Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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– A ti no te han hecho nada -dice Aita.

– No sé por qué los odio. Nada sabía de ellos, pero ahora los veo y los odio. Y a usted, ¿qué le han hecho? -dice Román.

– ¿Te parece poco que se llamen como yo? -dice Aita.

– Sé de muchos que darían un ojo de la cara por lucir un apellido tan viejo -dice don Estanis.

– Porque no los han visto de cerca -dice Aita.

– Son como animales -dice Román.

– Las llamas y los Baskardo, los Baskardo y las llamas… ¿Qué dice la Iglesia en casos así? -dice Aita.

– ¿Qué casos? -dice don Estanis.

– Y tú, Jaso, ¿qué piensas? -dice Aita.

– Estoy seguro de que Martxel mataría a las llamas y mataría a esos Baskardo -digo.

– ¡Por Dios!, ¿qué pimienta te ponen en la salsa últimamente? -dice don Estanis.

– En todo esto hay algo que no comprendo… Que Saturnino Altube nos confiese que sabía que iba a recibir ese rebaño -dice Aita.

– ¿Saberlo? ¡No, no! -dice Saturnino Altube.

– Quizá hubo un error, quizá iba destinado a otros -dice Aita.

– En las jaulas que trajo el barco había unas chapitas con estas palabras: «Saturnino Altube. Getxo». No hay duda -dice Saturnino Altube.

– Sin embargo, parece que el rebaño es cosa de ellos. ¿No pondría en las cajas «Baskardo de Sugarkea. Getxo»? -dice Aita.

– ¡Imposible! No leo como un marqués, pero sé leer mi nombre -dice Saturnino Altube.

– Tan animales son unos como otros -dice Román.

– Sin embargo, ellos defienden la vida de las llamas por sentirlas como hermanas, como de la familia… Entonces, ¿por qué ellos nunca se han puesto a defender la vida de todos los animales de Getxo que cazamos yo, tú, mi hijo y los otros cazadores? ¿Por qué este rebaño es diferente? -dice Aita.

– Nunca se habían visto llamas por aquí -dice Román.

– Es la más grande ocasión de caza que vieron los siglos -dice don Estanis.

– ¡Pero ellos hacen suyo ese rebaño, a pesar de no haber visto nunca animales semejantes! -dice Aita.

– ¿Por qué le da miedo a usted pronunciar «Baskardo» y «llamas»? -dice Román.

– ¿Me da miedo? ¡Necesito tener cuanto antes los rifles de Éibar! Creo que he estado demasiado cerca de los… Baskardo de Sugarkea, y no podré olvidarlos. Pero tú, pequeño, creo que no eres Baskardo… -dice Aita.

– Es el hijo de Agustina, la de Etxabarri -dice don Eulogio.

– ¿Cómo te llamas? -dice Aita.

– Manuel -dice el chaval.

– ¿Y qué haces con los… Baskardo de Sugarkea? -dice Aita.

– No sé -dice el chaval.

– ¿Qué tienes tú que ver con las… llamas? -dice Aita.

– No sé -dice el chaval.

– ¿Por qué ayudas a los… Baskardo de Sugarkea a salvar la vida de las… llamas? -dice Aita.

– No sé -dice el chaval.

– ¡Aquí nadie sabe nada, nadie comprende nada, empezando por mí! -dice Aita.

– Manuel querrá decir que no sabe cómo decirlo, porque él sí que sabe algo -dice Román.

Los Baskardo del carro se han vuelto a agachar junto a las llamas muertas. Aita los mira y luego mira al chaval.

– ¿Por qué lloras? ¿Con qué derecho comprendes tú más que yo? -dice.

Aquí viene el birlocho con dos criados en el pescante.

– ¡No os paréis! ¡Derechos a Éibar! -dice Aita.

Los criados, que iban a detenerse ante Aita, fustigan a los caballos y salen a la carretera y desaparecen entre una nube de polvo. Aita se dirige a los arbustos, y Román le sigue, y yo también. Aita se vuelve un momento.

– ¡Que nadie dispare un solo tiro sin mi permiso! -dice.

– No va a ser fácil, Camilo. A todos nos arde la sangre de cazador. Pero yo vigilaré. Mis saludos a Cristina -dice don Estanis.

– ¡Nunca he visto animales con mirada tan inteligente! Siento que hemos empezado a entendernos ellos y yo. Les hago señas y me miran muy quietos desde las ventanas. ¡Qué nobles cabezas tienen! -dice Fabi.

– ¡Que alguien traiga de cualquier caserío algo para desayunar! -dice Aita.

Dos criadas se ponen en movimiento. Ahora se paran.

– No tenemos dinero -dice una.

– ¡No faltaba sino que los marqueses no tuvieran crédito ni en su propio pueblo! ¡Largo, imbéciles! -dice Aita.

– ¡Con qué belleza tan potente han tomado posesión de nuestra casa! Quizá tengan más derecho a ella que nosotros -dice Fabi.

– ¿Qué tonterías dices? ¿Te has vuelto loca? -dice Aita.

– ¡Las metió el maldito bastardo! -digo.

– ¿Queréis calmaros los dos? -dice Aita.

– He criado a unos hijos humanos, no como tú. Su resistencia tiene un límite, no como tú -dice ama.

– No agravemos más esta guerra -dice Román.

– Jaso sabe leer en el cielo los terribles avisos del Señor -dice ama.

– ¡Esto ha sido cosa del maldito bastardo! ¿No lo ves, Aita? ¡El setter! ¡Él lo puso ante las fieras sabiendo que le seguirían y que el perro se refugiaría en la que siempre fue su casa! ¡El maldito bastardo! ¡Le mataré! -digo.

– Cálmate, cálmate -dice Aita.

– No son fieras, sólo son potentes. Son hermosas. Las amo -dice Fabi.

Miro a todas partes menos a Fabi. Lo que está ocurriendo ha de ser una pesadilla. ¡Qué pena si yo matara al maldito bastardo con el rifle que me traerán de Éibar y luego resultara que todo fue una pesadilla! Fabi sale de los arbustos y echa a andar hacia la casa, pero Román la coge de la mano y la lleva junto a ama y ama la rodea con sus brazos y le dice: «Ven, tú siempre serás mi niña», y Fabi y Román se miran y Román se aleja de ellas y viene donde estamos Aita y yo, y dice: «Nunca había tenido tantas ganas de matar algo».

Ahora nos llegan de las tapias unos gritos de alerta, y broncas y chistes, y momentos después cruza el birlocho la puerta del jardín. Ya tenemos los rifles de Éibar por los que hemos esperado una larga mañana, y ahora verá esa gente que no nos quita ojo quiénes son los verdaderos cazadores de Getxo. Ya hace cuatro horas que hemos desayunado talo con chorizo, manzanas y castañas. Las fieras siguen machacando de arriba abajo el interior de la casa, aparecen sus cabezotas en ventanas y balcones, como preguntando al maldito bastardo: «¿Lo estamos haciendo bien?», y él estará arriba, en su terraza, riéndose, y llevo horas sin levantar la cabeza por no verle y echar a correr a matarle. Y estará Ella.

– ¡Los rifles, Aita! ¡Con cada tiro, una abajo! ¿Eh, Aita? -digo.

– Calma, calma -dice Román.

La gente de las tapias calla al coger y desenfundar Aita el primer rifle. Sus metales brillan como diamantes a los rayos del sol.

– Te lo cambio por una misa, señor marqués -dice don Estanis.

– ¿Qué dice usted? -dice Saturnino Altube.

– Con don Eulogio como testigo, te lo cambiaría por una misa -dice don Estanis.

Don Estanis se acerca y quiere coger el rifle, pero Aita lo aparta de él y se lo pasa a Román, y luego coge otro y lo desenfunda y me lo pasa a mí, y el tercero se lo queda él.

– Respondéis de los otros cinco con vuestras vidas -dice Aita a los criados.

Los dos criados del birlocho se apresuran a tapar el gran estuche de roble barnizado del que han sacado los tres rifles. Nos entregan las municiones. La gente de las tapias reanuda la algarabía cuando ama sale de los arbustos en camisón.

– Te librarás muy bien de disparar contra mi fachada -dice.

La gente se ríe más. Se ríe en venganza por no tener rifles como los nuestros. Se ríen de la bruja y es lo justo.

– No puedo dejar de hacerlo -dice Aita.

– ¡Mi escudo!"-dice ama.

– Somos excelentes tiradores. No le rozará ni una bala -dice Aita.

– ¡Prefiero mi escudo a mi casa! -dice ama.

– Hemos sido humillados… ¡Bah!, las mujeres nunca entenderán las razones de los hombres -dice Aita.

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