– Tres veces… ¡Oh, sí, tres veces!…
– Sí, sí… Una por orgullo, al poder rechazar la oferta. Otra por hastío ante tanta insistencia. La tercera sería propiamente la respuesta… Y aún cabría otra cuarta, la de la sonrisa burlona… No me mires así: llevo treinta años asistiendo a esta entrevista… Convendría que te detuvieras más en los modos y maneras de la mujer, esa bolsa de monedas danzando de un lado a otro con la más burda indelicadeza…
– Era la hora del regateo -dije-. ¿A cuánto subió la oferta?
– No es que no me atreva a pronunciar una cifra, es que pronto dejó de interesar allí ese punto… Ella fue la primera en desecharlo, por inútil. «Comprendo», dijo a Román. «Usted no lo quiere en una sola entrega. Pero sepa que la mujer del Baskardo no lo consentirá nunca. Piénselo: lo mío es en mano y ahora.» Y entonces él quiso saber por qué lo hacía, y ella se lo dijo. La carcajada de Román se oyó en toda la casa. «¿Eso?, ¿eso?», repetía. «¿Por qué se ríe?», preguntó Ella. «Porque habría sido un despilfarro por su parte pagar cualquier precio por nada.» Ella no le entendió, naturalmente. «No tendré hijos», amplió Román. Y Ella: «¿Quiere usted decir que ha elegido no tenerlos?». Entonces Román se lo confesó… Pero esto nada tiene que ver con tu chiste de antes, Asier, fue como si nada le hubiese confesado, porque Ella no le creyó. «Ahora sí que se está burlando de mí», le dijo, lo que resulta demostrativo de que existió la sonrisa burlona. «¿Tanto desea que salga de este cuarto y le deje en paz?» Al principio, Ella le observó sólo atentamente, aún sin desvestirlo con la mirada. Eso vino después, enseguida, cuando el tosco rostro mestizo expresó que podía no estar mintiendo. «¿Por qué me revela una cosa así?», preguntó Ella. «He de defenderme de usted, señora.» «¿Defenderse de mí?» «Acabo de conocerla, pero sé que sería capaz de salirse con la suya y arrojarme de aquí. Usted no mueve los labios al hablar. Usted sería capaz de obligarme a hacer lo que no quiero. Estuve en una guerra donde aprendí a guardarme de las emboscadas», dijo Román. «Le creería a usted si no fuera militar», murmuró Ella, aunque ya había empezado a vislumbrar el carácter definitivo de la insospechada posibilidad. Así, pues, le empezó a desnudar con la mirada. «Puede usted creerme, señora. Un militar no jugaría con una cosa así, no hablaría de ello si no fuera verdad. Mire usted: sólo quiero que me permita llevar adelante mi boda. Le juro por mi honor que no debe temer nada.» Ella le seguía desnudando con la mirada y había resuelto averiguarlo. Se le acercó dos pasos y se quitó el sombrero. «Tómeme», le dijo mientras se descolgaba el bolso y, juntamente con el sombrero, lo dejaba sobre una silla. Luego se despojó del abrigo y buscó con la mirada el armario y lo colgó fríamente de un perchero. Finalmente, regresó frente a Román y se desabrochó tres botones de la blusa…
– Tres botones… -sonreí.
– Sí, tres -subrayó don Manuel-, los estipulados para esta clase de escenas. Tenía treinta y tres años…
– Nadie supo jamás su edad. Acumuló años sobre la incógnita de los que parecía tener cuando su aparición en Getxo…
– Treinta y tres años. En aquella visita a la pensión de Artecalle tenía treinta y tres años. Ignoro los que tuviera antes o tendría después, pero en aquel día de 1903 Ella tenía treinta y tres años… Una edad de mujer absolutamente presentable, así que la prueba a Román, la oferta, se realizó en las mejores condiciones de la mercancía. «¿Qué hace usted?» Román no esperaba aquello y, por supuesto, no lo deseó, independientemente de su incapacidad: no lo habría deseado en ningún caso. Había descubierto, tan pronto, que era una mujer temible. «¿Qué hace usted?» «Tómeme. Tanto si es usted hombre como si no lo es. Necesito comprobarlo por mí misma.» – ¿Tenía la blusa más de tres botones? -pregunté-. Estábamos en el tercero…
– Ella se desabrochó un par de botones más y Román retrocedió un paso. «¿No le importa que lo sepa la gente?» «Escuche: si es usted un hombre, nadie sabrá de nuestro encuentro, porque yo me las arreglaré para que usted se vaya al otro extremo del mundo. Si no lo es, no podrá consumarse nada entre nosotros. Lo entiende, ¿verdad? Vamos a la cama, que hace frío.» Ella se quitó los zapatos y las medias y se libró de lo más embarazoso de su vestido, dejándolo en otra silla, mostrándose en ropa interior los breves instantes que tardó en refugiarse bajo las mantas. Román vio un cuerpo que se movía con lo que le pudo parecer, aún, frescura juvenil, pero que sólo era ausencia de carne sobre un esqueleto exiguo con las articulaciones siempre engrasadas para abalanzarse sobre algo, fuera animal, vegetal o mineral. Ya en la cama, se sentó para quitarse las prendas superiores y vio Román que no usaba sostén y enseguida descubrió que no lo necesitaba: tenía un hijo de catorce años, pero sus pechos parecían de gata, e incluso se diría que estaban allí para cumplir con una formalidad. Creyó Román encontrarse ante una especie de criatura nueva y no repetible…
– No siga, no se ensañe, no se haga daño a sí mismo, recuerde que está moviéndose en la irrealidad…
– ¿Irrealidad? ¿Ha de ser real sólo lo que vemos? -suspiró don Manuel-. Con todo, había formas en aquel cuerpo capaces de encender a un varón… siempre que no advirtiera que el blanco y la firmeza de aquel sólido eran trapacerías para simular que era carne y, precisamente, carne humana… Bien, bien, como quieras… Aunque Román no corría ningún peligro. Y si accedió a compartir el lecho con la mujer no fue por el sexo, ni siquiera por cualquier aberración adquirida al no poder realizar la función natural, sino por obtener la garantía de poder continuar con sus planes de boda: no le quedó otra opción que entregarle la prueba palpable. Y Ella sí palpó el pingajo de pene huérfano que dejó la bomba cubana… ¡No pudo ocurrir de otra manera, Asier! ¡Llevas toda la vida buscando otra explicación a su increíble y súbito cambio en aquellos breves días! Vamos, sigo esperando esa explicación…
– Nunca nadie pudo acusarle de ningún escándalo en materia de moral sexual, porque su hijo procedió de la seducción de Camilo, ella sólo tendría diecisiete años… -dije.
– Lo importante es su adivinable desprecio por algo tan fundamental para nosotros, esa su indiferencia ante el hecho de ser decente o prostituta. Recurrió al sexo siempre que lo necesitó, se habría comportado como una ninfómana si… En fin… Y, de hecho, fueron cuatro las ocasiones en que usó su cuerpo, nos escandalizó por partida cuádruple: sedujo a Camilo Baskardo para tener un hijo de él; empleó malas artes para arrastrar al altar a tu tío abuelo Santiago…
– Si viéramos como pecado el ser buena cocinera y ganar al hombre por el estómago, las más ejemplares de nuestras mujeres acabarían en la hoguera…
– ¡La suya era cocina erótica!… Sabes bien que el pobre Santiago durmió, soltero, demasiadas noches en aquel cuartucho de La Venta -adujo don Manuel sin apenas separar los labios.
– Las tendría por un tributo a tanta satisfacción gastronómica. Significaron para él menos que un grano de maíz y usted lo sabe…
– Tu tío Roque fue otra víctima de la proximidad de su carne…
– ¡De la carne de la otra!
– ¿Qué más da? Ambas eran Ella… Y, finalmente, Román Pérez de Angulema. Sigo esperando tu explicación… Negarías la escena en la pensión aunque hubiera sido testigo de ella tu propia madre. ¿Acaso tampoco crees en la otra, la que vio y contó Mari Benita, la de la ermita? Advierte la coherencia entre una y otra, el principio y el final de su nueva trayectoria, el descubrimiento que provoca su cambio de actitud y el remate apoteósico. Todo lo que ocurre entre una escena y otra está en función de ambas: el jardinero del convento prestándose a llevar las cartas de amor de la pareja, el misionero providencial ofreciendo al desesperado Moisés la huida a Ceilán… Dio un giro completo y, de pronto, no sólo consintió sino que supo que aquel hombre había de ser para Fabiola, porque además de cerrar el paso a los demás pretendientes, la eliminaría como madre. Se lanzó a conseguir su emparejamiento. Compró al jardinero de las monjas para que hiciera de mensajero. ¿Qué importa cómo lo consiguió? ¿Y para qué saberlo, si tampoco lo ibas a aceptar? Pero alguien, alguna vez, oyó decir a Fabiola que aquel jardinero de las monjas se compadeció de ella… Luego, la apoteosis final en la ermita. El encuentro con la llave le proporcionaría la solución. El jardinero colaboró en el rapto de Fabiola: una deslealtad más, y no grave, puesto que toda una señora con palacio bendecía aquel romance folletinesco… ¿Tampoco aceptas que fuera el coche de Ella el que trajera a Getxo a la pareja dadas ya las doce de la noche? Años después, el propio cochero lo contaría en La Venta. Ella misma introdujo la llave en la cerradura de la ermita y empujó a su interior a la asustada pareja (no nos asombre de la pudibunda Fabiola; pero también Román, desbordado, temiendo que aquella violencia se volviera contra él, pues había empezado a sospechar que estaba loca). Ella buscó en el interior de la ermita un rincón bien visible y lo encontró al costado del altarcillo, pero echó en falta algo imprescindible y ordenó al cochero traer un buen brazado de paja y el hombre la robó de alguna cuadra próxima. Los acostó. Les dijo, les ordenó: «No os mováis hasta que alguien abra de nuevo esa puerta». ¿Dedicó entonces a Fabiola alguna palabra tranquilizadora?
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