Es de noche. Aita y Román han disparado toda la tarde a tiro seguro. El gentío de la carretera les pedía que› dispararan más, que mataran más fieras, todas las abatidas les parecían pocas, pero Aita marcó a Román el ritmo y no fallaron un solo disparo, ha sido una exhibición de la familia. El gentío quiso entrar en la casa para retirar las piezas muertas, pero Aita les dijo: «¿Queréis que os destrocen como a…? Aún quedan vivas la mitad». Saturnino Altube dijo al carnicero Braulio Apraiz: «Mañana las sacamos, las pesamos y me las pagas a tanto el kilo».
Ahora la gente está en la carretera asando en grandes hogueras las dos fieras que vinieron en el carro. Cantan y beben como energúmenos. Todo esto no había ocurrido nunca. Creería que estoy soñando si no fuera porque las balas que guardo en mi rifle para el bastardo no son ningún sueño. Me acerco a la casa y creo ver en la oscuridad que Fabi hace lo mismo. «Fabi», la llamo. Nada. «Fabi», la llamo. Nada. Me acerco más a ella y resulta que también me acerco a la casa, porque Fabi está yendo hacia la casa. «Fabi», la llamo. Su figura negra sube las escaleras del porche. «¡Amigos, amigos!», dice. Sí, es Fabi. «Fabi», digo. La manta cae de sus hombros. «Fabi», digo. Ahora el camisón queda enrollado a sus pies. «Fabi», digo. Entra desnuda en la casa. «¡Amigos, amigos!», dice. Veo las sombras de las fieras acercándosele a olfatearla. Fabi mueve las manos a un lado y a otro para acariciarlas. «Os quiero, os quiero», dice. Fabi y las fieras desaparecen en las profundidades negras de la casa. Esto no puede estar ocurriendo. Debo salvar a Fabi. Está en medio de las fieras. Debo salvar a Fabi. «¡Fabi! ¡Fabi!», digo. Mis pies no se mueven. Hay en el interior de la casa tal silencio que no le puede estar ocurriendo nada malo a Fabi. «¡Fabi! ¡Fabi!», digo. Lo mejor para Fabi es que las fieras no hagan ningún ruido a su alrededor. «¡Fabi! ¡Fabi!», digo. Mientras las fieras no hagan ningún ruido alrededor de Fabi… «¡Fabi, si me dices en qué parte de la casa estás, entraré a salvarte con mi rifle!», digo.
¿Qué ha sido eso? Algo ha caído sobre el guijo y todo cambia. Me llega de nuevo el estruendo del interior de la casa. El estruendo se acerca a la puerta. Algo pequeño pasa por delante de mis narices. Ahora si me echa encima la gran sombra del rebaño de fieras. Salto a un lado. «¡Aita! ¡Aita!», digo. «¡Jaso!, ¿dónde estás?», dice Aita. «¡Que nadie dispare un solo tiro!», dice Román. Todo se acaba: el estruendo de las pezuñas, los relinchos o lo que sea de las fieras, los ladridos de los perros, los gritos de miedo de la gente. Todo se acaba, todo queda en silencio, excepto la voz de Fabi: «¿Por qué os alejáis de mi protección? ¡Regresad! ¡Ninguno de los que os persiguen es más fuerte que vosotros, pero si no regresáis junto a esta mujercita débil, os destruirán!», dice. Veo su bullo en lo alto del porche. Desnuda. «¡Fabiana!», dice Román. Llega a ella, le cubre con una manta y se la lleva.
Amanece. He dormido en la tienda de Aita. El jardín se ha convertido en un campamento de guerra. Frente a cada tienda hay un fuego encendido y monta guardia un criado con rifle y dos de nuestros deerhound, atados y ladrando.
– Ha llegado el día de la venganza -dice Aita.
Sale de la tienda en calzoncillos.
– No hay duda de que hemos echado de nuestra casa a todas las fieras que quedaron vivas. Si quedara una, yo lo sabría, me llegaría su maldito olor -dice Aita.
– Ellas se lo han buscado, ¿eh, Aita? -digo.
– ¡Vístete decentemente! -dice la bruja.
Ha salido también de su tienda.
– ¡Safari! -dice Aita.
Llegan varios criados.
– Señor… -dicen los criados.
– ¡He dicho safari! -dice Aita.
– Pero hay que entrar en casa a recoger los trastos -dicen los criados.
– ¡Los implementos! -dice Aita.
– ¿Todos? -dicen los criados.
– Todos, como para ir a África… ¿Qué hacéis ahí parados? ¿Os da miedo pisar nuestra propia casa? Ve con ellos, Jaso, para que no se caguen -dice Aita.
– Les cubriré desde aquí, y en cuanto asome una fiera en un hueco… -digo.
Entro en la tienda por mi rifle.
– ¡Hasta la casa! -dice Aita.
Salgo con mi rifle.
– No hace falta ir hasta la casa, nuestros rifles son de larga distancia -digo.
– ¡A la casa! -dice Aita.
Los criados se ponen a andar en grupo. Dan pena.
– Sin miedo, que yo os cubro las espaldas -digo.
– ¡Jaso, acércate a los perros y cállalos! -dice Aita.
– ¡Camilo Baskardo, ponte los pantalones! -dice la bruja.
Está a la puerta de la tienda más alejada, con Fabi. Ahora salen de sus tiendas Román, don Estanis, Braulio Apraiz, Saturnino Altube, pero no su sobrino Juan. Tampoco están los dos Baskardo de Sugarkea ni el chaval.
Ahora estamos pertrechados como en África. Hemos desayunado huevos fritos con jamón, tocino y pan tostado, como desayunan los ingleses en África. Cuando Aita preguntó a los criados: «¿Qué destrozos han hecho en mi casa las fieras?», ninguno se atrevió a responderle y Aita dijo: «¡Maldición! ¡Alguien tendrá que abonarme esta broma!», y Saturnino Altube no se atrevió a mirarle.
Ahora Aita está escribiendo algo en un papel apoyado en la espalda de un criado. Acaba y escribe en otros dos papeles. «Uno, al gobernador. Otro, al cuartel de la Guardia Civil. Otro, a los municipales… ¡Que no se metan en esto ni el Ejército ni los guardias! ¡Es sólo asunto de Camilo Baskardo!», dice Aita. El safari se pone en marcha hacia la carretera.
– ¡No! ¿Por qué queréis matar a esas magníficas criaturas? -dice Fabi.
– ¡Es el colmo! -dice Aita.
– Esfuérzate por tener la boca cerrada -dice Román.
– ¿Tú, tú, tú me pides a mí esfuerzos? ¡Tú, el esposo que no sabe lo que es un solo esfuerzo! -dice Fabi.
– ¡Que alguien la calle! -dice Aita.
Voy hasta Fabi.
– Calla -le digo.
– ¡No vayas con ellos! Mi pobre hermano Jaso…, ¡tú eres distinto! ¿En qué te han convertido? ¿Qué ha sido de todos nosotros? ¿Qué os han hecho ellas? -dice Fabi.
– Nos humillaron -digo.
– ¿También os humillaron los leones de África? Es algo más: es miedo de las cosas realmente vivas… ¡porque quizá nosotros estemos muertos! -dice Fabi.
Echa a correr en camisón hacia los ocho mulos cargados y en un santiamén suelta la correa del último y cae con estrépito la cocina de campaña y la cacharrería. La alcanzo y la sujeto.
– ¡No, ayúdame! -dice.
Se suelta de mí y corre a la carretera y nadie la puede detener, y allí está el carro, y ahora Fabi choca contra el maldito bastardo, que está allí. ¡Ha chocado contra el maldito bastardo! Quedan frente a frente, tocándose y mirándose. Tocándose. Jamás nadie de la familia de Camilo Baskardo había tocado antes carne maldita con sangre maldita de Ella. Se miran.
– ¿Por qué? -dice Fabi.
Como Fabi no se aparta, es el maldito bastardo quien lo hace. Fabi le mira como si no fuera el maldito bastardo. Es imposible que esto esté sucediendo.
– Sé que acabarán dándome una razón para odiarlas. De momento, ya me han matado un perro -dice el maldito bastardo.
Ha hablado. He oído su voz por primera vez en mi vida. Ha sonado como la vibración de una hoja de sierra. Ahora es Fabi la que se aparta de él.
– ¡Monstruos! ¡Monstruos! ¡Cobardes! ¡Cobardes! -dice Fabi.
Llegan las criadas y se la llevan. Nuestro safari se ha detenido en la puerta del jardín. El maldito bastardo acaba de subir al carro de Braulio Apraiz. Don Estanis echa una corta carrera hasta Aita.
– No sabíamos nada, no lo esperábamos, los del carro no contábamos con él -dice don Estanis.
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