Susana Fortes - Esperando a Robert Capa
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La Fundación José Manuel Lara y Editorial Planeta convocan el Premio de Novela Fernando Lara, fiel al objetivo de Editorial Planeta de estimular la creación literaria y contribuir a su difusión Esta novela obtuvo el XIV Premio de Novela Fernando Lara, concedido por el siguiente jurado: Ángeles Caso, Fernando Delgado, Juan Eslava Galán, Antonio Prieto y Carlos Pujol, que actuó a la vez como secretario
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La sesión de fotos resultó cuando menos didáctica. André y Chim hablaban de la fotografía como si se tratara de una sociedad secreta, una nueva secta del judaísmo esotérico cuyo espectro de acción podía abarcar desde un mitin de Trotsky en Copenhague hasta una gira europea de los cómicos norteamericanos Laurel y Hardy que André había fotografiado recientemente. A Gerta le pareció un modo interesante de ganarse la vida.
– No creas -la desengañó él-. Hay demasiada competencia. La mitad de los refugiados de París son fotógrafos o aspiran a serlo.
Hablaba de tintas de impresión, de películas de 35 Mm., de apertura de diafragma, de secadoras manuales y de secadoras con tambor como si fueran las claves de un universo nuevo. Gerta escuchaba y registraba. Se sentía a gusto aprendiendo cosas nuevas.
El día acabó prolongándose por plazas y cafés. Era el momento perfecto, cuando las palabras todavía no significan gran cosa y todo sucede con ligereza: el gesto de André de proteger la llama con el cuenco de los dedos para encender un cigarrillo. Manos morenas y seguras. La manera de caminar de Gerta, mirando el suelo y girándose un poco a la izquierda como si le diera la oportunidad a él de ocupar ese lugar, sonriendo. También Ruth sonreía, pero de un modo diferente, entre fatalista y un poco resignada por el protagonismo de su amiga, como si pensara, vaya con la mosquita muerta. Pero no lo pensaba en serio. Un simple juego de rivalidad femenina. Caminaba detrás de ellos, dándole conversación al polaco porque ése era el papel que le había tocado aquella tarde y lo hacía lo mejor que podía. Hoy por ti. Mañana por mí. Chim la dejaba hablar entre fascinado y condescendiente, mirándola como desde otra vereda, como miran algunos hombres a las mujeres que les parecen inalcanzables. Cada uno a su manera sentía el influjo de la luna que había asomado en una esquina del cielo, radiante, luminosa, como una vida llena de posibilidades aún no desveladas, de azares matemáticos, de principios de incertidumbre. Y más allá, en algún redondel de la noche, los farolillos de colores, la música de una gramola… Habían cenado los cuatro en un restaurante que conocía André con mesas pequeñas y manteles de cuadros rojos y blancos. Pidieron el menú barato de pan de centeno, queso y vino blanco. Chim señaló al fondo del local una mesa muy concurrida donde la conversación parecía girar en torno a un tipo alto que llevaba un gorro de lana con una especie de linterna en la cabeza, como un minero.
– Es Man Ray -dijo-. Siempre anda rodeado de escritores. El que está a su lado con corbata y cara de cuchillo se llama James Joyce. Un tipo raro de narices. Irlandés. Cuando está muy borracho, vale la pena escucharlo. -Después Chim se subió el puente de las gafas con el índice y volvió a su silencio. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, inducido o no por el alcohol, decía cosas personales, siempre en un tono bajo, como para el cuello de su camisa. Gerta sintió por él una simpatía inmediata. Le pareció tímido y culto como un erudito talmudista.
Josephine Baker cantaba en la gramola J'ai deux amours que hacía pensar en calles estrechas y negras, igual que anguilas. Había un rumor ondulado de conversaciones, humo de cigarrillos, el ambiente propicio para las confidencias.
André era el que llevaba el peso de la conversación. Dejaba caer las palabras como quien quiere acortar distancias. Hablaba con vehemencia, dueño de sí, de vez en cuando hacía pausas para aspirar una calada del cigarrillo antes de volver a hablar de nuevo. Llevaban más de un año en París -dijo- tratando de abrirse camino, sobreviviendo a base de encargos de publicidad, y trabajos esporádicos. Chim trabajaba para la revista Regard , del Partido Comunista y él vivía de cometidos puntuales para distintas agencias. Era importante tener amigos. Él los tenía. Conocía a gente en la Agencia Central y en la Anglo Continental… húngaros de la diáspora, como Hug Block, menudo elemento, como para fiarse de los húngaros. Bromeaba, sonreía, decía cualquier cosa. A veces miraba hacia el fondo del local y se volvía de nuevo hacia Gerta, clavándola con la mirada. Éstas son mis credenciales, parecía querer decir. Ella lo escuchaba pensativa, haciendo sus propias reflexiones, un poco inclinada la cabeza. Sus ojos no ofrecían promesas fáciles. Tenían algo de punitivo, con ascuas de asentada penetración, como si estuviera comparando o tratando de distinguir lo que le sonaba a ya oído de lo nuevo, tal vez aventurando un juicio no demasiado piadoso. A André le parecieron unos ojos sorprendentemente claros de color aceite, jaspeados con vetas verdes y violetas, aquellas flores de los parterres de su infancia en Budapest. Siguió hablando confiado. También La Association des Écrivains et des Artistes Révolutionnaires les echaba un cable de vez en cuando. La solidaridad de los refugiados. Fue precisamente en las reuniones de la asociación donde conocieron a Henri Cartier-Bresson, un normando alto y aristocrático, medio surrealista, con quien empezaron a revelar fotos en el bidé de su apartamento.
– Si te etiquetan como fotógrafo surrealista estás perdido -dijo André, hablaba un francés pésimo, pero se esforzaba-. Nadie te encarga ningún trabajo. Te conviertes en una flor de invernadero. Sin embargo si dices que eres reportero gráfico, puedes hacer lo que te dé la gana.
No necesitaba preguntas directas para contar su vida. Era extrovertido, charlatán, expansivo. A Gerta le pareció demasiado joven. Le echó a ojo veinticuatro o veinticinco años. En realidad acababa de cumplir veinte y aún tenía esa ingenuidad de los chicos cuando juegan a hacerse los héroes. Exageraba y adornaba demasiado las hazañas propias. Pero tenía carisma, cuando él hablaba, sólo cabía escuchar. Como cuando contó el motín de la investidura del gobierno de Daladier. Gerta y Ruth lo recordaban perfectamente. El 6 de febrero, un día de lluvia. Los fascistas habían anunciado una manifestación colosal frente al Palais Bourbon, y la izquierda por su parte contestó organizando varias contra manifestaciones. Resultado, una batalla campal.
– Conseguí llegar hasta Tours-la-Reine en el coche de Hug y luego seguí a pie hacia la Place de la Concorde, con intención de cruzar el puente hacia la Assemblée Nationale. -André se había pasado ahora al alemán, que dominaba mucho mejor. Estaba apoyado en el borde de la mesa, los brazos cruzados-. Había más de doscientos policías a caballo, seis furgones y un cordón policial en columnas de a cinco. Era imposible cruzar. Pero entonces la gente rodeó uno de los autobuses de pasajeros y ahí empezó todo: el fuego, las pedradas, los cristales rotos, el cuerpo a cuerpo entre los fascistas de Action Française y las Jeunesses Patriotes, contra los nuestros. Por la noche todavía fue peor. No quedaba una sola farola viva. La única luz era la de las antorchas y las fogatas improvisadas. -Se llevó el cigarrillo a los labios, miraba directamente a Gerta, hablaba con vehemencia, pero también con algo más, vanidad, costumbre, orgullo masculino, esa cosa que se le pone a los hombres en la cabeza y les hace comportarse como niños en una película del oeste-. Había humo por todas partes en medio de la lluvia. Sabíamos que los bonapartistas habían conseguido llegar muy cerca del Palais Bourbon, así que nos reagrupamos para intentar evitarlo. Pero la policía disparó desde el puente indiscriminadamente. Había varios francotiradores de ellos apostados en los castaños de Indias de Tours-la-Reine. Fue una carnicería: diecisiete muertos y más de mil heridos -dijo expulsando el humo del cigarrillo de golpe-. Y lo peor de todo -añadió- es que no pude sacar ni una maldita foto. No había luz suficiente.
Gerta se lo quedó mirando fijamente, el codo en el borde de la mesa, la barbilla apoyada en la mano. A Boris Thalheim lo habían detenido ese día y lo habían enviado de vuelta a Berlín, como a muchos otros compañeros. Los socialistas y los comunistas seguían tirándose los trastos a la cabeza en su guerra de bandos. Su amigo Willi Chardack había acabado con la cabeza abierta y una clavícula rota. Todos los cafés de la Rive Gauche se habían convertido en enfermerías improvisadas… pero aquel húngaro presuntuoso consideraba que lo peor de todo era que no había podido sacar su jodida foto. Vale.
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