Joanne Harris - Chocolat
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– Es verdad. No voy.
– Pues como no vaya, no va a durar mucho tiempo en este pueblo -vaticinó con la misma voz alta y vidriosa-. La apartarán a un lado si no hace lo que ellos quieren. Ya lo verá. Todo esto… -con un gesto vago abarcó los estantes, las cajas, el escaparate con sus pièces montées-… no le va a servir de nada. Sé lo que dicen. Los he oído.
– También yo -me he servido también un tazón de chocolate del recipiente de plata. Corto y negro, como un espresso, lo remuevo con la cucharilla del chocolate. Hablo con suavidad-, pero a mí no me hace falta escuchar -callo un momento para tomar un sorbo-, me pasa lo que a usted.
Joséphine se echa a reír.
Entre las dos se instala un silencio de cinco segundos. De diez segundos.
– Dicen que usted es bruja -la palabra de siempre.
La mujer ha levantado la cabeza como desafiándome.
– ¿Es verdad? -me pregunta.
Me encojo de hombros. Tomo otro sorbo.
– ¿Quién lo dice?
– Joline Drou, Caroline Clairmont, las fanáticas de la Biblia y del curé Reynaud. Oí que lo decían en la puerta de Saint-Jérôme. La hija de usted contó no sé qué cosa a los demás niños. Algo sobre espíritus -en su voz había curiosidad y una hostilidad profunda y renuente que yo no acababa de entender-. ¡Espíritus! -repitió como un aullido.
Trazo con el dedo el vago recorrido de una espiral sobre la boca amarilla del tazón.
– Creía que a usted no le importaba lo que dice la gente.
– Soy curiosa -otra vez aquella actitud de desafío, una especie de miedo de caer bien- y el otro día usted habló con Armande. Con Armande no habla nadie. Salvo yo.
Se refería a Armande Voizin, la anciana de Les Marauds.
– Me gusta -dije con sencillez-. ¿Por qué no he de hablar con ella?
Joséphine apretó los puños contra el mostrador. Parecía alterada, su voz despedía crujidos como si fuera escarcha.
– Porque está loca, ni más ni menos -se lleva los dedos a las sienes en un gesto bastante elocuente-. ¡Loca, loca, loca! -por un momento ha bajado la voz-. Voy a decirle una cosa -añade-. En Lansquenet hay una raya que atraviesa el pueblo… -hace un gesto sobre el mostrador con su dedo encallecido-… y como la cruces, no te confieses, no respetes a tu marido, no prepares tres comidas al día y no te sientes junto al fuego y te dediques a pensar en cosas decentes mientras esperas su llegada, si no tienes… hijos… o no llevas flores cuando se celebra el funeral de algún amigo ni pases el aspirador por el salón ni… cuides los arriates de tu jardín… -el esfuerzo de hablar le había puesto la cara arrebolada, era evidente que sentía una rabia intensa, enorme-… entonces quiere decir que estás loca -ha escupido-. Estás loca, eres anormal y la gente… habla… de ti… a tus espaldas y… y… y…
Se interrumpe y la expresión de angustia fue borrándose de su cara; veo que tiene la vista clavada más allá de mí, perdida a través del escaparate, si bien el reflejo del cristal desdibujaba lo que pudiera estar viendo. Como si sobre su expresión ausente pero taimada y exenta de esperanza acabara de caer una cortina.
– Lo siento, por un momento me he dejado llevar -engulle un buen sorbo de chocolate-. No tendría que hablar con usted. Ni usted conmigo. Bastante mal están ya las cosas.
– ¿Lo dice Armande? -le he preguntado con una voz muy suave.
– Tengo que marcharme -vuelve a colocar los puños cerrados sobre el hueso del esternón con aquel gesto extraño que parece tan característico de ella-, tengo que marcharme.
A su rostro había vuelto aquella expresión de desaliento, su boca se torció de nuevo en un rictus de pánico tan marcado que casi se le puso cara de tonta… La mujer furiosa y atormentada que me había hablado hacía un momento estaba ahora muy lejos. ¿Qué -o a quién- había visto para reaccionar de aquel modo? Cuando salió de La Praline con la cabeza gacha como si se protegiera de una imaginaria ventisca, me acerqué al escaparate para observarla. No se le había aproximado nadie. Nadie la había mirado siquiera. Pero de pronto descubrí a Reynaud arrimado al arco de la puerta de la iglesia. Junto a él había un hombre calvo que no reconocí. Los dos tenían los ojos fijos en el escaparate de La Praline.
¿Reynaud? ¿Sería él la causa de sus miedos? Sentí un profundo desaliento al pensar que quizá fuera él quien había puesto a Joséphine en guardia contra mí. Sin embargo, cuando lo había mencionado antes, me pareció desdeñosa, como si no le tuviera ningún miedo. El otro hombre era bajo pero fornido, llevaba una camisa a cuadros con las mangas remangadas sobre unos brazos rojos y brillantes y unas pequeñas gafas de intelectual que, curiosamente, discordaban con su aspecto de hombre fornido y entrado en carnes. Todo en él respiraba un sentimiento de hostilidad indiscriminada; al final he acabado por darme cuenta de que ya lo tenía visto: con una barba blanca y un traje rojo arrojando caramelos a la multitud. Lo había visto en la cabalgata haciendo el papel de Santa Claus y me había fijado en que su manera de arrojar los caramelos parecía estar guiada por la esperanza de acertar a alguien en un ojo. Justo en aquel momento un grupo de niños se paró ante el escaparate y ya me fue imposible ver más, aunque ahora creía saber por qué Joséphine había huido tan precipitadamente.
– Lucie, ¿ves a ese hombre que está en la plaza? Ese que lleva la camisa de cuadros. ¿Quién es?
La niña hace una mueca. Los ratoncitos de chocolate blanco son su debilidad, cinco por diez francos. Añado un par más al cucurucho de papel.
– Lo conoces, ¿verdad?
Asiente con la cabeza.
– Es monsieur Muscat. El del café.
Conozco el sitio, un local sórdido al final de la Avenue des Francs Bourgeois. Media docena de mesas metálicas en la acera y un parasol descolorido con un anuncio de Orangina. Un letrero anticuado identifica el establecimiento adjudicándole un nombre: Café de la République. Agarrando con fuerza el cucurucho de caramelos la niña se vuelve para marcharse, pero se da de nuevo la vuelta.
– Seguro que no adivinará cuál es su golosina favorita -dice-. No tiene ninguna.
– Cuesta de creer -digo con una sonrisa-. Todo el mundo tiene sus preferencias. Incluso monsieur Muscat.
Lucie se queda pensativa un momento.
– Quizá lo que más le gusta es lo que puede quitar a los demás -me dice con todas las letras.
Y a continuación se da la vuelta y me saluda con la mano a través del cristal del escaparate.
– ¡Diga a Anouk que a la salida de la escuela vamos a Les Marauds!
– Se lo diré.
Pienso en Les Marauds y me pregunto qué puede gustarles del lugar. El río con sus orillas sucias y malolientes. Las callejas estrechas y llenas de basura. Es un oasis para los niños. Cuevas, piedras planas que asoman apenas en las aguas estancadas. Secretos dichos a media voz, espadas hechas con ramas, escudos hechos con hojas de ruibarbo. Guerras entre la maraña de zarzamoras, túneles, exploradores, perros vagabundos, extraños ruidos, tesoros robados… Anouk llegó ayer de la escuela con una nueva actitud y me mostró un dibujo que había hecho.
– Esta soy yo -una figura vestida con unos pantalones rojos y con una masa difusa de pelos negros en lo alto de la cabeza-. Este es Pantoufle -lleva el conejo sentado en el hombro como si fuera un loro y el animal tiene las orejas gachas-. Y este es Jeannot -el dibujo del niño está pintado de verde y tiene una mano tendida. Los dos niños sonríen.
Parece que en Les Marauds no se admiten madres, aunque sean maestras de escuela. La figura de plastilina sigue junto a la cama de Anouk y ahora ha sujetado el dibujo en la pared sobre la misma.
– Pantoufle me ha dicho qué tengo que hacer -lo levanta y le da un abrazo.
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