Susana Fortes - Esperando a Robert Capa

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Premio de Novela Fernando Lara 2009
La Fundación José Manuel Lara y Editorial Planeta convocan el Premio de Novela Fernando Lara, fiel al objetivo de Editorial Planeta de estimular la creación literaria y contribuir a su difusión Esta novela obtuvo el XIV Premio de Novela Fernando Lara, concedido por el siguiente jurado: Ángeles Caso, Fernando Delgado, Juan Eslava Galán, Antonio Prieto y Carlos Pujol, que actuó a la vez como secretario

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Mientras la conducían por el corredor hasta la celda, oía los gritos de los interrogatorios que rebotaban desde el ala oeste. Cuando le tocó el turno representó bien su papel. Una joven ingenua y asustada. Lo estaba en realidad, pero no tanto como para dejar de pensar. A veces estar viva sólo depende de mantener la cabeza en su sitio y todos los sentidos alerta. La amenazaron con mantenerla en prisión hasta que Karl y Oskar se entregaran, pero consiguió persuadirlos de que realmente no podía suministrarles ninguna información. La voz entrecortada, los ojos muy abiertos, la sonrisa tierna.

Por la noche se quedaba en el catre, callada, fumando, mirando al techo, un poco lastimada en su orgullo, con ganas de acabar de una vez con todo aquel teatro. Pensaba en sus hermanos, rezaba para que hubieran logrado pasar a la clandestinidad, cruzar a Suiza o a Italia como Georg. Planificaba también su huida cuando lograra salir de allí. Alemania ya no era su país. No pensaba en una escapada temporal, sino en empezar una nueva vida. De algo tendrían que servirle los idiomas aprendidos. Tenía que largarse de allí. Iba a conseguirlo. Estaba segura. Para eso tenía una estrella.

El tren volvió a salir a la luz con un traqueteo de carreta entre montañas. Entraron en otro paisaje. Un río, una granja rodeada de manzanos, pequeñas aldeas con sus chimeneas echando humo. Unos críos desde lo alto de un terraplén levantaron los brazos al filo del atardecer, moviendo sus manos de izquierda a derecha cuando el tren abandonó la última curva.

La primera estrella fugaz la vio en Reutlingen cuando tenía cinco años. Volvían caminando desde el horno de Jakob con un pastel de semillas y leche condensada para la cena. Karl iba delante dando patadas a las piedras; Oskar y ella siempre se quedaban un poco rezagados y entonces Karl señaló el cielo con su dedo de hermano mayor.

– Mira, truchita. Piensa un deseo -Siempre la llamaban así. La oscuridad de allá arriba tenía el color de las ciruelas. Tres niños enlazados por los hombros mirando el cielo mientras iban cayendo, de dos en dos, de tres en tres, como puñados de sal, las estrellas. Todavía, cuando lo recuerda, puede oler la lana de las mangas de los jerséis en sus hombros.

– Un cometa es un regalo de la suerte -dijo Oskar.

– ¿Como un regalo de cumpleaños? -preguntó ella.

– Mejor. Porque es para siempre.

Hay cosas que los hermanos y las hermanas saben, el tipo de detalles que un espía utiliza para probar su identidad. Recuerdos que se deslizan bajo las altas hierbas de la infancia.

Karl siempre fue el más listo de los tres. La enseñó a comportarse en caso de arresto y a utilizar los códigos secretos de comunicación que empleaban las Juventudes Comunistas, golpeando en los muros las letras del alfabeto. Al menos le sirvió para ganarse el respeto de sus compañeras de celda. Para sobrevivir en la cárcel es necesario reforzar al máximo los mecanismos de ayuda mutua. Tanto sabes, tanto vales. Oskar sin embargo le explicó cómo fortalecerse por dentro para resistir, ocultar sus debilidades, comportarse con aplomo, segura de sí misma. Que las emociones no te traicionen, le decía, el peligro se huele. Hay que verlo venir. Ella miró con recelo a su alrededor. Uno de los viajeros que iba en el vagón no paraba de fumar. Iba vestido de negro. Abrió la ventanilla para que saliera el humo y apoyó los brazos en el marco del cristal. Una llovizna muy tenue le mojó el pelo y le refrescó la piel. Lo huelo, pensó. Está aquí, a mi lado. Tienes que pensar más rápido que ellos, evapórate, escúrrete, desaparece como sea, conviértete en otra, le decía. Así aprendió a inventarse un personaje, a actuar, igual que cuando de adolescente jugaba con su amiga Ruth imitando a las actrices del cine mudo en el desván, con poses provocativas, sujetando entre los dedos un cigarrillo de boquilla larga. Asta Nielsen y Greta Garbo. Sobrevivir es huir hacia adelante.

Al cabo de dos semanas la soltaron. El 4 de abril. Había una dalia roja y un libro abierto en el alféizar de la ventana. Las gestiones familiares a través del cónsul de Polonia resultaron muy efectivas. Pero ella siempre pensó que si salió de allí fue por su estrella.

Sentir la influencia de las constelaciones en el mundo no es ninguna metáfora, como no lo es comprobar la precisión asombrosa de los minerales señalando siempre el polo magnético. Las estrellas han guiado a cartógrafos y a navegantes durante milenios, enviando su mensaje de millones de años luz. Si las ondas sonoras se desplazan por el éter, en algún lugar de la galaxia tienen que estar también los salmos, las letanías y las plegarias de los hombres flotando entre las estrellas.

Yhavé, Elohim, Siod, Brausen, quienquiera que seas, señor de las plagas y de los océanos, legislador del caos y de las muchedumbres aniquiladas, dueño del azar y de la destrucción, sálvame . El tren hacía su entrada en el andén bajo el arco de hierro de la Gare de L'Est. Al otro lado de la ventanilla se extendía el habitual trasiego de pasajeros en una mañana laboral; la muchacha abrió el cuaderno de notas y escribió.

«Cuando no hay un mundo al que poder regresar, tienes que confiar en tu suerte. Capacidad de improvisación y sangre fría. Ésas son mis armas. Las he usado desde niña. Por eso sigo viva. Me llamo Gerta Pohorylle. He nacido en Stuttgart, pero soy ciudadana judía con pasaporte polaco. Acabo de llegar a París, tengo veinticuatro años y estoy viva.»

II

Sonó el timbre de la puerta y se quedó inmóvil ante el hornillo de la cocina con la tetera en la mano, conteniendo el aliento. No esperaba a nadie. Desde la ventana de la buhardilla una nube gris aplastaba los tejados de la rue Lobineau. El cristal estaba roto y pegado con una tira de esparadrapo que Ruth había colocado cuidadosamente. Compartían aquel apartamento desde su llegada a París.

Gerta se mordió el labio hasta hacerse un poco de sangre. Creía que se había acabado el miedo, pero no. Eso es una cosa que aprendió. Que el miedo, el de verdad, una vez que se ha instalado en el cuerpo ya no se va nunca, se queda ahí agazapado en forma de aprensión, aunque ya no haya motivo y una se encuentre a salvo en una ciudad de tejados abuhardillados, sin calabozos donde apalear a alguien hasta matarlo. Era como si al bajar unas escaleras faltara siempre un peldaño. Conozco esta sensación, se dijo recuperando el ritmo de la respiración, como si la subida de adrenalina le hubiera templado el ánimo. El miedo estaba ahora en las baldosas de la cocina sobre las que se había derramado un poco de té. Ella lo reconoció como quien reconoce a un antiguo compañero de viaje. Sabiendo cada uno dónde está. Tú ahí. Yo aquí. Cada cual en su lugar. Tal vez está bien que sea así, pensó. Cuando sonó el segundo timbrazo, dejó la tetera sobre la mesa muy despacio y se dispuso a abrir.

Un chico flaco con un apunte de bozo sobre el labio superior se inclinó ante ella con una especie de reverencia antes de entregarle la carta. Era un sobre alargado, sin matasellos oficial, pero con el timbre azul y rojo del Centro de Ayuda al Refugiado. Su nombre y la dirección estaban escritos a máquina con letras mayúsculas. Mientras despegaba la solapa, notaba el latido de la sangre en las sienes, lento, como el que debe de sentir un acusado a la espera del veredicto. Culpable. Inocente. No entendía bien lo que decía la carta, tuvo que leerla varias veces hasta que la rigidez de los músculos desapareció y su expresión fue cambiando igual que cuando el sol sale de detrás de una nube; no es que ahora sonriera, es que la sonrisa pasó a habitarla por dentro, a ocupar todos los rasgos de su cara, no sólo la comisura de los labios, sino también sus ojos, su manera de mirar de pronto hacia el techo como si la pluma de un ángel revoloteara por allí. Hay cosas que sólo los hermanos saben cómo decir. Y una vez que las dicen, todo vuelve a su lugar, el universo entero se recoloca. El pasaje de una novela de aventuras leída de críos en voz alta en las escaleras del porche antes de la cena, puede contener un código secreto cuyo significado nadie más es capaz de interpretar. Por eso cuando Gerta leyó: «Ante sus ojos, se perfilaba el curso sinuoso de un río, un recinto fortificado en el cual se elevaban dos catedrales, tres palacios y un arsenal» , sintió el calor de la lucecita del quinqué subiéndole por las mangas del jersey, iluminando la ilustración de la portada en la que un hombre con las manos atadas caminaba tras un caballo cabalgado por un tártaro en un paisaje nevado… Entonces supo con toda certeza que el río era el Moscova, el recinto amurallado era el Kremlin y la ciudad era Moscú, tal como aparecía descrita en el primer capítulo de Miguel Strogoff. Y respiró tranquila porque entendió que Oskar y Karl estaban a salvo.

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