Le decía yo:
– ¿Se refiere usted a que los dos hijos tenían que haber superado la contradicción de la madre?
– Fue Moisés quien arrastró a su hermano.
– Aquello les afectaba a los dos. No se debe hacer creer a nadie que la utopía vive entre nosotros y, de pronto, romperla en pedazos.
– Fue distinto. Se trataba de la figura de la madre, de aquella madre.
– ¿Pretende usted decir que en cualquier otro caso habrían superado aquello?
– No se trataba de superar o no algo. Simplemente, no tenía que haberse producido esa reacción. Pero, claro, estaba ella…
– Y el amor.
– Sí, sí, claro, el amor.
– Aquel amor de Moisés. Andrea era su primer amor… No pudo superarlo: la pérdida de la madre y la pérdida del amor. O la pérdida de la madre por la pérdida del amor. Fue demasiado.
Don Manuel me escuchaba con los ojos vueltos hacia dentro.
– Usted no cree en nada de esto -le decía yo-. No sólo no cree en mis palabras sino ni siquiera en las suyas, pero tiene que hacer como si creyera en unas y en otras, porque el hecho está ahí, ante nuestras narices, sobre todo ante las suyas. No lo superaron. En 1904 se resquebrajó su fe.
El golpe de suerte que le devolvió a Josafat no fue fruto de los intentos que, sin duda, realizaba Camilo por recuperar a sus hijos. De un lado, sufría su desamor, y luego estaba la inquietud por no ver en ellos a sus sucesores en la dirección de su imperio. Tras la huida de Moisés a Ceilán, lo descartaría. Quedaba Josafat. Y fue entonces cuando, inesperadamente, lo recuperó.
– Aunque no definitivamente, no lo olvides -decía don Manuel.
– Seis años sin fe, hasta el regreso de su hermano, en 1910. Seis largos años sin fe.
– Sin madre.
– Sin fe.
– Su fe era la madre.
– Su madre y el nacionalismo sabiniano eran lo mismo.
– Enloqueció, como había enloquecido Moisés. Seis años después, ambos recobraron la cordura y regresaron a la madre.
– ¿Regresaron? En cualquier caso, ¿regresaron a la misma madre?
– Hay, al menos, dos modos de entender el nacionalismo. Cristina pasó por los dos. Te doy a elegir a qué madre regresaron, si a la primera o a la segunda.
– A la primera, sólo que ya no existía, había cambiado.
– No, ya no existía, había dejado de ser como fue -admitía don Manuel mirándome con fijeza a los ojos.
– Entonces, ¿qué fue de ellos?, ¿a qué regresaron? -Y le repetía yo-: ¿A qué regresaron? -Y concluía-: A la locura. El comportamiento de los dos a partir de entonces, ¿no debe ser apreciado como…?
El «no» de don Manuel brotaba lentamente de un interior que lo había elaborado con ahínco.
– ¿Quieres que utilice tu propio lenguaje? -decía-. Bien: recobraron la fe. Perdieron a la primera madre, pero les quedó la fe que ella les transmitió. Recuperaron esta fe incluso a pesar de la segunda madre. A estas alturas no me importa hablar de fe, o no tengo más remedio que hacerlo…
– ¿Tan desesperado se siente usted que debe recurrir a lo que sea para evitar la calificación de locura? ¿Por qué se esfuerza tan patéticamente? ¿Acaso locura y fe no son lo mismo?
Luego, veintidós años después, en 1933, recibió la que sería la segunda visita de la marquesa. «Nunca, nunca imaginé que alguna vez se repetiría», decía don Manuel. «Fue un día de noviembre, a las cuatro de la tarde.
»-Es el birlocho de Cristina Oiaindia -oí a mi lado a la señorita Mercedes.
»Estábamos en el patio de la escuela. Miré y, en efecto, no sólo estaba su coche, parado, sino ella dentro. También me miraba. Estábamos aún en el recreo y quedaba una hora de clase:
»- ¿A quién espera? -dije.
»- ¿O con quién quiere hablar? -dijo la señorita Mercedes-. Contigo. Eres al único al que mira. Pero acaba de descubrir que ha llegado pronto y está esperando a que termines.
»-No te inventes lo que no es -dije-. Cristina es la última mujer del mundo que puede tener interés en hablar conmigo. Se halla tan lejos de mis cosas que, mírala, ni sabe la hora a que terminan las clases en las escuelas de Getxo.
»-Debes ir a atenderla.
»-Y decirle: "Señora marquesa, sé que vuelve a este rincón del pueblo buscándome a mí. ¿Qué tripa quiere que le arregle esta vez?". No tengo prisa por averiguar si me está haciendo ese gran honor.
»Concluyó el recreo, di la última clase y a las cinco y diez minutos pisaba la acera, es decir, pasaba ante el birlocho, que seguía allí. Intentaba moverme con la mayor naturalidad. Por supuesto, no miré hacia el coche.
»-Perdone, don Manuel…
»Era una voz demasiado cansada, incluso para sus más de setenta años.
»- ¿En qué puedo servirle?
»- ¿Le importaría subir y sentarse? Necesito hablar con usted.
»Pisé el estribo del birlocho, subí y me senté junto a Cristina. Descubrí a la señorita Mercedes atisbando tras las cortinas del aula de las niñas.
»-No le robaré mucho tiempo. ¿Paseamos?
»Dio una orden al cochero. Durante largos minutos me centré únicamente en que no hablaba, hasta advertir que ya marchábamos por el camino de La Galea alejándonos de Algorta.
»-Tuve que hacerlo.
»Su voz sonó como un estallido dentro del coche.
»-Tuve que hacerlo -repitió.
»Rebasamos lentamente Sugarkea, dejándolo a nuestra derecha. Yo no sólo ignoraba qué palabras se esperaban de mí en aquella ocasión, esperaba ella, sino siquiera qué me correspondía pensar de aquel encuentro. Me sumergí en su frase, sin resultado. ¿De qué se justificaba, y por qué ante mí?
»-Usted ha de tener una opinión sobre el asunto. Sé que la tiene. Usted no tiene decisión sobre nada de lo que está ocurriendo en nuestra tierra, no participa de nada, sólo es testigo, sólo lo siente. Usted y yo tenemos la misma ideología, la misma fe…
»- ¿Fe? -dije.
»-Tuve que hacerlo -dijo Cristina por tercera vez-. En cierta ocasión leí en un cuento que una mujer lejía su propia vida para que no se la tejieran los demás, ellos… Tuve que hacerlo, don Manuel.
»Llegó a resultar humillante aquel desprecio por mi ignorancia de lo que realmente la atormentaba. Sin embargo, Cristina no me había elegido sólo como oyente, quería mi opinión. La necesitaba. Me removí en mi asiento al empezar a sospechar que no era ella sino yo quien estaba haciendo difícil la entrevista por empeñarme en calificarla de insólita cuando quizá no lo fuera, pues ella daba por supuesto que nadie necesitaba de una aclaración sobre algo tan evidente, y menos uno de Getxo. Y entonces empecé a ver.
»- ¿Cuánto tiempo hace que no veía Sugarkea? ¿Lo ha visto siquiera hace un momento? No ha desviado su mirada -dije.
»- ¿Por qué me lo pregunta? -dijo Cristina.
»-En realidad, me lo preguntaba a mí mismo.
»-Prefiero no recordar a ningún Baskardo. Mi marido lo es.
»-Al menos, Camilo Baskardo no le ha hecho olvidar que procede de Sugarkea.
»- ¿Piensa el apellido con k? Ahora es con c, lo que ya es algo. Camilo Bascardo, sin k. Se la quitó él mismo en 1919, pero tenía que haberlo hecho mucho antes.
»-Usted no tiene ese problema, no tiene k en su apellido -dije.
»Por primera vez, volvió del todo hacia mí su rostro largo y blanco, y su expresión era de terror.
»-Piensa que pude haber evitado el hacerlo -dijo-. Lo piensa, ¿verdad?
»-El pasado de todos nosotros está lleno de profanaciones -dije.
»-Yo no hablo de los hombres sino de los vascos -dijo Cristina.
»-Piensa vascos con k de Baskardo, con k de Sugarkea.
»-Sí -dijo Cristina.
»-Sin embargo, lo hizo, tuvo que hacerlo. Lo hizo.
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