Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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– Cristina acababa de convertir en imposible su matrimonio con Andrea, pero su presencia en Getxo continuaba siendo un peligro -dijo don Manuel sin más transición que un inapreciable parpadeo, no de asombro sino de mera acomodación-. Eliminada Andrea, podría procrear con otra. Quizá, durante aquellas semanas, esperó la noticia del suicidio del desesperado…

– …y desengañado -apunté-. Tengo interés en incluir en la versión definitiva este matiz.

– Desengañado -deletreó don Manuel.

– Sí, huyó de nuestra tierra.

– Para olvidar. Lo que se espera de cualquier enamorado en su situación.

– Rompió con su madre.

– Le correspondió ser la mala de la historia.

– Odió, repudió, cambió de piel. Se convirtió en otro. Repudió a más cosas que a la madre. ¿Olvida que empezó a publicar artículos en el semanario socialista La Lucha de Clases? Usted mismo me lo reveló. Muy de tarde en tarde enviaba cartas a su hermano (nunca a Cristina: el cartero se fijaba muy bien) y en ellas incluía artículos, y era Josafat quien, obedeciendo sus precisas indicaciones, se personaba con ellos en la redacción de los socialistas, en Bilbao, y luego aparecían en las páginas del enemigo. El escándalo se prolongó hasta 1910, año de su regreso. Usted sabe que yo también los he leído en la Biblioteca Municipal y los hemos comentado. Más que de un cambio de ideología, sus contenidos hablaban de un repudio de cierta ideolog í a. No eran textos propiamente socialistas (cosa imposible: Moisés jamás leyó uno solo de sus libros) sino libertarios, vitalmente anarquistas, rompedores, calurosamente radicales, siempre dentro de una concepción individualista de la vida. No habrían sido publicados de no ser suyos. Los del periódico investigarían, descubriendo que aquel Moisés Baskardo era nada menos que el primogénito del gran lobo industrial Camilo Baskardo y de Cristina Oiaindia, fanática de Sabino Arana y miembro de la junta del Euskaldun Batzokija. No desaprovecharon la ocasión de airear los exabruptos del traidor.

– Pero lo resistió todo, lo superó. El hijo pródigo regresó a la casa del padre…, mejor: a la casa de la madre… seis años después.

Realmente, regresó. Y, loco o no, lo había resistido, lo había superado. Al menos, seguía vivo. Dije:

– Pero la locura es refugio, no superación de…

– Volvió a ser como antes -silbó don Manuel-. Lo superó.

– ¿Pero acaso su locura no nos está diciendo otra cosa?

Descrucé la pierna y apoyé los dos pies en el suelo, invadido todo mi cuerpo por una tensión acerada.

– Recuperamos al hijo de Cristina. -Don Manuel prolongó el silbido-. Siempre se vuelve a las raíces.

– ¡Por san Diez!, ¿acaso quiere decirme que si regresó con una locura no dejaba de ser el mismo de antes porque sólo se trató del salto de una locura a otra? ¿Quiere decirme eso? -Busqué refugio en su serena mirada atormentada-. ¿Tan invencible es lo vuestro? -exclamé.

No es que, a veces, se me escapase con él el tuteo: es que cuando don Manuel quedaba sumergido en el insondable magma nacionalista, perdía para mí sus contornos y atributos, incluso el de maestro.

– Estábamos en que Ella trajo al misionero…

Le corté.

– Quizá no fuese más que una casualidad la presencia de aquel hombre.

– Ella nunca se cruzó de brazos en espera de las casualidades. Además, contamos con el testimonio del difunto padre Francisco, de los Camisones, hermano de Abeliñe Artola, mujer de tu tío abuelo Saturnino. Contó a su hermana que la mujer se presentó en su convento de dominicos de Bilbao con el fin de conseguir un misionero necesitado de ayudantes para que predicara en Getxo. Llamaron al padre Francisco, por ser de Getxo. Le dijo a Ella: «Se aloja estos días en nuestra casa un padre con misión en Ceilán que está dando charlas en Bilbao, en San Antón». La mujer quiso saber si ese nombre, Ceilán, quedaba lejos. El padre Francisco le respondió que sí. «Quiero que hable en Getxo», añadió Ella. «Pagaré bien.» El padre Francisco quiso saber si sentía alguna inclinación especial por las misiones dominicas y Ella le miró de tal modo que el padre pasó a otra cosa, y cuenta que fue inútil que le advirtiera que ellos no cobraban por esos servicios, aunque no rechazaban una limosna, pero Ella se empeñó en que su dinero no era una limosna sino un pago.

En 1904 don Manuel tenía once años y recuerda que asistió a una de las tres predicaciones que aquel dominico pronunció en San Baskardo. Era un hombrecillo de poco más de metro y medio de estatura, que hablaba a tanta velocidad que sus palabras se entrechocaban y apenas se recogía una cuarta parte de ellas. «Era por pura timidez, los tres días se le vio en el púlpito más rojo que un tomate», aseguraba don Manuel. Algo así como el clásico individuo, sin malicia para las cosas del mundo, a quien las órdenes religiosas envían a misiones. «La tarea allí de conversión es una gran prueba para ordenarse más tarde al servicio de Dios. ¿No se anima ningún joven a acompañarme a Ceilán?», era el remate de cada charla. Días después el pueblo supo que Moisés Baskardo se había ido con él. «Una jugada perfecta la de Ella», comentaba don Manuel. Bueno, y resultaba difícil no pensar como él.

– Sí, una jugada perfecta -asentía yo en mis momentos más condescendientes-, pero nada más. Nada más.

– ¿Nada más? -exclamaba él.

– Un buen trabajo de quien no olvidaba su hambre de otra época y se había jurado que sus hijos y nietos no la sufrirían jamás.

– Escucha, Asier…

– ¡Si llegó a constituir un privilegio el que Ella se acordara de uno! ¿Quién nos asegura que el simple de Josafat no se sintiera humillado con su menosprecio? Fue el único que se libró de la quema, el único que no fue atendido… Así que nada más que contenciosos personales o entre familias. Nada más.

– ¡Pero es que el pobre Josafat también fue afectado de modo inmisericorde! No necesitó Ella ponerle expresamente en su punto de mira, porque fue una víctima más del ataque global… Escucha, Asier: cada habitante de Getxo representa una destrucción causada por esa mujer.

– Usted está hablando de la locura actual de Josafat, ¿no?

– Me quedo con el término destrucción… Nadie resiste eternamente un cambio radical en su propio comportamiento, el encontrarse de pronto sometido a una tensión que ha de durar años y años y para la que no se ha nacido.

– Realmente, ocurrió como si Josafat, necesitando llamar la atención de Ella, se transformara en un ser digno de ser considerado peligroso. No hay duda de que fue un privilegio el sentirse atendido por esa mujer.

Coincidían todas las versiones: un místico muchacho que jamás pudo sostener la mirada de otros ojos, un san Francisco de Asís incapaz de causar daño ni al animal más insignificante (ni siquiera don Manuel llegaría a determinar si era por amor a los animales en general o sólo por los de nuestra tierra, como integrantes, incluso ellos, de esa identidad en peligro y todo lo demás), a quien nunca se sorprendió hablando con chicas, que se sonrojaba intensamente a la vista de una, y lo mismo ocurrió en su madurez; un frágil hijo en exceso enmadrado y carente de armas para enfrentarse al mundo, prueba que su madre consiguió ahorrarle hasta sus veintidós años, en que se produjo su sorprendente cambio de piel, y así Getxo salió ganando uno de los espectáculos anuales más esperados: sus duelos con Efrén, el hijo de Ella y de Camilo Baskardo, el indigerible Efrén, al que situó en el centro de su primer reto de iniciación. Había lanzado su primera amenaza de muerte contra los habitantes del palacio en 1904, a raíz de su auténtica mayoría de edad, y Getxo se dijo que ya era hora de que el odio acumulado estallara por alguna parte. En esto, Josafat superó incluso a Moisés, el único de los dos hermanos de quien se podía esperar algo semejante. Aunque por entonces Moisés ya se encontraba en Ceilán y fue el otro quien se erigió en paladín de la familia. ¿Por qué en 1904 y no antes, cuando aún estaba Moisés y ya se había reunido el odio suficiente? Con todo, pudo ocurrir que los duelos no comenzaran nunca, pues el primero se produjo en 1907, tres años después de la primera amenaza de muerte, casi al final de aquella insólita cacería de llamas que pudo haber marcado a Getxo con una huella demasiado honda, demasiado reveladora. Quizá nada hubiera ocurrido sin esa cacería, que proporcionó a los antagonistas la mutua proximidad, el armamento, el escenario selvático preciso e incluso el sacerdote -don Estanis- para asistir al perdedor. Y los testigos, también muy próximos, los apostadores, esperando de Josafat que al fin se arrancara.

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