complicarte la vida. No sabes estar sola, Gerta, reconócelo, se te ocurren ideas peregrinas.

– No estoy sola. Tengo a Georg.

– Georg está demasiado lejos. -Ruth volvió a mirarla ahora con un mínimo matiz de reprobación. Siempre acababa haciendo de nurse con ella, no porque fuera unos años mayor, sino porque así habían funcionado siempre las cosas entre ellas. Le preocupaba que volviera a meterse en líos, e intentaba evitarlo lo mejor que sabía, sin darse cuenta de que a veces el destino cruza las cartas y huyendo del perro, encontramos al lobo. Lo inesperado llega siempre sin señales que lo anuncien, de un modo casual, del mismo modo que podría no llegar. Como una cita, una carta. Todo acaba por llegar. Hasta la muerte llega, pero a ésa hay que saber esperarla-. Hoy he conocido a un húngaro, medio loco -añadió con un guiño cómplice-. Quiere hacerme unas fotos. Dice que necesita a una rubia para una sesión de publicidad. Imagínate, una compañía suiza de seguros de vida… -dijo, y su rostro resplandeció con una sonrisa que era una mezcla de guasa y ligera vanidad. Lo cierto es que cualquiera hubiera podido imaginársela perfectamente en uno de esos anuncios. Tenía un semblante saludable y sonrosado, enmarcado por una media melena rubia con la raya a la izquierda y una onda de repostería sobre la frente que le daba un aire de actriz de cine. A su lado Gerta con el pelo cortado a lo garçonne , los pómulos demasiado huesudos y los ojos un punto maliciosos, jaspeados de motas verdes y amarillas no pasaba de ser una belleza rara.

Ahora las dos reían abiertamente recostadas en las sillas de mimbre de la terraza. Eso es lo que más le gustaba a Gerta de su amiga, su facilidad para encontrarle siempre un lado divertido a las cosas, para sacarla de los callejones más negros de su pensamiento.

– ¿Cuánto te va a pagar? -preguntó pragmática, sin olvidar que por mucho que les divirtiera la idea, no dejaban de ser supervivientes. No era la primera vez que prestarse como modelos les solucionaba unos días de alquiler o al menos una cena.

Ruth movió la cabeza hacia los lados, como si sintiera de veras defraudar sus expectativas.

– Es de los nuestros -dijo-. Un judío de Budapest. Está sin un franco.

– ¡Lástima! -concedió Gerta chasqueando los labios de un modo deliberadamente teatral-. ¿Por lo menos será guapo? -bromeó. Ahora volvía a ser la muchacha frívola y alegre del club de tenis de Waldau. Pero fue sólo un reflejo lejano. O tal vez no. Tal vez había dos mujeres luchando en su interior. La adolescente judía que quería ser Greta Garbo, que adoraba la etiqueta, los vestidos caros y los poemas antiguos que se sabía de memoria y la activista, dura y soñadora que deseaba cambiar el mundo. Greta o Gerta. Esa misma noche esta última iba a ganar dos palmos de territorio.

El Chez Capoulade se hallaba en un sótano sin ventilación situado en el número 63 del boulevard Saint Michel. Allí se reunían desde hacía meses militantes de izquierda de toda Europa, muchos de ellos alemanes, algunos del grupo de Leipzig, como Willi Chardack. A última hora el local se hallaba a media luz, la atmósfera de las catacumbas. Estaban todos: los impacientes, los severos, los duros, los partidarios de la acción directa, los confiados. Las miradas encendidas, el gesto crispado, bajando la voz para decir que André Breton había decidido ingresar en el Partido Comunista o para citar un editorial del Pravda , fumando cigarrillo tras cigarrillo, como jóvenes corsarios, citando unos a Marx, otros, a Trostky, en un dialéctica extraña de conceptos y abjuraciones, teorías y controversias. Gerta no participaba en la discusión ideológica. Se mantenía al margen, concentrada dentro de sí misma. No entendía demasiado de todo aquello. Estaba allí porque era judía y antifascista, y tal vez también por una especie de orgullo que no encajaba muy bien con aquel lenguaje de axiomas, citas, anatemas y dialéctica del materialismo histórico. Su cabeza estaba ocupada por otras palabras distintas escuchadas esa misma mañana junto a la estación de Austerlitz. Unas palabras que a ratos conseguía realmente olvidar, pero en el momento menos pensado volvían de nuevo a su mente con el sonido rasante de un serrucho.

Je te connais, je sais qui tu es .

III

Caminaba reflexiva detrás de ellos sin dar un paso en falso. Ruth había insistido tanto que no le quedó otro remedio que acompañarla. Los árboles de los jardines de Luxemburgo tamizaban la luz como si pasearan bajo una enorme bóveda de cristal, uno de los paseos más transitados de toda la literatura. De pronto Ruth se paró bajo un castaño de Indias, llevaba puesto un abrigo granate. Apoyó la espalda en el tronco y sonrió. C1ic.Tenía un don para posar. Visto de perfil su rostro encerraba reminiscencias clásicas. El cielo se recortaba por encima de su cabeza como la mandíbula de un antílope. Clic. Siguió andando con el cuello del abrigo levantado, dio tres pasos y se volvió, mirando burlona a la cámara, con la cabeza un poco ladeada. Clic. Pasó sin inmutarse ante las estatuas de los grandes maestros: Flaubert, Baudelaire, Verlaine… pero hizo una pequeña genuflexión ante el busto de Chopin. Clic. El sol salpicaba de pintura las ramas más altas. Sus pasos crujían bajo la grava de la senda principal, los franceses siempre empeñados en racionalizar el espacio, en ponerle verjas al campo. Mojó la punta de los dedos en la superficie del estanque y salpicó juguetona al fotógrafo. Clic.

Gerta observaba y callaba, como si aquello no fuera con ella. Al fin y al cabo había ido sólo porque su amiga no acababa de fiarse del húngaro. Sin embargo había algo en todo aquel juego que la fascinaba. Nunca se había interesado por la fotografía, pero adivinar el movimiento invisible de la mente que elegía el encuadre de cada foto le pareció un ejercicio de precisión absoluta. Igual que cazar.

La cámara era ligera y compacta, una Leica de alta velocidad con dos lentes y obturador plano.

– Acabo de rescatarla de la casa de empeños. -Se excusó sonriendo el húngaro, el cigarrillo de medio lado. Su nombre, André Friedmann. Ojos negros, negrísimos, de spaniel, una pequeña cicatriz en forma de media luna en la ceja izquierda, jersey de cuello vuelto, apostura de actor de cine con un mínimo gesto de desdén en la comisura del labio superior-. Es mi novia -bromeó acariciando la cámara-. No puedo vivir sin ella.

Había llegado a la cita acompañado por un amigo polaco, David Seymour, también fotógrafo y judío. Flaco, tímido con gafas de intelectual a quien llamaba Chim. Parecían amigos de mucho tiempo, de esos que si pintan bastos, ponen un vaso en la mesa y aguantan las que vengan sin rechistar. Una amistad como la de Gerta y Ruth en cierto sentido, aunque distinta. Entre hombres siempre es distinto.

Mientras paseaban de vuelta hacia el barrio latino, la conversación giró en torno a la historia de cada cual, de dónde venían, cómo habían llegado hasta allí, andanzas de refugiados… Por otra parte estaba el decorado: París, septiembre, altos plátanos, el tiempo que pasa deprisa cuando se es joven o se está lejos y más allá, junto a la rue du Cherche-Midi, el sonido de un acordeón subiendo como un pez rojo por encima de las aceras… Para entonces Gerta ya había tenido ocasión de estudiar la situación de cerca. Caminaba al lado de André como si eso formara parte del orden natural de las cosas. Se acoplaban bien en el paso, sin tropezar ni estorbarse, pero midiendo la distancia. Gerta fumaba despacio y hablaba sin mirarlo directamente, atenta sólo al estudio psicológico. Le pareció un poco engreído, guapo, ambicioso, demasiado previsible a veces como todos, seductor desde luego, algo vulgar también, poco refinado, de escasos modales. Pero entonces la mano de él tocó invasora su cintura por debajo del jersey al cruzar hacia el canal de Saint Martin. No llegó ni a una décima de segundo, pero fue suficiente. Fósforo puro. La reacción inmediata de Gerta fue ponerse en guardia. Pero quién demonios se creía que era este húngaro. Se volvió hacia él con brusquedad como para decir algo desagradable, las pupilas muy brillantes con ascuas verdes de enfado. André se limitó a sonreír un poco, de un modo que era a la vez sincero y desarmado, casi tímido, como un crío al que hubieran pillado en falta. Tenía algo en los ojos, una especie de incertidumbre que le infundía cierto encanto. Su afán de agradar resultaba tan evidente que Gerta sintió algo tierno por dentro, igual que cuando de niña la regañaban por algo que no había hecho y se sentaba en las escaleras del porche aguantando las lágrimas. Cuidado, pensó. Cuidado. Cuidado.

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