Yannick y Laure no habían renunciado con tanta facilidad a una fuente potencial de ingresos. Y sabiendo lo que ahora sabía era fácil de entender dónde lo había visto antes. La misma nariz ligeramente aquilina, los ojos astutos y brillantes, los pómulos pronunciados… Luc Dessanges. El hermano de Laure.
Mi primera reacción fue ir directamente a la policía. No a nuestro Louis sino a la policía de Angers para contarles que estaba siendo víctima de un acoso. Pero Paul me convenció de lo contrario.
No había pruebas, me dijo amablemente. Sin pruebas nadie podía hacer nada. Luc no había hecho nada abiertamente ilegal. En el caso de que pudiéramos pillarlo, bueno, eso sería otra cosa, pero era demasiado cuidadoso, demasiado astuto para eso. Estaban esperando a que me derrumbase, esperando el momento oportuno para venir y exponerme sus exigencias… «Si pudiésemos ayudarte, Mamie. Déjanos intentarlo. Sin guardar rencores.»
Estaba por coger el autobús hacia Angers en aquel mismo instante. Ir a buscarlos a su guarida. Ponerlos en evidencia delante de sus amigos y clientes. Gritarles a todos y a cada uno de los presentes que me estaban acosando, extorsionando. Pero Paul dijo que debíamos esperar. La impaciencia y la agresividad me habían hecho perder a la mitad de mis clientes. Por primera vez en mi vida esperé.
Se presentaron una semana después.
Era domingo por la tarde y llevaba tres semanas cerrando la crêperie los domingos. El puesto de snacks también estaba cerrado -él seguía mis horas de apertura casi al minuto- y Paul y yo estábamos en el jardín con el último sol de otoño caldeando nuestros rostros. Yo estaba leyendo pero Paul, a quien nunca se le dio bien leer en los viejos tiempos, parecía satisfecho estando ahí sentado, sin nada que hacer, mirándome de vez en cuando de aquella forma suya, pacífica y sin exigencias, o quizá estaba tallando un trozo de madera.
Oí un ruido en la puerta y fui a ver quién era. Era Laure, fría y práctica en su vestido azul oscuro, con Yannick con traje gris marengo detrás. Sus sonrisas eran como las teclas de un piano de cola. Laure llevaba una planta con hojas rojas y verdes. No los dejé pasar del umbral.
– ¿Quién se ha muerto? -pregunté fríamente-. No seré yo, aún no, aunque no quedará por vuestros malditos intentos.
Laure hizo una mueca de dolor.
– Vamos, Mamie -empezó.
– No vuelvas a mamearme -le repliqué-. Conozco vuestros sucios juegos intimidatorios. No os va a funcionar. Me moriré antes de que me saquéis un céntimo, así que ya puedes decirle a tu hermano que coja su grasiento carro y se largue de aquí, porque ya sé qué es lo que anda buscando y como no pare ahora mismo juro que iré a la policía y le contaré lo que estáis haciendo con pelos y señales.
Yannick pareció alarmado y empezó a hacer ruidos apaciguadores, pero Laure estaba hecha de pasta más dura. La sorpresa en su rostro no duró más que diez segundos, después de los cuales se endureció en una sonrisa fría y seca.
– Desde el principio supe que lo mejor sería contártelo todo de entrada -dijo, dirigiéndole una mirada desdeñosa de soslayo a su marido-. Todo esto no nos va a ayudar en absoluto a ninguno de nosotros y estoy convencida de que una vez te lo haya explicado todo entenderás el valor de un poco de cooperación.
– Puedes explicarme lo que te dé la gana -anuncié cruzándome de brazos-, pero la herencia de mi madre nos pertenece a mí y a Reine-Claude, os contara lo que os contara Cassis, y no hay nada más que decir.
Laure me dedicó una amplia y odiosa sonrisa de desagrado.
– ¿Es eso lo que crees que queremos, Mamie? ¿Tu pequeña parte de dinero? ¡Oh, de veras! Debes pensar que somos un par de indeseables.
De pronto fue como si me viese a mí misma a través de sus ojos, una mujer anciana con un delantal lleno de manchas, los ojos como endrinas y el cabello repeinado hacia atrás, tan estirado que hacía que la piel se me tensara. Me puse a gruñirles entonces, como un perro aturdido, y me aferré a la jamba de la puerta para mantenerme firme. La respiración entrecortada, cada aliento un penoso viaje.
– No es que no nos fuera a ir bien algo de dinero -anunció Yannick seriamente-. El negocio del restaurante no va demasiado bien últimamente. Y los artículos en Hôte & Cuisine no fueron de gran ayuda. Y tenemos algunos problemas…
Laure lo hizo callar con la mirada.
– Yo no quiero el dinero para nada -repitió.
– Sé lo que quieres -repuse, bruscamente, intentando no revelar mi confusión-. Las recetas de mi madre. Pero no pienso dártelas.
Laure se me quedó mirando sin dejar de sonreír. Me di cuenta que no eran sólo las recetas lo que quería y un puño frío me atenazó el corazón.
– No -musité.
– El álbum de Mirabelle Dartigen -anunció Laure dulcemente-. Su verdadero álbum. Sus pensamientos, sus recetas, sus secretos. La herencia de nuestra abuela para todos nosotros. Sería un crimen mantener para siempre en secreto algo así.
– ¡No!
La palabra salió despedida de mí y sentí como si la mitad de mi corazón se fuese con ella. Laure se sobresaltó y Yannick dio un paso hacia atrás. Mi respiración era como si tuviese la garganta llena de anzuelos.
– No podrás guardar el secreto para siempre, Framboise -dijo Laure razonable-. Resulta increíble que nadie lo haya descubierto. Mirabelle Dartigen… -estaba con las mejillas arreboladas, casi hermosa en su excitación-… una de las criminales más esquivas y enigmáticas del siglo xx. De golpe asesina a un joven soldado y aguanta impertérrita mientras la mitad del pueblo es fusilado en castigo y luego se larga sin dar ni una palabra de explicación a nadie.
– ¡No fue así! -protesté a pesar de mí misma.
– Entonces dime cómo fue -rogó Laure, avanzando un paso-. Te lo consultaría todo. Tenemos en nuestras manos la oportunidad de una fantástica y exclusiva investigación de todo esto, y estoy segura de que podría salir un libro fabuloso…
– ¿Qué libro? -le dije estúpidamente.
– ¿Cómo que qué libro? -Laure me miró impaciente-. Pensé que ya lo habías imaginado. Dijiste…
Sentí la lengua pegada al paladar. Y murmuré con dificultad:
– Pensé que te interesaba el libro de recetas. Después de lo que me dijiste…
Negó con la cabeza con impaciencia.
– No, necesito investigar para mi libro. Leíste el panfleto, ¿no? Debiste suponer que estaba interesada en el caso. Y cuando Cassis nos dijo que ella estaba emparentada con nosotros. La abuela de Yannick… -se interrumpió para cogerme la mano. Sus dedos eran largos y fríos, las uñas pintadas de color rosa como los labios-… Mamie, eres la última de sus hijos. Cassis muerto, Reine-Claude inútil…
– ¿Fuiste a verla? -le dije sin comprender.
Asintió.
– No recuerda nada. Un completo vegetal -hizo una mueca-. Además nadie en Les Laveuses recuerda nada digno de importancia o, si lo hacen, no quieren hablar…
– ¿Cómo lo sabes? -La rabia había cedido paso a un sentimiento de frialdad, la conclusión de que aquello era mucho peor de lo que había sospechado al principio.
– Luc, naturalmente -dijo encogiéndose de hombros-. Le pedí que viniese aquí, hiciese algunas preguntas, que invitara a algunas rondas en el viejo club de pescadores, ya sabes a lo que me refiero. -Me dirigió una mirada impaciente, burlona-. Antes dijiste que ya lo sabías todo.
Asentí en silencio, demasiado paralizada para hablar.
– Tengo que admitir que te las has arreglado muy bien para mantenerlo todo en secreto por más tiempo del que imaginé posible -continuó con un tono de admiración-. Nadie sospecha que seas más que una amable señora bretona, la veuve Simon. Eres muy respetada. Te has hecho un buen hueco aquí. Nadie alberga la menor sospecha. Ni siquiera se lo contaste a tu hija.
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