– Mira tu lucio -me dijo pensativamente-. No ha conseguido vivir tanto tiempo en el río arriesgándose. Es de los que se alimenta casi siempre en el fondo, aunque sus dientes le permitirían devorar a casi cualquier pez del río. -Hizo una pausa para tirar el tallo de trébol e incorporarse a una posición sentada, escrutando el agua-. Sabe que lo andan buscando, backfisch , así que espera en el fondo, se alimenta de residuos y de lodo. En el fondo está a salvo. Observa a los otros peces, a los más pequeños, más cercanos a la superficie, atisba los reflejos del sol en sus vientres, y cuando ve uno pequeño que está un poco apartado del resto, uno que quizás esté en problemas, ¡ñam! -Lo mostró con un movimiento rápido de las manos, cerrando unas mandíbulas imaginarias sobre la víctima invisible.
Yo lo observaba con los ojos abiertos de par en par.
– Se mantiene alejado de las trampas y las redes. Las conoce de lejos. Los otros peces son avariciosos pero el viejo lucio se toma su tiempo. Sabe esperar. Y el cebo, también lo conoce. Las trampas no sirven de nada con el viejo lucio. Sólo le interesan los cebos vivos, e incluso ésos sólo a veces. Se ha de ser muy listo para pescar un lucio. -Sonrió-. Tú y yo podríamos aprender algunas lecciones de un viejo lucio como ése, backfisch.
Bien, le tomé la palabra. Lo veía una vez cada quincena o cada semana incluso, y en una o dos ocasiones estuve sola con él, aunque la mayoría de veces estábamos los tres. Solía ser los jueves y nos encontrábamos en el puesto de vigilancia, íbamos al bosque o al río, lejos del pueblo, donde nadie pudiese vernos. A menudo Tomas venía vestido de paisano; el uniforme lo dejaba oculto en la cabaña del árbol para que nadie hiciese preguntas. En los malos días de madre, yo utilizaba la naranja para hacer que permaneciese en su cuarto mientras quedábamos con Tomas. El resto de los días me levantaba cada mañana a las cuatro y media y me iba a pescar antes de empezar con las tareas matinales, cuidando elegir los tramos más oscuros y tranquilos del Loira. Capturaba cebos vivos en mis trampas para cangrejos, manteniéndolos con vida y cautivos hasta que pudiese utilizarlos con la nueva caña. Entonces los hacía oscilar a ras del agua, ligeramente, para que sus pálidos vientres tocasen la superficie, rastrillando la corriente con el riel. Conseguí pescar varios lucios de esta forma pero todos eran jóvenes, ninguno más grande que un pie o una mano. Aun así, los colgaba en las piedras alzadas junto a las tiras malolientes hechas con las serpientes de agua que había dejado secar ahí durante el verano.
Como el lucio, esperaba.
Era a principios de septiembre y el verano estaba concluyendo. Aunque todavía hacía calor había una nueva madurez en el aire, algo rico y henchido, un aroma dulzón a decadencia. Las malas lluvias de agosto habían echado a perder la mayor parte de la cosecha de frutas y lo que quedaba estaba lleno de avispas, pero aun así lo cogíamos: no podíamos permitirnos desperdiciarlo, y lo que no podía venderse como fruta fresca servía para hacer confituras o licores para el invierno. Mi madre supervisaba la operación. Nos daba gruesos guantes y pinzas de madera para coger la fruta caída, guantes que en otros tiempos habían sido utilizados para sacar la colada de los toneles de agua hirviendo en la lavandería. Recuerdo que las avispas eran especialmente agresivas aquel año, quizás intuían la llegada del otoño y su muerte cercana, pues nos picaban continuamente a pesar de los guantes mientras echábamos la fruta medio podrida en grandes sartenes para hacer la confitura. Al principio, la misma confitura era la mitad de avispas y Reine, que odiaba los insectos, estaba casi histérica por tener que sacar con la espumadera sus cuerpos medio muertos de la superficie espumosa, que iba dejando un líquido encarnado, para tirarlos con una rociada de jugo de ciruelas lejos, al camino, donde sus compañeras vivas se aprestaban a arrastrarse pegajosamente. Madre no tenía paciencia con semejante comportamiento. Se suponía que no debíamos tener miedo de cosas como las avispas y cada vez que Reine gritaba y lloraba por tener que recoger aquella masa enjambrada de ciruelas caídas, madre le hablaba en un tono más rudo del que solía emplear habitualmente.
– No seas más boba de lo que Dios te hizo, niña -la reñía-. ¿Te crees que las ciruelas se recogen solas? ¿O esperas que nosotros lo hagamos por ti?
Reine lloriqueaba con los brazos rígidamente extendidos y el rostro contraído por el asco y el miedo.
El tono de madre se hizo más peligroso. Por un momento su voz sonó incisiva, como un zumbido amenazador.
– Venga -la instó-. O te daré una razón para que llores de verdad. -Y le dio un fuerte empujón hacia el montón de ciruelas que habíamos recogido: un montón de fruta esponjosa y medio fermentada, volátil con avispas. Reine se vio inmersa en un enjambre de insectos y se puso a gritar, retrocediendo hacia mi madre con los ojos cerrados, lo que le impidió ver el repentino espasmo de rabia que cruzó el rostro de ésta. Por un instante madre pareció casi paralizada, luego agarró del brazo a Reinette, que seguía chillando presa de la histeria, y la arrastró bruscamente hacia la casa sin mediar palabra. Cassis y yo nos miramos pero no hicimos ademán de seguirlas. Sabíamos bien que más nos valía no hacerlo. Cuando Reinette empezó a gritar con más fuerza, cada lamento puntuado por un ruido semejante al chasquido de un pequeño rifle de aire, nos limitamos a encogernos de hombros y regresar al trabajo entre las avispas, utilizando las pinzas de madera para recoger los montones de ciruelas tocadas y ponerlas en los bidones que estaban alineados en el camino.
Después de lo que se me antojó un buen rato, cesó el ruido de los azotes y Reine y mi madre salieron de la casa, ésta sujetando aún el trozo de cuerda de tender la ropa que había utilizado, y se pusieron a trabajar en silencio, Reinette sorbiéndose la nariz de cuando en cuando y secándose los ojos enrojecidos. Poco después, los tics de mi madre empezaron de nuevo y se marchó a su habitación dejándonos instrucciones expresas para acabar de recoger la fruta caída y poner la confitura al fuego. Nunca volvió a mencionar el incidente después ni tampoco pareció acordarse de lo que había sucedido, aunque aquella noche oí a Reinette moviéndose desapaciblemente y gimiendo y le vi los verdugones morados en las piernas mientras se ponía el camisón.
A pesar de ser algo bastante insólito, estuvo lejos de ser la última cosa insólita que madre haría aquel verano y muy pronto todos lo olvidamos, menos Reinette, claro está. Teníamos otras cosas en las que pensar.
Había visto muy poco a Paul aquel verano; cuando Cassis y Reinette no iban a la escuela mantenía las distancias. Pero en septiembre el nuevo curso estaba a punto de empezar y Paul empezó a venir con más frecuencia. A pesar de que me gustaba Paul, me inquietaba la idea de que conociera a Tomas, así que a menudo lo evitaba: me ocultaba entre los matorrales que había junto al río hasta que se iba, no hacía caso de sus llamadas o hacía ver que no lo veía cuando me saludaba. Al cabo de un tiempo debió de captar el mensaje porque dejó de venir.
Justamente a partir de aquel momento madre empezó a comportarse de forma extraña. Desde el incidente con Reinette la habíamos observado con recelosa desconfianza, como seres primitivos a los pies de su dios, y, en verdad, ella era para nosotros una especie de ídolo, un ente de favores y castigos arbitrarios, y sus sonrisas y entrecejos eran la veleta que marcaba el giro de nuestro viento emocional. Ahora, con septiembre a la vuelta de la esquina y la escuela a punto de empezar para sus dos hijos mayores, madre se transformó en una parodia de sí misma; se enfurecía por la menudencia más insignificante: una servilleta dejada junto al fregadero, un plato sobre la tabla de secar, una mota de polvo en el cristal del marco de una fotografía. Sus dolores de cabeza la torturaban casi a diario. Casi envidiaba a Cassis y a Reine, que podían pasar largos días en el colegio, pero la escuela primaria había sido clausurada y yo hasta el año siguiente no tendría edad suficiente para acompañarlos a Angers.
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