Susana Fortes - Esperando a Robert Capa

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Premio de Novela Fernando Lara 2009
La Fundación José Manuel Lara y Editorial Planeta convocan el Premio de Novela Fernando Lara, fiel al objetivo de Editorial Planeta de estimular la creación literaria y contribuir a su difusión Esta novela obtuvo el XIV Premio de Novela Fernando Lara, concedido por el siguiente jurado: Ángeles Caso, Fernando Delgado, Juan Eslava Galán, Antonio Prieto y Carlos Pujol, que actuó a la vez como secretario

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Aquella noticia le hizo sentir una intensa energía interior, una exaltación vital que necesitaba expresar urgentemente. Quería contársela a Ruth, a Willi, a los demás. Se miró en la luna que cubría la puerta del armario. Las manos hundidas en los bolsillos, el pelo rubio y corto alrededor de la cara, las cejas altas. Estuvo estudiándose de un modo reflexivo y cauto, como si de pronto se encontrara frente a una desconocida. Una mujer de apenas metro cincuenta de estatura, el cuerpo pequeño y fibroso como el de un jockey. Ni demasiado guapa, ni demasiado lista, una refugiada más de los veinticinco mil que llegaron a París ese año. Las vueltas de la camisa remangada sobre los brazos, los pantalones grises, huesudo el mentón. Se acercó un poco más al espejo y percibió algo en los ojos, una especie de obstinación involuntaria que no quiso o no supo interpretar. Se limitó a sacar la barra de labios de un cajón de la mesita de noche y abriendo ligeramente la boca, perfiló su sonrisa con un rojo furioso, casi impúdico.

A veces una puede encontrarse a cientos de kilómetros de casa, en una buhardilla del barrio latino, con manchas de humedad en el techo y con cañerías que resuenan como la bocina de un barco, sin saber muy bien qué va a ser de su vida, sin permiso de residencia y sin más dinero que el que de vez en cuando consiguen hacerle llegar sus amigos de Stuttgart; una puede descubrir las razones más antiguas del desarraigo, sentir la misma desolación en el alma que todos aquellos que se han visto obligados a recorrer los mil metros más largos de su vida, y mirarse entonces en el espejo y descubrir que, sin embargo, en su cara hay una voluntad decidida de felicidad, una resolución entusiasta, irreductible, sin fisuras. Tal vez, pensó, esta sonrisa sea mi único salvoconducto. Los labios más rojos de todo París en aquellos días.

Cogió al vuelo la gabardina del perchero y salió a la mañana de las calles.

Desde hacía meses la ciudad del Sena era un hervidero de ideas, un lugar propicio para las ocurrencias más audaces. Los cafés de Montparnasse, abiertos a todas horas, se convirtieron en el corazón del mundo para los recién llegados. Se intercambiaban direcciones, se rastreaban posibilidades de empleo, se comentaban las últimas noticias de Alemania, de vez en cuando llegaba también algún periódico berlinés. La costumbre era hacer toda la ruta, yendo de mesa en mesa, para obtener un resumen completo de los acontecimientos de la jornada. Gerta y Ruth solían citarse en la terraza del Dôme, y era ahí precisamente adonde se dirigía Gerta, con su peculiar manera de andar, las manos en los bolsillos de la gabardina, los hombros encogidos por el frío al cruzar la rue de Seine. Le gustaba aquella luz cenicienta, los horarios generosos, las canaletas de plomo de los tejados, las ventanas abiertas y las ideas del mundo.

Pero París no era sólo eso. Muchos franceses consideraban la avalancha de refugiados como una carga. «Los parisinos te abrazan y después te dejan tiritando en mitad del patio», solía decir Ruth, y no le faltaba razón. El destino de los judíos europeos empezaba a cubrir las paredes de la ciudad como había ocurrido antes en Berlín, en Budapest, en Viena… Al pasar junto a la estación de Austerlitz, donde debía recoger un paquete, Gerta vio a un grupo de jóvenes de la Croix de Feu pegando carteles antisemitas en la pared del metro y se le hizo de noche de golpe. Otra vez un olor acre a polvo de carbonilla le subió a la garganta. Ocurrió de improviso y fue muy distinto al miedo que había sentido en casa al oír el timbre. Se parecía mas bien a un estallido incontrolable, una sensación de aturdimiento que la hizo gritar de un modo seco y fuerte, con una voz que no se parecía en nada a la suya.

Fascistes!, Fils de pute! -se oyó increparlos, alto y claro, en perfecto francés. Eso fue exactamente lo que dijo. Eran cinco. Todos con chaquetas de cuero y botas altas como gallos con sus espolones. ¿Pero dónde demonios estaba su aplomo y su sangre fría?, pensó arrepentida cuando ya era demasiado tarde. Un hombre mayor que salía de la oficina de correos la miró de arriba abajo con reprobación. Los franceses siempre tan comedidos.

El más alto del grupo se volvió envalentonado y empezó a caminar hacia ella a grandes trancos. Pudo haberse refugiado en un comercio o en un café o en el mismo despacho de paquetes postales, pero no lo hizo. No lo pensó. Se limitó a cambiar de dirección, enfilando una calle estrecha con balcones volados. Caminó procurando no acelerar el paso, con el bolso apretado contra el vientre para protegerse instintivamente, atenta a los pasos que oía a su espalda, cautelosa, sin volverse. No había recorrido aún una manzana cuando escuchó perfectamente, palabra por palabra, lo que aquel individuo dijo a su espalda, señalándola. La voz cortante como el borde de un serrucho. Y entonces sí empezó a correr. Con todas sus fuerzas. Sin importarle hacia dónde, como si correr no respondiera a la amenaza precisa que acababa de oír, sino a un tipo de resorte distinto, algo que se hallaba en su interior y la ofuscaba como si estuviera presa dentro de un laberinto. Y lo estaba. Tenía la boca seca y sentía una punzada de vergüenza y humillación subiéndole por el esófago, como cuando de pequeña en el colegio, sus compañeras se reían de sus costumbres. Volvía a ser esa niña de blusa blanca y falda tableada, que tenía prohibido tocar monedas durante el sabbath y que en el fondo de su alma odiaba con todas sus fuerzas ser judía, porque la hacía vulnerable. Ser judía era una bufanda azul manchada de nieve en el umbral de una tienda de especias, y su madre agachada, bajando la cabeza. Ahora sorteaba a los transeúntes que se encontraba de frente bruscamente, obligándolos a volverse para mirarla con asombro: una joven con tanta prisa, sólo puede huir de sí misma. Dobló por un pasaje con mansardas grises y olor a sopa de coliflor que le revolvió el estómago. Y allí no tuvo más remedio que detenerse. Se agarró a la tubería de plomo de una esquina y vomitó de golpe todo el té del desayuno.

Eran más de las doce cuando al fin llegó a la terraza del Dôme. La piel sudorosa, el pelo húmedo echado hacia atrás.

– ¿Pero qué demonios te ha pasado? -le preguntó Ruth.

Gerta hundió las manos en los bolsillos con los hombros encogidos y se arrebujó en uno de los sillones de mimbre, pero no respondió. O al menos no lo hizo de un modo claro.

– Esta noche quiero ir al Chez Capoulade -fue todo lo que acertó a decir-. Si quieres acompañarme, bien. Si no, iré sola.

Su amiga la observó con repentina seriedad. Sus ojos parecían estar opinando, sacando conclusiones por su cuenta. La conocía demasiado bien.

– ¿Estás segura?

– Sí -respondió.

Aquello podía significar muchas cosas, pensó Ruth. Y una de ellas era volver al principio. Caer en el mismo lugar del que pensaban estar escapando. Pero no dijo nada. La entendía. ¿Cómo no iba a entenderla, si ella misma tenía ganas de que se la llevaran todos los demonios cada vez que desde el centro de refugiados de la sección 4, donde colaboraba, se veía obligada a desviar a los recién llegados hacia otros barrios de donde sabía que también serían rechazados porque ya no había manera de proporcionar albergue y comida a todos? El mayor aluvión había llegado en el peor momento, cuando el número de desempleados se había elevado considerablemente. Muchos franceses creían que iban a quitarles el pan de la boca, por eso cada vez se convocaban más manifestaciones antijudías en las calles. Un cerco que desde Alemania se estrechaba peligrosamente por todas partes.

Los refugiados tenían que irse pasando unos a otros el mismo billete de mil francos para presentar ante las autoridades francesas de aduanas, y obtener así el permiso de entrada, justificando ingresos suficientes. Aunque Gerta y Ruth no estaban tan indefensas. Las dos eran guapas y jóvenes, tenían amigos, hablaban idiomas, sabían desenvolverse.

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