– ¿Y qué van a resolver ustedes ahora? -dice Aita.
Don Estanis se vuelve para mirar a Saturnino Altube y a Braulio Apraiz, quienes se encogen de hombros, y don Estanis mira a Aita y se encoge también de hombros.
– ¡Pues habrá dos safaris, el de ustedes y el mío! -dice Aita.
– Como usted mande, señor marqués -dice don Estanis.
Llegan los criados con nuestros tres caballos y montamos Aita, Román y yo. Los criados también llevan a los catorce deerhound escoceses. La gente de las tapias ya no está en las tapias, como ayer, sino en la carretera, durmiendo aún alrededor de los rescoldos de las fogatas en que asaron la carne de las dos fieras del carro, durmiendo la hartura y la borrachera. Sólo algunos se medio despiertan para vernos partir.
– ¡Gentuza! -dice Aita.
Les miro desde lo alto de mi caballo. Es la gente de la mentira de ama, cuando nos decía a Martxel y a mí que los Baskardo-Oiaindia y ellos éramos iguales porque todos los vascos somos iguales, pero Andrea Altube era de ellos y Martxel la había elegido para esposa y la bruja los separó para siempre. Ella siempre nos mintió en esto y en todo, porque ahora, desde lo alto de mi caballo, veo que ellos están por debajo de mí, que esos vascos no son iguales que yo. Uno de ellos está diciendo: «El setter de Efrén los trajo a la casa y el setter se los llevó». «Y un cojón», dice otro. «Yo vi anoche al perrito salir como un rayo del jardín y con los bichos detrás», dice el primero. El carro viene detrás de nuestro safari. Entre las ruedas del carro van los dos foxhound del maldito bastardo. En el último momento llega Juan Altube de no sé dónde y sube al carro en marcha.
– Buen chichi te has buscado para visitar a la novia todas las noches -dice Saturnino Altube.
– ¿Eh? -dice Juan Altube.
Ahora, por fin, al cabo de tres días y tres noches de expedición por montes y valles sin dar alcance a las fieras, nos topamos con los dos Baskardo de Sugarkea y el chaval. Están sentados bajo una techumbre de ramaje y no nos miran, pienso que no se atreven a mirarnos porque están contra nosotros. Aita para su caballo ante ellos.
– Lo que están haciendo no tiene nombre -dice.
– Lo tiene y se llama traición -digo.
– ¿Dónde habéis escondido esta noche a las fieras? ¿Por qué, por qué las protegéis? ¿Qué sabéis vosotros que no sepa yo? -dice Aita.
Los dos Baskardo y el chaval cometen la grosería de no mirar siquiera a Aita cuando les habla. Estos Baskardo de Sugarkea son como animales. Visten con pieles, viven en el caserío más viejo y destartalado de Getxo, no acatan ninguna ley que no sea la de ellos, no se relacionan con nadie que no sea de su clan, no van a misa, se dice que destruían por las noches los muros de nuestra iglesia de San Baskardo que levantaban por el día los canteros, no emplean utensilios de metal, nos miran a los demás con desprecio, sus costumbres son de la Edad de Piedra, suele decir Aita que son la vergüenza de nuestra comunidad, pero no hay mejores cazadores y pescadores que ellos.
– ¿Qué sabéis vosotros de esas fieras que no sepa yo? -dice Aita.
Ese chaval, ese Manuel, está con ellos sin ser uno de ellos, los tres llevan días alejando a las llamas de nosotros. ¿Por qué? ¿Por qué ese chaval les ayuda no siendo uno de ellos?
Ahora llega el carro. Aita marca la ruta y el carro nos sigue. A distancia. Al menos, Braulio Apraiz, don Estanis y Saturnino Altube y su sobrino tienen la delicadeza de no acercarnos demasiado el maldito bastardo. El carro se ha detenido a siete metros de nuestros mulos.
– ¡Acampada! -dice Aita.
– ¿Tan cerca de él? ¡No aguanto su olor! -digo.
– ¿Cuándo dejarás de ser un niño? -dice Aita.
– ¡Lo tengo tan cerca que lo huelo y no lo aguanto! -digo.
– ¿Cuándo serás un verdadero cazador, un verdadero soldado? -dice Román.
– Si lo sigo oliendo tan cerca lo tendré que matar -digo.
– No lo matarás… ¡No te atreverías! -dice Aita.
– ¿Qué no?, ¿que no me atrevería? ¿Quieres que lo mate ahora mismo para demostrártelo? -digo.
– ¡Suelta ese rifle, imbécil! -dice Aita.
– Jaso, tu padre no ha querido llamarte eso -dice Román.
– ¡No tienes que demostrarme nada, imbécil! -dice Aita.
– Jaso, esas fieras le han hecho perder los estribos a tu padre -dice Román.
– Es un asunto muerto para mí y también debe estar muerto para ti -dice Aita.
– ¡Pero se ha metido en nuestra cacería sabiendo que no soportamos su presencia! -digo.
– ¿Y soporta él la nuestra? Quizá esté ahí porque es más cazador que nosotros, porque para cazar a esas fieras no necesita odiarlas como nosotros por haber asaltado nuestra casa -dice Román.
– Las odia -dice Aita. Y dice-: Y no me gusta odiar lo mismo que él odia.
– ¿Las odia? -dice Román.
– Ojalá hubieran invadido también su casa… Su odio tendría sentido… Las odia sin una razón -dice Aita.
– Las caza -dice Román.
– Las odia… Ésta es una cacería distinta a todas… y no sé por qué -dice Aita.
– ¿Por qué distinta? ¿Quién nos asegura que no odiamos también a nuestros leones africanos? -dice Román.
– Fabi dijo que los odiábamos -digo.
– Y todo el pueblo de Getxo odia también a estas fieras… excepto esos Baskardo y ese chico -dice Aita.
– Y Fabi -digo.
– ¿Por qué? -dice Aita. Y dice-: Las hacen viajar de noche y las esconden de día. Y las fieras les obedecen.
– Son brujos -digo.
– Ésta es una caza diferente -dice Aita. Y dice-: Ahí están los tres, esperando la noche para sacar a las fieras de donde las tengan escondidas, en cualquiera de estos valles… ¡Acampada!
Los criados montan las cuatro tiendas y la cocina de campaña y todo lo demás. Encienden antorchas. Cenamos. Los únicos que ocupan las sillas de lona para cenar con nosotros son don Estanis y el alguacil que ha venido a llevarse al chaval por denuncia de su madre.
– ¡Magnífico caviar! -dice don Estanis.
– En cuanto devuelva a ese mocoso a su casa, regreso con algún compañero para ayudarle a librarnos de esas fieras, señor marqués -dice el alguacil.
– ¡Que no venga nadie, ni siquiera usted! -dice Aita. Y dice-: Jaso, ¿por qué cenas con el rifle sobre tus piernas?
Le miro y le impongo mi mirada y él baja la suya, o la desvía a un lado, como si se ocupara de otra cosa, pero sé que mi mirada le impresiona porque ahora es como la mirada de Martxel. He puesto mi rifle con el cañón apuntando al maldito bastardo, porque siento que est á cerca el d í a esperado desde hace veinticinco a ñ os. Allí le veo, al otro extremo del claro, en el bosque, cenando con los del carro. Ellos nos siguen y él va con ellos. No iría si ésta no fuera una cacería diferente, como dice Aita. Es una cacería diferente por el maldito bastardo. Tiene que saber que est á cerca el d í a esperado. Y me pregunto por qué no huye con el rabo entre piernas en vez de seguirnos. Ahora acerco una antorcha a mi silla de lona y me siento y vuelvo a poner mi rifle sobre mis piernas con el cañón apuntándole al pecho, y esta vez no hay duda de que a la luz de la antorcha el maldito bastardo ha de ver el cañón de mi rifle y mi intención de borrarle a él del mundo.
Ahora el maldito bastardo se marcha del campamento con sus dos perros. Mi lenguaje del rifle le ha hablado con suficiente claridad y se ha asustado. Yo le he asustado. He ido demasiado lejos, porque he dejado escapar el gran d í a que se acercaba. Me levanto con el rifle y echo a andar tras él.
– ¿Adónde vas, Jaso? -dice Aita.
Читать дальше