Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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– ¿Qué me contestan ustedes? -preguntó Moisés. Su tono era muy seguro. Saltaba a la vista su convencimiento de la acogida favorable que merecería su petición-. ¿Por qué no me contestan? ¿Es que hubiera tenido que venir también mi madre? ¿Siempre han de hacerse así estas cosas? A fin de cuentas, yo soy el que se casa con Andrea. Siento como si llevara años sin verla.

No hay duda de que fue sincero. ¿Cómo no iba a sentir que llevaba años sin verla si llevaba años sin verla? Si lo sentía así es porque no creía en esos años de ausencia, no existieron. «Regresó loco», exponía yo. Y don Manuel: «Me nombraste el amor. Amaba a Andrea. La amaba por encima de todas las cosas. Por encima, incluso, de las frases. Parece mentira que seamos de una misma tierra y no acabes de entender esto. Lo nuestro no puede ser explicado con palabras». Y yo: «Tampoco la fe o la locura. Él estaba loco. Siento como si llevara a ñ os sin verla no tiene más que una interpretación». «Sencillamente, Asier, la amaba. ¿Acaso tu generación ha perdido los valores? ¿Puedes entender todavía lo que es un gran amor?» Al reponerse del susto, el abuelo y el padre le dijeron (no importa quién de ellos hablara e incluso que hablaran los dos): «Ha pasado un año desde que Andrea se casó». Moisés movió la cabeza, sonrió y dijo: «¿Cómo iba a olvidar mi boda con Andrea?». Los míos habrían tomado todo aquello como una imperdonable broma de no tener a la vista el rostro atónito de Josafat. «Que salga, sácala», ordenó entonces el abuelo al padre. Y mi padre entró y tardó en salir con Andrea y con la abuela y la madre detrás de ambas. La madre estaba encinta de mi hermano Esteban y llevaba de la mano a mi otro hermano, Marcos, de dos años. No le resultó fácil al padre convencer a Andrea para que se dejara conducir al portalón, en el que apareció con los ojos enrojecidos. Moisés no vio -o no quiso ver- ni la criatura en brazos de su novia ni su montañosa preñez; pronunció «Andrea» con una dulzura que conmovió a todos y fue hasta ella, la tomó por los hombros y la miró, pero no encontró la otra mirada. No obstante, la abrazó por encima de la criatura, en un gesto tan absurdo y aparatoso que dejó un sabor de boca casi insoportable.

– ¿Qué hace usted? -exclamó la abuela, y lo apartó, metiéndose pesadamente entre los dos cuerpos. Hubo en su desplazamiento, en su expresión y, sobre todo, en su voz la punzante carga de dramatismo que suelen implantar las mujeres en situaciones aún sin definir.

– Lléveselo usted -dijo el padre a Josafat. Y Josafat miró a todos con cara de alelado y el padre hubo de repetir-: Lléveselo usted -para que Josafat se acercara a Moisés y le tomara del brazo.

– Ella no ha cambiado nada, ¿verdad, Jaso? -dijo Moisés.

– Tenemos que irnos -dijo Josafat.

– Siento como si no la hubiera hablado en años -dijo Moisés.

– Tenemos que irnos -dijo Josafat.

– ¿Por qué tenemos que irnos? -exclamó Moisés. Miró en rededor y algo percibiría, pues añadió-: Lo he hecho mal. ¿Cómo me he atrevido a saltarme nuestras costumbres? Jaso, ¿por qué no me recordaste cómo debe ser una petición de mano? -Volvió a tomar a Andrea por los hombros y esta vez ni siquiera la abuela acertó a moverse-. Al menos, Andrea, ya sabes lo que he venido a pedirles a los tuyos. Volveré, pero con ama. -Al retirarse, se detuvo ante la abuela-. He estado irrespetuoso. Perdóneme usted -concluyó.

El principio, pues, del escándalo sin fin de los sucesivos escándalos. Fueron cinco los más sonados: en 1910, 1922, 1930, 1936 y 1955. Por no mencionar la primera petición de mano, la que no se produjo, la de 1904, a la que le correspondía haber sido la más acabada (nada estaba pervertido aún) y la que pudo servir de modelo a todas las demás; en ella no hubo ocasión para el no; digamos, el no oficial, puesto que tampoco respetó las normas, no hubo una madre -o unos padres- recibiendo el no de la otra madre -o de los otros padres-, ni siquiera un miembro de la familia peticionaria se personó en el hogar de la novia para cumplir, al menos, con algo parecido a un formulismo. La presencia anticipada de Cristina en Altubena fue para todo lo contrario. Además, el no que recibió Moisés no procedió de los padres de la novia sino de la propia Andrea, y ni siquiera en el escenario debido. De modo que jamás existió un modelo que marcara alguna pauta; no se trató de una ceremonia deficiente: simplemente, no hubo ceremonia. Y fue como si quedara algo pendiente y las posteriores apariciones de Moisés en Altubena a lo largo de los siguientes cincuenta años sólo buscaran una legalización de la fatalidad, el no emanando de una ceremonia como Dios manda.

Y siempre su hermano junto a él, no como simple acompañante sino participando de la misma locura; no de la locura de Moisés sino de la que él mismo padecía. Porque eran dos locuras en una, o una misma para ambos, con la única diferencia de sus manifestaciones, y aun éstas tenían una inspiración tan idéntica que el mejor criterio llegaría a ser el de admitirlas como una sola. Pues si Moisés perseguía a la Andrea eterna, Josafat perseguía a la modelo de aquel cuadro del pintor Aurken que era, también, eterna. Dos eternidades, dos sueños, pero una misma demencia. Dos -una- incesantes, ridículas y patéticas persecuciones durante más de medio siglo: Moisés y Josafat visitando Altubena cada cierto tiempo para pedir a Andrea en matrimonio y, en las pausas, acechando a la Andrea de turno en crecimiento, en espera de que alcanzara la edad debida y entonces provocar en el portalón de Altubena el siguiente escándalo; pasando inadvertidamente de una generación a otra, de una Andrea a otra (aunque no siempre Andrea se llamaría Andrea: en 1910 y 1922 no sólo se llamaron así sino que en las dos ocasiones fue la misma; pero en 1930 su nombre ya era María Antonia, su hija; y en 1936 Mirena, su nieta; y en 1955 otra nieta, de nombre otra vez Andrea), un movimiento caleidoscópico cerrado sobre sí mismo; ni siquiera dos trayectorias paralelas en ciego avance sin la más mínima esperanza de encontrarse, sino una dispersión, un irremediable alejamiento sin retorno, el fracaso absoluto del delirio del loco, pues mientras Moisés mantenía estancada a Andrea en sus veinte años, no utilizaba consigo mismo ninguna fórmula contra el tiempo, ni siquiera la única conocida, es decir, la reproducción de la especie: el mismo conjunto de células envejeciendo al paso de las generaciones, aceptando las primeras arrugas, la erosión de los dientes, la aparición de la primera cana, la flojedad de las rodillas, el vencimiento de la espalda, el debilitamiento de los ojos, la agonía del corazón…

En un principio, el pueblo se limitó a asombrarse, porque aún estábamos en 1910 y las extravagancias de Moisés todavía podían entenderse como un exceso de amor, incluso la de 1922, con una Andrea ya de cuarenta años. Fue poco después cuando se le sorprendió rondando a María Antonia, de nueve años. «La vio en Altubena al pedir en matrimonio a Andrea y le gustó más la hija que la madre», se dijo el pueblo. Pero sabían que no se trataba de eso. Nunca se atrevieron a rozar siquiera el motor de todo aquello, y don Manuel, naturalmente, procedió igual, por mucho que yo le presionara a admitir la verdad. Lo que me ratificó en la idea de que los otros tampoco eran libres para pensar. El pueblo asistió con demasiada pasividad al desagradable espectáculo de un hombre -dos- y luego un viejo -dos- persiguiendo a niñas en plena calle. La esperaba a la salida de la escuela y se le acercaba con caramelos o flores -según la edad de «Andrea»-, pero ella le huía, echaba a correr a casa, y él detrás, llamándola, y Josafat detrás de él, con ojos despavoridos y sin acertar a pronunciar nunca las palabras disuasorias que aleteaban en sus labios, concentrando su energía en aquel mudo brazo extendido hacia el hermano en sorda llamada a la sensatez. Sí que hubo denuncias a los municipales y algún encaramiento por parte de media docena de padres. Y un intento de linchamiento, la confabulación de un grupo de chiquiteros a las doce de la noche de un sábado en La Venta. Apenas nada. Se le permitió ejercer de perseguidor de niñas durante ese montón de años a la vista de todo el mundo. El pueblo siempre pareció disponer de alguna explicación: que sólo buscaba mirarlas, que nunca pasaba a mayores, que sólo le interesaba aquella Altube, de modo que eran los Altube de Altubena los que deberían entendérselas con él. Sin embargo, se pasó como sobre ascuas por sus apellidos, pesaron lo suyo en el trato especial que recibió: a ningún otro, ni de dentro ni de fuera, se le habrían permitido semejantes escándalos. (¿O sí? Porque ocurría que Moisés y Josafat no eran de fuera sino de dentro, y ¿acaso sus escándalos no eran expresión del delirio colectivo?) Se buscaron justificaciones y, más o menos sólidas, se encontraron.

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