– ¿Pistache? -Me sentí estúpida, con la boca abriéndoseme a la par que mi mente-. ¿Has hablado con ella?
– Le escribí algunas cartas. Pensé que podría saber algo de Mirabelle. Nunca se lo contaste ¿no es cierto?
¡Oh, Dios! ¡Oh, Pistache! Estaba en medio de un desprendimiento de tierras en el que cada movimiento desencadenaba un nuevo deslizamiento de montañas, causando otro colapso de un mundo que yo creía seguro.
– ¿Pero qué hay de tu otra hija? ¿Cuándo fue la última vez que estuvisteis en contacto? ¿Y qué es lo que ella sabe?
– No tienes ningún derecho, ningún derecho… -las palabras eran ásperas, como si tuviese la boca llena de sal-. No entiendes lo que esto significa para mí, este lugar. Si la gente llegara a enterarse…
– Bueno, bueno, Mamie. -Me sentía demasiado débil para empujarla y me rodeó con los brazos-. Naturalmente mantendríamos tu nombre fuera de todo esto. E incluso en el caso de que se descubriera, tienes que aceptar que podría pasar algún día, entonces te encontraremos otro lugar. Un lugar mejor. De todos modos, a tu edad no deberías estar viviendo en una granja vieja y destartalada como ésta, por el amor de Dios ni siquiera tienes buenas cañerías, podríamos instalarte en un bonito apartamento en Angers, mantendríamos a la prensa alejada de ti. Nos preocupamos por ti, Mamie, a pesar de lo que puedas pensar. No somos unos monstruos. Queremos lo mejor para ti…
La empujé con más fuerza de la que creí tener.
– ¡No!
Poco a poco me fui dando cuenta de la presencia de Paul, de pie detrás de mí, guardando silencio, y mi temor se transformó en una gran flor de rabia y de júbilo. No estaba sola. Paul, mi leal y viejo amigo, estaba conmigo ahora.
– Piensa en lo que podría significar para la familia, Mamie.
– ¡No! -empecé a cerrar la puerta, pero Laure interpuso su tacón en la rendija.
– No puedes esconderte para siempre.
Entonces Paul se adelantó hacia el portal. Habló con una voz tranquila y ligeramente pausada, la voz de un hombre que o bien está en profunda paz consigo mismo o bien es un poco retrasado.
– Quizá no hayas oído a Framboise. -Habría dicho que su sonrisa era casi errática de no haber sido por el guiño que me hizo y en aquel momento lo quise con tal plenitud y arrebato que hizo ahuyentar mi rabia-. Si no lo he entendido mal, ella no quiere saber nada de este asunto. ¿No es eso?
– ¿Quién es éste? -inquirió Laure-. ¿Qué está haciendo aquí?
Paul le dedicó una de sus sonrisas dulces y ausentes.
– Un amigo de hace muchos años -se limitó a decir.
– Framboise -me llamó Laure por encima del hombro de Paul-. Piensa en lo que te hemos dicho. Piensa en lo que significa. No te lo pediríamos si no fuera importante. Piensa en…
– Estoy seguro de que lo hará -dijo Paul amablemente y cerró la puerta. Laure empezó a llamar persistentemente y Paul echó el pestillo y puso la cadena de seguridad. Podía oír su voz, apagada por el grosor de la madera, con una nota de zumbido estridente en ella.
– ¡Framboise, sé razonable! ¡Le diré a Luc que se marche! ¡Las cosas pueden volver a ser como antes! ¡Framboise!
– ¿Café? -sugirió Paul, entrando en la cocina-. Te hará sentirte, ya sabes, mejor.
Le eché un vistazo a la puerta.
– Esa mujer -dije con la voz temblorosa-. Esa odiosa mujer.
Paul se encogió de hombros.
– Lo tomaremos fuera -se limitó a sugerir-. No la oiremos desde allí.
Para él era tan sencillo como aquello, y yo le seguí exhausta mientras él me traía de la cocina un café solo con crema de canela y azúcar y un trozo de far de arándanos de la alacena. Comí y bebí en silencio durante un rato hasta que sentí que me volvían las fuerzas.
– No cejará en el empeño -le dije al fin-. De un modo u otro estará encima de mí hasta que consiga echarme. Entonces no tendrá ningún sentido mantener el secreto por más tiempo -me llevé la mano a mi dolorida cabeza-. Sabe que no puedo resistir eternamente. Todo lo que tiene que hacer es esperar. En cualquier caso, no podré aguantar mucho.
– ¿Vas a ceder ante ella? -la voz de Paul era tranquila y curiosa.
– No -repuse bruscamente.
– Entonces no deberías hablar como si pensaras hacerlo. Eres más lista que ella. -Por alguna razón se había sonrojado-. Y puedes vencerla si te lo propones…
– ¿Cómo? -Sé que sonaba a mi madre, pero no podía evitarlo-. ¿Contra Luc Dessanges y sus amigos? ¿Contra Laure y Yannick? No han pasado ni dos meses y ya me han medio arruinado el negocio. Lo único que tienen que hacer es seguir así y para la primavera… -Hice un gesto furioso de frustración-. ¿Y qué pasará cuando empiecen a hablar? Lo único que tienen que decir… -se me atragantaron las palabras-… lo único que tienen que hacer es mencionar el nombre de mi madre…
Paul negó con la cabeza.
– No creo que lo hagan -dijo tranquilamente-. En cualquier caso, no de entrada. Quieren algo con lo que poder negociar. Saben que eso te da miedo.
– Cassis se lo dijo -confesé apagadamente.
– No importa -repuso encogiendo los hombros-. Te dejarán en paz por un tiempo. Esperan convencerte. Hacerte entrar en razón. Quieren que lo hagas por voluntad propia.
– ¿Y? -empezaba a sentir mi rabia dirigiéndose hacia él-. ¿Cuánto tiempo me deja eso? ¿Un mes? ¿Dos? ¿Qué puedo hacer en dos meses? Podría devanarme los sesos durante un año entero y seguiría sin…
– Eso no es cierto. -Habló terminantemente, sin resentimiento, sacando un Gauloise de su bolsillo superior y frotando una cerilla contra el pulgar para encenderlo-. Puedes hacer todo lo que te propongas. Siempre pudiste. -Me miró entonces por encima del ojo rojo del cigarrillo y me dedicó su débil y triste sonrisa-. Te acuerdas de los viejos tiempos. Capturaste a la Gran Madre, ¿no?
– No es lo mismo -le dije moviendo la cabeza.
– Sí lo es, más o menos -replicó Paul, exhalando el áspero humo-. Ya deberías saberlo. Se puede aprender mucho de la vida por la pesca. -Lo miré perpleja. Continuó-: Piensa en la Gran Madre, por ejemplo. ¿Cómo conseguiste pescarla cuando todos los demás no pudieron?
Consideré la pregunta por un instante, pensando como la niña de nueve años que entonces era.
– Estudié el río -dije por fin-. Aprendí los hábitos del viejo lucio, dónde se alimentaba y de qué. Y esperé. Tuve suerte, eso es todo.
– Humm. -El cigarrillo volvió a resplandecer y expelió el humo por la nariz-. Y si ese Dessanges fuese un pez, ¿qué harías entonces? -Sonrió de repente-. Averiguarías dónde se alimenta. Buscarías el cebo adecuado y ya es tuyo. ¿No te parece?
Me lo quedé mirando.
– ¿No te parece?
Quizá. La esperanza trazó una fina línea plateada en mi corazón. Quizá.
– Soy demasiado vieja para luchar contra ellos -suspiré-. Demasiado vieja, y estoy demasiado cansada.
Paul me puso su mano morena y rugosa sobre la mía y me sonrió.
– No para mí -confesó.
Naturalmente, Paul tenía razón. Se puede aprender mucho de la vida a través de la pesca. Tomas me había enseñado eso, entre otras cosas. Hablábamos mucho el año en que fuimos amigos. A veces Cassis y Reine estaban allí; charlábamos e intercambiábamos información a cambio de algunos artículos de contrabando; una barra de goma de mascar, una tableta de chocolate, un frasco de crema para la cara para Reine o una naranja… Tomas parecía tener una reserva ilimitada de esas cosas que nos repartía con una indiferencia casual. Ahora casi siempre venía solo.
Desde mi conversación con Cassis en la cabaña del árbol sentía que las cosas entre nosotros, Tomas y yo, habían quedado asentadas. Seguíamos las normas; no las normas arbitrarias inventadas por nuestra madre sino las normas sencillas que incluso una niña de nueve años podía entender: «Mantén los ojos bien abiertos. Busca el número uno. Comparte y hazlo equitativamente». Habíamos tenido que apañárnoslas solos durante tanto tiempo que resultaba estupendo, cuando no un silencioso consuelo, volver a tener a alguien que estuviera al mando; un adulto, alguien que se encargase de poner orden.
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