– No cometeré la insensatez de asegurar que la robó sabiendo que habría de utilizarla diez años después al entregársela a Román Pérez de Angulema diciéndole: «Ve y abre la maldita ermita y que, al día siguiente, todos sepan que habéis dormido juntos» -dijo don Manuel-. Es posible que ella misma se sorprendiera al encontrarla entre los cachivaches transportados, o la recogiera como un recuerdo – ¡no, no, nunca caería en semejante flaqueza!-, o Madia o Magda se encaprichara de la pieza; aunque me inclino por su accidental inclusión en el botín procedente de la liquidación de La Venta, igual que Jim Hawkins al huir de la posada del almirante Benbow con el mapa de la Isla del Tesoro ignorando qué había cogido… Bueno, la tenía y la usó. Sin duda, el descubrimiento de la llave olvidada en algún mueble del palacio le inspiraría la trama, y nada más contundente que aquel golpe de efecto para doblegar la resistencia de Cristina a la boda de su hija con el militar maketo. -Don Manuel me miraba fijamente a los ojos-. Para entonces, ya lo sabía…
– Sí, claro que lo sabía, pero…
– Admitido que lo sabía, ¿estamos? ¿Y cómo lo supo? A su llegada, nadie conocía nada de Román Pérez de Angulema, y menos en Getxo: si tenía parientes en algún lugar del mundo, si ya estaba casado…, ¿por qué no?, ¿por qué no iba a estar casado? En 1905 tendría algo más de treinta y cinco años, y no le habría resultado fácil mantenerse soltero hasta entonces a un hombre cuya natural apostura quedaba realzada por el uniforme de oficial de la guerra de Cuba. Porque su propósito de casarse con un buen partido quedó claro al enamorar a la romántica y propicia Fabiola Baskardo. Lo único que se sabía de él era lo que quiso contar: que venía de esa guerra y había recibido una herida en combate, sin que tampoco revelara la naturaleza de esa herida. Fue lo único que nos entregó. La herida secreta pareció despertar en Fabiola su instinto maternal y se enamoró de él como una tonta. La pobre ignoraba que iba a ser de por vida hembra insatisfecha y madre frustrada. ¿No empiezas a presentir la mano de Ella, Asier?
Sin embargo, su primera intervención en el asunto de Román fue tratar de expulsarlo de nuestra tierra. Aunque el tío Roque Altube había traicionado a Altubena y vivía en aquel palacio, en mi cocina seguía preocupando su persona, había una rebeldía contra el destino que enfrentó a una sangre contra sí misma. Quiero decir que en mi cocina no se repudió o renegó de Roque, por mucho que las relaciones pareciesen rotas. De tarde en tarde, Andrea tiraba de la campanilla de la puerta del jardín del palacio y salía él. Hablaban. Roque y Andrea habían estado muy unidos desde niños. Ella le llevaba en un cestillo fresas, manzanas o uvas y, para cuando se despedían, Roque ya había dado buena cuenta del regalo, allí mismo, durante la charla con su hermana, en un rito absolutamente íntimo. Los abuelos y el padre aprobaban mudamente aquellos encuentros, y a través de ellos se supo en mi cocina que Roque había actuado de embajador de Ella para presionar a Román con dinero. Así ocurrió y es preciso aceptarlo, para complacencia de don Manuel. ¿Qué se proponía Ella? «No atacar a Cristina», decía don Manuel, «pues Cristina tampoco deseaba aquella boda. ¿Y no resulta curioso que, por una vez, las dos mujeres persiguieran lo mismo?»
En 1903, a primeros de noviembre, Ella envió a Roque a la pensión de Artecalle, en Bilbao, a hacerle la oferta a Román y, días después, Cristina encerraba a su hija en un convento de monjas, alarmadas ambas mujeres de aquellas relaciones comenzadas meses antes en la fiesta de puesta de largo en el Club Bilbao. «Resulta explicable el comportamiento de Cristina, pero ¿qué razones movieron a la otra?», comentaba don Manuel. «Le tenía que importar un higo que Fabiola Baskardo contrajera matrimonio o no; aunque, bueno, establezcamos que alejaba a Román para que Fabiola no se casase…, ¿no se casase con Román o no se casase en absoluto?; y a la inversa: ¿no se casase Román con Fabiola o no se casase en absoluto? Establezcamos eso, pero entonces, ¿por qué el cambio apenas días después? Y no ya sólo despreocupación, indiferencia ante la boda, sino deseo feroz de que se consumase. Pregúntamelo tú, Asier, pregúntame esto: "¿Por qué, don Manuel, por qué?", pues yo no necesito preguntármelo, sé la respuesta.»
Pienso que para mi tío Roque no representaría gran esfuerzo el aceptar la… ¿orden?, ¿insinuación?, ¿ruego?… de Ella: la gestión se encaminaba a la proscripción de una boda entre una vasca y un maketo. Una vez embarcado en la cosa, mi tío se refugiaría en esta consideración, por muy rebajada que tuviera entonces su propia identidad. De modo que allá se fue con la bolsa de monedas que Ella le pondría en la mano y supongo que también algún documento en el que Román debería estampar su firma. No recordaba Andrea qué suma se le ofreció al novio para que tomase el tren; cualquiera que fuese, una ridiculez comparada con el suculento premio extraordinario si ingresaba en la familia del gran Baskardo. Me imagino a mi tío, grande y sombrío -a partir de su abandono de la muchacha de las minas nadie le volvería a ver ni siquiera sonreír-, debatiéndose en las calles de la ciudad y luego pronunciando el nombre y apellidos ante la mujer de la pensión que le abrió la puerta y avanzando por el pasillo a zancadas aldeanas y deteniéndose ante la puerta interior y a Román abriéndola desde dentro y a mi tío recitando: «Dice mi suegra que te diga que si coges la maleta…». Ella pensaría que mi tío no supo explicarse y le enviaría de nuevo y acaso más de dos o tres veces, pero siempre recibiendo del mensajero la misma respuesta: «Que no quiere», hasta que resolvió encargarse personalmente.
– Nos encontramos en la primera fase, aún no se había operado el cambio -dijo don Manuel-. El «porqué» total debe dividirse en dos «porqués», y el primero es éste: «¿Por qué ahuyentaba al militar?». Respuesta: porque se había grabado a fuego a sí misma condenar a Fabiola a la soltería, porque la quería estéril, porque Camilo Baskardo no debería tener más que un nieto, el suyo, es decir, el hijo de Efrén… El Mal, Asier, el Mal. ¿Cuándo la aceptarás tal como es? Y luego, el cambio, el segundo porqué: «¿Por qué dio, en horas, vía libre al matrimonio?». Respuesta: porque descubrió su esterilidad en algún momento de aquellos breves días…
– ¡Magnífico! A él le faltaría tiempo para confesarle: «Señora, estoy castrado, la herida de Cuba…».
– Calla, Asier… Lo supo porque lo descubrió por sí misma. ¿Cuándo la aceptarás tal como es? No pudo ocurrir de otra manera. ¡Si quedara alguna duda de si ella visitó o no aquella pensión…! Pero tu propio tío se lo confesó a Andrea… ¿Te la imaginas en aquel cuartucho actuando como una vulgar meretriz? -y allí, sentados en el alto de Alicante, volvió a vengarse de la mujer y me refirió, una vez más, la escena que ni él ni nadie había visto-: Su carruaje no entró en el casco viejo bilbaíno, el cochero recibió la orden de dejarlo en sus inmediaciones, quizá en la Ribera de San Antón…
– Quizá no entró, ¿no?… Quizá ordenara, ¿no?… -Mi persistencia en corregir su agresivo convencimiento sobrevivía a todas nuestras reposiciones.
– Entró… Ordenó… -mantenía siempre don Manuel-. Llegó a pie a la pensión de Artecalle y se enfrentó al semen que amenazaba su Proyecto -y la palabra también sonaba, inequívocamente, con mayúscula-. «¿Se lo ha sabido explicar bien?», le espetó. «Perfectamente», aseguró Román. «Quiero que usted se marche lejos para siempre», puntualizó Ella. «Sí, me lo dijo con toda claridad», volvió a asegurar Román, y aquí concedo la duda de una posible sonrisa en aquel rostro que, en los años siguientes, tuvimos ocasión de observar con más calma: una belleza varonil revistiendo un armazón tosco; un contorno de líneas angulosas en función de un espeso bigote negro excesivamente seguro de sí mismo, bajo unos ojos juntos y más bien pequeños que miraban de frente no con la naturalidad de los sinceros sino con la audacia de los escasamente ingenuos, y un bronceado de mestizo -aunque Fabiola lo conoció cinco años después de que dejase de recibir el sol de Cuba- que le otorgaba un exotismo que él acentuaba con un sombrero jipi-jipi (¿se llaman así?) caído sobre el ojo izquierdo, y unos modales lentos, cansinamente calurosos, una dulzona voz de mando, mezcla de efebo y de soldado, que cualquier mente descompuesta por todo lo anterior podría atribuírsela a un héroe griego… Bueno, un ejemplar casi irresistible para una muchacha pueblerina. A lo largo de esos cinco años habían fracasado varios intentos suyos de seducir a apetitosas herederas, de ser admitido en la buena sociedad bilbaína (nunca perdió ocasión de lucir el uniforme que llegó de Cuba ya bastante deteriorado y que él mimaba, cepillándolo a diario, plegándolo cuidadosamente bajo el colchón, enviándolo a lavar con disciplina cuartelera). Y así como su uniforme era su mejor credencial, Fabiola representaba su última esperanza. Su no a Ella fue claro e irreversible, quizá, sí, acompañado de una sonrisa burlona. Ella no se inmutó. Extrajo de su bolso la bolsa de las monedas. «¿Era poco? Esta vez será el doble», emitió, en ese su tono metálico característico y que tan bien le iba a la escena. Román movió negativamente la cabeza tres veces…
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