Joanne Harris - Cinco cuartos de naranja

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Cuando tras décadas de ausencia Framboise Simon regresa a su pequeño pueblo en la campiña francesa, los habitantes no la reconocen como la hija de la mal afamada Mirabelle Dartigan,la mujer que aún consideran responsable de la tragedia sucedida en los años de la ocupación nazi. A la búsqueda de un nuevo comienzo en su vida, Framboise descubre rápidamente que el presente y el pasado se encuentran inextricablemente unidos, mientras recorre las páginas del cuaderno de recetas de cocina heredado de su madre.
Con la ayuda de esas recetas, Framboise recrea los platos de su madre, que sirve en un coqueto restaurante. Y a medida que analiza el cuaderno -a la búsqueda de pistas que le permitan comprender la contradicción entre el amor de su madre por la cocina y su conducta opresiva-, descubre poco a poco un significado oculto detrás de las crípticas anotaciones de Mirabelle. Entre las páginas del cuaderno, Framboise encontrará la clave para comprender lo que realmente sucedió aquel fatídico verano en el que tenía tan solo nueve años.
Exquisito y lleno de matices, Cinco cuartos de naranja es un libro sobre madres e hijas del pasado y del presente, sobre la resistencia y la derrota y, sin lugar a dudas, una extraordinaria muestra del talento de la autora de Chocolat.

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Capítulo 4

Así pasaron las semanas. Volví a hablar con Luc en diversas ocasiones pero no saqué nada salvo su irónica amabilidad. No podía quitarme de la cabeza la sensación de que me era familiar pero no lograba situarlo. Intenté averiguar su apellido con la esperanza de que eso me diera una pista pero pagaba en efectivo en La Mauvaise Réputation y cuando fui allí, el café parecía estar lleno de la misma gente foránea que solía frecuentar el puesto de snacks . También había gente del pueblo: Murielle Dupré y los dos muchachos Lelac con Julien Lecoz, pero la mayoría era gente de fuera, chicas impertinentes con vaqueros de diseño y camisetas de tirantes, hombres jóvenes con las chaquetas de cuero típicas de los motoristas o con pantalones cortos de licra. Reparé en que el viejo Brassaud había añadido un tocadiscos automático y una mesa de billar a su colección de desvencijadas máquinas tragaperras; al parecer, no todos los negocios de Les Laveuses habían salido perjudicados.

Quizá fue ése el motivo de que mi campaña recibiera un apoyo tan poco entusiasta. Crêpe Framboise queda a un extremo del pueblo, en la carretera a Angers. La granja había permanecido siempre aislada de las otras y no había ninguna otra casa en medio kilómetro en dirección al pueblo. Sólo la iglesia y la oficina de correos están lo bastante cerca como para oír el alboroto. Pero ni que decir tiene que Luc se cuidaba mucho de permanecer en silencio cuando había misa. Incluso Lise lo excusaba, sabiendo como sabía el daño que estaba causando a nuestro negocio. Volví a quejarme a Louis Ramondin en dos ocasiones más, pero para el caso que me hizo fue como si me hubiera dirigido al gato.

El hombre no le hacía daño a nadie, aseguró con firmeza. Si infringía la ley, entonces quizá habría algo que hacer. En caso contrario, yo debía permitir que siguiera con su negocio. ¿Estaba claro?

Justamente entonces empezó el otro asunto. Al principio fueron pequeñas cosas. Una noche tiraron petardos en la calle. Luego fueron las motos haciendo ruido en la puerta de mi casa a las dos de la madrugada. Basura acumulada en mi portal durante la noche. Uno de los cristales de mi puerta roto. Una noche un tipo se metió con la moto en mis cultivos y se dedicó a hacer ochos, frenazos y vueltas absurdas sobre las mieses ya maduras. Menudencias. Molestias. Nada que pudiese relacionarse con él, ni siquiera con la gente de fuera que él había traído consigo. En otra ocasión alguien abrió la puerta del gallinero, un zorro entró y mató a todas mis preciosas polacas castañas. Diez gallinas se llevó. Todas ellas buenas ponedoras, todas en una sola noche. Se lo dije a Louis, en teoría él debía hacerse cargo de los ladrones e intrusos, pero prácticamente me acusó de haber dejado la puerta abierta.

– ¿No cree que quizá se abrió de pronto durante la noche? -me dirigió una de esas amplias y amigables sonrisas campestres, casi como si pudiese resucitar a mis gallinas sonriendo. Le devolví una mirada cortante.

– Las puertas cerradas con llave no suelen abrirse así como así -repliqué-. Y tiene que ser un zorro muy listo para romper un candado. Alguien mezquino lo hizo a propósito, Louis Ramondin, y a ti te pagan para averiguarlo.

Louis me miró furtivamente y murmuró algo en voz baja.

– ¿Que has dicho? -inquirí bruscamente-. No tengo ningún problema en los oídos, joven Louis, y más te vale creerlo. Aún recuerdo cuando… -acabé el resto de la frase precipitadamente. Había estado a punto de decirle que recordaba cómo su viejo abuelo roncaba en la iglesia, borracho como una cuba y con los pantalones manchados de orín, escondido en el confesionario durante la misa de Pascua, pero eso era algo que la veuve Simon jamás habría podido saber y sentí un escalofrío al pensar que podría haberme delatado por un estúpido chismorreo. Ahora entendéis por qué no quería tener nada que ver con las Familias si podía evitarlo.

Sea como fuere, Louis acabó accediendo a ir a echar un vistazo a la granja pero no encontró nada y yo seguí aguantando lo mejor que pude. La pérdida de las gallinas fue un duro golpe. No podía permitirme reemplazarlas y, además, nadie me aseguraba que no fuese a suceder lo mismo otra vez. Así que tenía que comprar los huevos a la granja de Hourias, que ahora pertenecía a una pareja llamada Pommeau que cultivaban maíz tierno y girasoles que vendían río arriba a la planta depuradora.

Sabía que Luc estaba detrás de todo aquello. Lo sabía pero no podía probarlo, y eso me estaba volviendo loca. Peor aún, no sabía por qué lo estaba haciendo y mi rabia crecía hasta convertirse en un lagar que exprimía mi vieja cabeza como si hubiese sido una manzana madura y a punto de reventar. El día después de que el zorro entrara en el gallinero me aposté junto a la ventana en penumbra con la escopeta colgada al hombro; debía de tener una pinta extraña para cualquiera que me viera: con mi camisón y el abrigo de otoño haciendo guardia en mi jardín. Compré algunos candados para las puertas y para el corral y noche tras noche hacía guardia esperando que alguien viniera, pero nadie vino. El bastardo debía saber lo que hacía yo, como si de algún modo hubiese podido adivinarlo. Empezaba a pensar que podía leerme el pensamiento.

Capítulo 5

No pasó mucho tiempo antes de que la falta de sueño me pasara factura. Empecé a perder la concentración durante el día. Olvidaba las recetas. No conseguía recordar si ya le había echado sal a la tortilla y le echaba dos veces o la dejaba sosa. Me hice un corte bastante grave mientras estaba picando cebollas. Descubrí que me había quedado dormida de pie y al despertar me vi la mano ensangrentada y una brecha en el dedo. Actuaba secamente con los clientes que me quedaban, y a pesar de que el ruido de la música y las motos parecía haber disminuido un poco, la noticia debía de haber pasado de boca en boca porque los clientes que había perdido no regresaban. Oh, no estaba totalmente sola. Tenía algunos amigos que estaban de mi parte, pero también yo debía de llevar en la sangre la profunda reserva y la continua sensación de sospecha que hicieran de Mirabelle Dartigen una extraña entre la gente del pueblo. Me negaba a que me compadecieran. Mi rabia alejaba a mis amigos y asustaba a mis clientes. Y yo vivía enteramente de rabia y de adrenalina.

Curiosamente fue Paul quien puso fin a todo aquello. Algunos días de entre semana era mi único cliente a la hora de comer. Era tan puntual como el reloj de la iglesia, se quedaba exactamente una hora, con su perro tumbado obedientemente debajo de la silla y él mirando por la ventana mientras comía. Cualquiera diría que estaba sordo por el caso que le hacía al puesto de snacks , y apenas intercambiábamos dos palabras salvo para decir hola y adiós.

Un día se presentó pero no se sentó en su mesa habitual y supe que algo iba mal. Ocurrió la semana después del incidente del zorro en el gallinero y yo estaba rendida. Llevaba un grueso vendaje en la mano izquierda después de haberme lesionado y le había pedido a Lisa que cortara ella las verduras para la sopa. Me empeñé en hacer la pasta yo misma y resultó ser una tarea harto difícil: imaginaos tener que hacer la pasta con la mano enfundada en una bolsa de plástico. De pie, medio dormida en la puerta de la cocina, apenas le devolví el saludo a Paul. Me miró por el rabillo del ojo, quitándose la boina y apagando su pequeño cigarrillo oscuro en la puerta.

Bonjour , madame Simon.

Hice un gesto de asentimiento e intenté sonreír. La fatiga era como una manta grisácea y reluciente que lo cubría todo. Sus palabras eran un bostezo de vocales en un túnel. El perro fue a tumbarse bajo la mesa junto a la ventana, pero Paul permaneció de pie, la boina en una mano.

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