Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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Asier Altube

Don Manuel había entrado en el siglo con siete años y yo nací en 1921, así que me llevaba veintiocho; no muchos, no demasiada ventaja en cuanto a acopio de información sobre nuestra comunidad. Yo, además, disponía de una fuente privilegiada, capaz de contrarrestar con creces esa ventaja de veintiocho años: mi propia cocina de Altubena, considerando que fueron los Altube parte importante de esta historia. La hegemonía de don Manuel no procedía, pues, de la cantidad sino del ah í nco, esa su enfermiza obsesión por considerar a los Altube víctimas de Ella, la intrusa; y a esta pequeña historia, expresión de la gran historia de la persecución de nuestro pueblo. Esta perenne actitud tensa suya obraba en mí como recordatorio de ese cúmulo de hechos viejos que no convenía arrumbar. ¿Y quién pretendía condenarlos al olvido? En todo caso, ¿era esto posible, viviendo no menos de cuatro horas diarias en una cocina donde los abuelos y la madre ponían el tema sobre la mesa con una regularidad marcada por algún nuevo y último suceso, como la visita ocasional de un pariente que se enzarzaba con los míos en una polémica de fechas y nombres, o por la vuelta atrás de la memoria inspirada por cualquier boda o fallecimiento ocurridos a nuestro alrededor, o una galerna, una lluvia pertinaz, un mal año de maíz o la superflua subasta regular de La Venta?

Y luego, el propio don Manuel saliéndome al paso en cualquier sitio y preguntándome sin darle tiempo al saludo: «¿Te has enterado de…?», y yo me olvidaba de la manipulación que él imprimiría al acontecimiento, fuera el que fuese, y me dejaba arrastrar por la maldita vocación de cronista que se le supone a todo miembro de cualquier pequeña comunidad. Pero era su ah í nco el que no sólo imprimía un carácter apocalíptico a los que, seguramente, no eran más que triviales avatares, sino que me obligaba a vivir alerta contra su alerta, como un médico ha de estar pendiente de las evoluciones de una enfermedad, cuidando, al mismo tiempo, de no contagiarse; peligro éste que me hacía sospechar que don Manuel y yo no éramos tan distintos, que nuestras diferencias sólo eran de fe, es decir, que apenas había diferencias.

– Tu propia madre sorprendió a la pareja dentro de la ermita del Ángel… ¡en el quince de mayo, fiesta de San Baskardo! Allí estaban, en un rincón, sobre unas pajas: Román Pérez de Angulema abrazando a Fabiola Baskardo, como Ella, sin duda, también se lo había indicado -me recordó don Manuel fervorosamente. Estábamos en los altos de la playa de Arrigúnaga, en el que llamamos monte de Alicante, sentados en uno de los bancos de madera pintada de verde que el Ayuntamiento, por fin, acababa de colocar, algo que los nativos habíamos de agradecer a los veraneantes. Era un atardecer de aquel mes de marzo de 1942, una semana después del fallecimiento de Camilo Baskardo y de Cristina Oiaindia. Como si la mar tampoco se hubiera repuesto del asombro, besaba la arena con olitas tan muertas que no parecían sino las leves ondulaciones producidas por una piedrecilla en un estanque-. Entonces recordaron que Ella conservaba una de las llaves de la vieja cerradura de la ermita. ¿Seguirás negando que fue la artífice de aquella boda y de la destrucción del noviazgo entre Moisés y Andrea? Porque el episodio de la ermita no fue más que la punta del iceberg…

Tuve que concederle lo de la ermita (mi propia madre me había contado el incidente, que no sólo coincidía con la versión de don Manuel sino que un relato de primera mano pasó, íntegro, a constituirse en crónica), e incluso la razonable sospecha de que las manipulaciones de Ella se extendieran al hijo mayor de Cristina. Aunque de todo ello ya habíamos hablado muchas veces, siempre nos sonaba a nuevo.

– En 1905 yo sólo tenía doce años -prosiguió él-, pero la parte adulta del pueblo empezó a removerse, inquieta, en sus camas y asientos, y a mirarse unos a otros sin atreverse a establecer lo que pensaban: que Ella trabajaba como una profesional de…, de…, ¿qué importa el nombre?, de aquello en que parecía haberse convertido su afán de medrar. Yo, a pesar de mis doce años, creo que ya pensaba lo mismo. ¿Recuerdas, Asier, tu tiempo de las películas de buenos y malos? Pues aquello era mi película de buenos y malos.

– Como hoy.

– ¿Acaso no lo es para ti? Recuerda: aún no ha aparecido en la pantalla la palabra FIN y Ella sólo tiene setenta y dos años…

Mari Benita, mi madre, no había visto la llave de la ermita desde 1893, es decir, dos años antes de que Ella abandonara La Venta para estrenar su palacio. Esa llave era la que, desde hacía dos siglos, venían usando las mujeres para entrar a limpiar la ermita, y se guardaba en La Venta. Había una segunda en casa del párroco don Eulogio -hasta entonces, los párrocos habrían guardado las dos-, pero La Venta estaba más cerca, y ésta sería la razón de que, en algún momento de aquellos dos siglos, alguna mujer propusiera guardar una en algún lugar más a mano. La primera misa celebrada en nuestra iglesia, en 1693, señaló el final de las que, hasta entonces, se celebraban en la ermita, el Santo Grial cambió de altar (un dolmen no comparable con el mostrador de La Venta, y dicen que aquel párroco del siglo XVII luchó denodadamente por arrancarlo del emplazamiento pagano para depositarlo en el que, según él, le correspondía, quizá recordando lo que aseguró aquel obispo de un tiempo aún anterior: que se trataba del auténtico altar de San Pedro de Roma, varado en la playa de Arrigúnaga por un error de Dios) y de recinto, y en la ermita ya sólo hubo misas menores y cada vez más espaciadas, hasta que prácticamente no hubo, excepto en el día grande de San Baskardo, los 15 de mayo, o después de la Guerra en el recibimiento a Kongobeltza, el pariente negro de los Murua. Por tanto, el arreglo interior y limpieza de la ermita apenas suponían preocupación; parece que, al establecerse el ritmo mensual, hace muchos años, algunas viejas protestaron, lo que indicaría que, en un principio, las mujeres se lo tomaron más en serio. Había un turno riguroso que se repetía cada cuatro años, pues no todas las familias del barrio de San Baskardo disfrutaban del privilegio de entregar una mujer suya al servicio de la ermita, sino sólo cuarenta y ocho, las señaladas por la leyenda como Fundadoras -don Manuel siempre pronunciaba la palabra con mayúscula-, aunque en realidad la rotación no se producía exactamente cada cuatro años, sino cada cuarenta y siete meses, pues los Baskardo de Sugarkea siempre hicieron vida aparte de la comunidad, sin contar con que nadie se hubiera atrevido a ir a ellos con el recado de que tenían que adecentar la casa del nuevo invento.

La madre no abrió la ermita como Altube en 1893, sino como Ibarrola, pues aún no se había casado con el padre, sólo tenía once años; la abuela la llevó consigo para iniciarla o, simplemente, a que le ayudara: fue la primera y única vez que la madre vio esa llave y, sobre todo, vio cómo era recogida de La Venta. Cuarenta y siete meses después, en 1897, pudo haber descubierto que ya no estaba allí, pero en esa ocasión la abuela hizo sola el trabajo; y lo mismo en 1901. Finalmente, en aquel mayo de 1905, la familia la envió y la madre se presentó en La Venta por la llave. Zacarías Ermo solía tener abierta su lonja ya a las cinco de la mañana, con más razón el día de la fiesta del pueblo; se le oía decir que no podía soportar que alguien con alguna necesidad encontrara cerrada su puerta. La madre la empujó con una mano, pues con la otra sostenía la escoba, los trapos, el balde con agua y el jabón. Saludó y pidió la llave. Tan naturales sonaron sus palabras que, en un principio, Zacarías Ermo se volvió, dando la espalda al mostrador y a la madre, y levantó el brazo para alcanzar el clavo en la pared del que colgara la llave a lo largo de todo un siglo hasta hacía sólo diez años. Cuenta la madre que Zacarías Ermo reaccionó antes de que sus dedos rozaran el clavo. «¿En qué mundo vives, Mari Benita Ibarrola?», exclamó, volviéndose y perforando a la madre con sus ojillos vivos -demasiado vivos, a juicio de muchos-, a los que era difícil escapara algo. «¿Aún no sabes que Ella se llevó esta llave y que la otra la tiene don Eulogio?» De manera que yo siempre supe de primera mano que en 1905 Ella estaba en posesión de una de las dos llaves.

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