Nativel Preciado - Camino de hierro

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La soledad y el dolor amargan la vida de Paula desde la marcha inesperada e inexplicable de su amadísimo esposo Lucas, su cómplice y su maestro, con quien había planeado una existencia de plenitud y de gozo en la que encarar el otoño de sus vidas. Ahora sólo quedan el vacío y el desánimo, la desolación de una ausencia incomprensible. Paula lucha por sobreponerse y viaja a León, el escenario de su infancia, para recuperar la memoria de su abuelo Román, condenado en un juicio inicuo y asesinado tras la Guerra Civil, en la feroz represión desatada por los vencedores contra los “enemigos de España”. En León, Paula reencontrará su propio pasado, el de su familia destrozada, y el pasado colectivo de una tierra asolada por el odio cainita. El reencuentro con sus parientes le permitirá recuperar los papeles con los que reconstruir los últimos días del abuelo Román, un hombre bueno destruido en ese “tiempo de canallas”. Es una novela descarnada, sin concesiones, pero llena también de emoción y ternura, y que gira en torno a dos temas esenciales y universales: la muerte y la memoria. Es también una novela valiente, con la pretensión de ser un canto al ser humano y lo más sublime de su esencia, a su capacidad de sobreponerse a la desgracia y de enfrentar el conocimiento de sí mismo.

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Mi itinerario preferido me obligaba a dar un enorme rodeo para llegar a San Marcelo y pasar por delante de la Casa de Botines, de Gaudí, donde vivió mi padre cuando era soltero. Me hubiera gustado entrar, pero nunca lo he hecho, porque siempre que he venido a León he tenido un estricto orden de prioridades y nunca he dispuesto del tiempo necesario para llevar a cabo mis planes.

Mi padre guardaba excelentes recuerdos de los tiempos previos a la guerra y presumía de haber vivido en dos lugares emblemáticos: la Casa de Botines, en León, y la Casa de las Flores, del arquitecto Secundino Zuazo, en Madrid, donde debió de correrse las mayores juergas de su vida de tanto como le brillaba la mirada a la hora de relatar sus hazañas. Quizá no fuera exactamente la verdad, porque mi padre fue un gran fabulador, pero nos contaba que en esa casa, antes de la guerra, trató a Pablo Neruda cuando era cónsul de Chile, y también a Federico García Lorca y a Rafael Alberti, porque iban mucho a verle. Me ponía los dientes largos con la interminable lista de famosos ilustres que conoció en sus tiempos de soltero y, probablemente, sea cierto que en alguna ocasión se cruzó con Galdós o los Baroja, tío y sobrino, porque vivían en Arguelles. Es probable que incluso compartieran alguna charla en cualquiera de las tabernas del barrio.

Mi padre, al que sigo adorando, tenía una memoria de elefante y enriquecía mucho su pasado con datos ajenos de enorme interés. Cuando yo era niña, creía, como casi todas las niñas, que mi padre era el hombre más sabio del mundo. Contaba con recursos para resolver cualquier problema: desde fabricar en un segundo cucuruchos de papel para beber agua de la fuente de Lozoya hasta traducir una frase al latín o al alemán. Yo creía que era políglota, porque sabía frases en todos los idiomas, y se lo decía a mis compañeras de clase, que si necesitaban saber cómo se decía cualquier palabra en cualquier idioma yo se lo podía decir, porque en mi casa había diccionarios de todas las lenguas y mi padre los manejaba a la perfección. En aquella época, sin Internet y con una vida cultural mediatizada y una bibliografía diezmada por la censura, el acceso a la información era un lujo de gente privilegiada. Pocos tenían la facilidad de mi padre para saber lo que era necesario en cada instante. Durante mucho tiempo, esa clase de habilidades le convirtieron en un dios ante mis ojos. Cuando descubrí que no era un sabio, le seguí queriendo, con un amor menos reverencial, pero más cercano y más tierno. A medida que cumplo años, me sale por cada poro de la piel su herencia genética y me sorprendo actuando a su imagen y semejanza, como una maniática obsesiva. Confieso que a mi pesar, porque hubiera preferido parecerme a mi madre, que era más equilibrada y, sobre todo, mucho más guapa.

Me gusta caminar anárquicamente por esta ciudad, porque cada rincón aviva mis recuerdos. No hay nada más eficaz que el olor de las calles para recuperar la memoria y situar cada sentimiento en el lugar que le corresponde. Ya sé que recuperar la memoria tiene en estos días muchos detractores, pero es un acto imprescindible para declararnos definitivamente la paz, con los otros y, sobre todo, con nosotros mismos. Todavía me acuerdo del olor a estiércol que empapaba las eras de Pola de Luna. Me gustaría ir con mi tía Olvido, para que me ayude a llamar a cada cosa por su nombre.

Tenía las manos enrojecidas del frío. No sabía dónde ni cuándo había perdido los guantes. A la una en punto llegué a casa de mi tía, llamé al timbre y subí en el ascensor pensando en la manera más persuasiva de pedirle que me acompañara. Apenas me abrió la puerta regresó al sillón situado junto al mirador, donde le gustaba sentarse en los veranos luminosos. Estaba envuelta en una toquilla de lana muy tosca. No tenía buen aspecto, a pesar de que iba, como siempre, pulcramente vestida y peinada.

– ¿Estabas durmiendo? -pregunté.

– No, sólo estaba amodorrada. Me he levantado con jaqueca y no tengo ganas de nada.

Era imposible que me acompañase a ningún sitio. Ni siquiera se me ocurrió plantearle el viaje en semejante estado.

– ¿Quieres que te traiga algo de la calle?

– ¿Qué me vas a traer?

– No sé, tía Olvido, cualquier cosa que necesites o algún capricho que te apetezca.

– Ya no tengo caprichos, hija mía.

Era inevitable que mi mirada recorriese la habitación en busca de cualquier detalle que pudiera sorprenderme y, sobre todo, que diera pie a hilar una conversación sobre el pasado. No obstante, desistí enseguida.

– ¿Prefieres que me quede o que me vaya? Dímelo con absoluta confianza.

– Quédate un rato. ¿Dónde vas a ir?

– A la casa de la calle Astorga -le respondí.

– ¡Qué perra has cogido con esa casa! -replicó malhumorada-. Por más que mires no te enterarás de nada. Ya está todo dicho.

En ese momento sacó a relucir su proverbial mal carácter. Era evidente que mis preguntas le alteraban el ánimo, o tal vez no quería recordar el dolor de aquellos tiempos, de los que aparentemente hablaba sin emoción.

En la casa de la calle Astorga vivieron mis abuelos, nacieron sus hijas, Camino y Olvido, y fueron felices hasta aquel aciago 7 de agosto en el que unos bárbaros destrozaron la vida de una familia alegre y humilde.

– No me gusta que te vean por ahí con Rodrigo -me soltó de pronto.

En ese momento supe que mis conversaciones con Rodrigo eran el motivo de su malestar. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Me había olvidado de lo chismosa que es la gente en las ciudades pequeñas. Era evidente que mi presencia en San Marcos llamaba la atención y estaban al corriente de mis entradas y salidas.

– Lo siento, tía, pero me está ayudando mucho y…

Me interrumpió con brusquedad y con una energía impropia de una persona dolorida.

– Me parece que no me entiendes. En primer lugar, ese hombre era mi yerno. Abandonó a mi hija. Y en segundo lugar, su padre era un canalla. Pregunta a tus amigos, a los de la Memoria Histórica, o a quien te dé la gana. Todo el mundo le conoce en León y guardan de esa familia un triste recuerdo, porque saben el daño que hicieron en la guerra.

– De todos modos, ¡qué culpa tendrá el hijo de lo que hiciera su padre! -me atreví a replicar.

– El hijo es otro sinvergüenza.

– Está bien, tía Olvido -dije para zanjar la discusión-. No creo que le vuelva a ver.

– Que te cuente tu prima… Y ahora me gustaría descansar. La conversación me da más dolor de cabeza. No te acompaño a la puerta. No me puedo ni mover.

– No te preocupes, tía. Ya me voy.

Le di un par de besos en las mejillas con toda mi ternura. Le dije que comprendía su rechazo y que me perdonara las tonterías que había dicho. Me agarró la mano con fuerza y con cariño y me dijo que echase las cortinas porque prefería estar a oscuras. Y así la dejé; me fui llena de tristeza y de remordimientos por haber irrumpido en su vida y haberla obligado a recordar contra su voluntad.

De regreso a San Marcos entré en una floristería. Encargué para ella una docena de rosas de té y le puse en la tarjeta: «Gracias por tu generosidad, por estar tan viva y tan lúcida. Te quiero. Tu sobrina Paula».

4

El tiempo se agota. En la recepción del hotel me recuerdan que al día siguiente acaba la reserva, aunque no tienen inconveniente en prolongarla. Pregunto con ansiedad si no han dejado algún mensaje y, como es habitual, me dicen que no.

¿A qué espera para llamarme? ¿Cuántos días más tendré que permanecer en el hotel? ¿Cuándo recobraré el ánimo para escribir de nuevo? ¿Por dónde debo comenzar el relato de una historia incompleta, fragmentada y llena de cabos sueltos?

Amplío la reserva otros quince días. Tengo prisa por entrar en mi habitación, tumbarme en la cama y llorar. Ya sólo lloro una vez al día y sin tanta desesperación como al principio. Antes, al ver que Lucas no estaba a mi lado, me dormía y me despertaba llorando desesperadamente. Nunca me había imaginado que pudiera derramar tantas lágrimas en tan poco tiempo. Dicen que el llanto es liberador, pero va dejando huella. También dicen que los disgustos, las penas y los malos ratos aceleran el envejecimiento. Me desnudo ante el espejo y veo que las arrugas me han llegado de golpe, apenas noto el perfil del labio superior, se me han caído los párpados, los ojos están casi cerrados, diminutos, las pestañas quemadas y la piel cuarteada. El cuerpo, deforme y flácido. Soy una ruina. A Lucas no le gustaría verme en un estado tan deplorable. No soporta la desidia.

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