Joanne Harris - Cinco cuartos de naranja

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Cuando tras décadas de ausencia Framboise Simon regresa a su pequeño pueblo en la campiña francesa, los habitantes no la reconocen como la hija de la mal afamada Mirabelle Dartigan,la mujer que aún consideran responsable de la tragedia sucedida en los años de la ocupación nazi. A la búsqueda de un nuevo comienzo en su vida, Framboise descubre rápidamente que el presente y el pasado se encuentran inextricablemente unidos, mientras recorre las páginas del cuaderno de recetas de cocina heredado de su madre.
Con la ayuda de esas recetas, Framboise recrea los platos de su madre, que sirve en un coqueto restaurante. Y a medida que analiza el cuaderno -a la búsqueda de pistas que le permitan comprender la contradicción entre el amor de su madre por la cocina y su conducta opresiva-, descubre poco a poco un significado oculto detrás de las crípticas anotaciones de Mirabelle. Entre las páginas del cuaderno, Framboise encontrará la clave para comprender lo que realmente sucedió aquel fatídico verano en el que tenía tan solo nueve años.
Exquisito y lleno de matices, Cinco cuartos de naranja es un libro sobre madres e hijas del pasado y del presente, sobre la resistencia y la derrota y, sin lugar a dudas, una extraordinaria muestra del talento de la autora de Chocolat.

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Lo primero que hice fue escuchar junto a la puerta del cuarto de mi madre. Silencio. Sabía que se había tomado las pastillas y lo más probable era que estuviera durmiendo profundamente, pero no podía correr ningún riesgo de ser atrapada. Con delicadeza giré el picaporte. Una de las tablas crujió bajo mis pies descalzos como si fuera un petardo. Me detuve en seco escuchando su respiración, por si hubiera cambios en el ritmo. No los había. Empujé la puerta. Una de las contraventanas había quedado entreabierta y el cuarto estaba iluminado. Mi madre yacía cruzada en la cama. Había apartado la cubierta con los pies durante la noche y una almohada había caído al suelo. La otra estaba medio cubierta por su brazo extendido y la cabeza le colgaba incómodamente en un ángulo, el cabello rozando el suelo. Reparé sin sorpresa que la almohada en la que había ocultado la bolsita de muselina era sobre la que ella descansaba. Me arrodillé a su lado. Su respiración era densa y pesada. Debajo de los párpados morados, las pupilas se movían erráticas. Lentamente deslicé los dedos por la funda de la almohada debajo de ella.

Resultó fácil. Mis dedos desataron el nudo en el centro de la almohada, atrayéndolo hasta la abertura del tejido. Palpé la bolsa, la acerqué con la uña, sacándola finalmente de su escondite y poniéndola a salvo en la palma de la mano. Mi madre ni se inmutó. Sólo sus ojos oscilaban y temblaban debajo de la piel oscura, como si siguieran constantemente algo brillante y elusivo. Tenía la boca medio abierta y un hilillo de saliva se había deslizado por la mejilla hasta el colchón. Siguiendo un impulso le puse la bolsa debajo de la nariz, estrujándola para que despidiera el aroma y ella gimió en sueños, volviendo la cabeza hacia el otro lado y frunciendo el entrecejo. Volví a meterme el saquito de naranja en el bolsillo.

Luego me puse en serio manos a la obra. Una última mirada a mi madre, como si fuese un animal peligroso que fingía estar dormido. Fui hasta la chimenea. Allí había un reloj, un pesado mecanismo con un disco redondo bajo una cúpula de cristal de color dorado. Se veía extraño encima del pequeño y desnudo hogar, demasiado ostentoso para la habitación de mi madre, pero lo había heredado de su madre y era una de sus posesiones más preciadas. Levanté la cúpula de cristal y cuidadosamente hice retroceder las manecillas del reloj. Cinco horas. Seis. Luego volví a poner la cúpula en su lugar.

Seguidamente cambié de sitio los objetos de la repisa de la chimenea -una fotografía enmarcada de mi padre, otra de una mujer que sabía era mi abuela, un jarrón de cerámica con flores secas, un plato que contenía tres agujas para el pelo y una almendra azucarada del bautizo de Cassis. Puse las fotografías de cara a la pared, el jarrón en el suelo. Cogí las agujas del pelo del plato y las metí en el bolsillo del delantal que se había quitado mi madre. Luego recogí su ropa y la fui repartiendo artísticamente por la habitación. Un zueco meciéndose en la pantalla de la lámpara, el otro en la repisa de la ventana. El vestido escrupulosamente colgado de un colgador detrás de la puerta pero el delantal extendido en el suelo como si fuese un mantel de picnic. Para terminar, abrí el armario y dejé la puerta de tal forma que el espejo interior reflejara la cama donde ella estaba tendida. Lo primero que vería al despertar sería su propia imagen.

No hice todo eso guiada por un verdadero sentido de malicia. Mi intención no era causarle ningún mal sino desorientarla, hacerla creer que su ataque imaginario había sido real y que había sido ella misma quien, sin saberlo, había cambiado de sitio los objetos, las ropas y el reloj. Por mi padre sabía que en ocasiones ella hacía cosas que más tarde no recordaba, que en el punto álgido de su dolor y confusión se le trastocaba la visión, y los pensamientos más aún. El reloj de la cocina podía parecer biseccionado, con una mitad claramente visible mientras que la otra desaparecía de repente y no quedaba nada salvo la pared desnuda debajo, o bien una copa de vino podía cambiar de lugar por medios propios, deslizarse sigilosamente de un lado del plato al otro. O un rostro humano -el mío, el de mi padre, el de Raphaël en el café- se podía mostrar con la mitad de sus facciones cercenadas como si hubiese sufrido una terrible cirugía, o la mitad de la página de un libro de cocina desaparecía mientras ella estaba leyendo, y las letras restantes danzaban incomprensiblemente ante ella.

Naturalmente, yo desconocía todo eso. Me enteré de la mayoría de estas cosas por el álbum, por sus anotaciones garabateadas, algunas de ellas frenéticas, casi desquiciadas -«a las tres de la madrugada todo parece posible»-, otras casi cínicas en su objetividad, anotando los síntomas con una fría curiosidad científica.

«Como el reloj, estoy dividida.»

Capítulo 10

Reine y Cassis seguían durmiendo cuando me marché; calculaba que aún disponía de media hora para ocuparme de mi asunto antes de despertarlos. Estudié el cielo que aparecía despejado y cetrino, con una tenue franja amarillenta en el horizonte. Faltaban unos diez minutos para el amanecer. Tenía que darme prisa.

Cogí un cubo de la cocina, me puse los zuecos que estaban preparados en la alfombrilla y corrí tan rápido como pude hacia el río. Tomé un atajo por el campo de detrás de la casa de Hourias, donde los girasoles estivales alzaban las cabezas vellosas, verdes aún, en el pálido cielo. Caminaba agachada, invisible, bajo el ramaje de hojas, con el cubo golpeándome la pierna a cada paso. Me llevó menos de cinco minutos llegar a las piedras alzadas.

A las cinco de la madrugada, el Loira está aún calmo y suntuoso por la niebla. El agua es hermosa en ese momento del día, fresca y mágicamente pálida, con los bancos de arena emergiendo como continentes perdidos. El agua huele a noche y, aquí y allá, una rociada de nuevos rayos de sol dibujaban sombras micáceas en la superficie. Me quité los zapatos y el vestido e inspeccioné el agua con mirada crítica. Parecía engañosamente mansa.

La última de las piedras alzadas, a la que solíamos llamar la piedra del tesoro, estaba a unos diez metros de la orilla y el agua en la base parecía extrañamente sedosa en la superficie, señal de que una potente corriente estaba en marcha. Podría ahogarme aquí, me dije de pronto, y ni siquiera sabrían dónde buscar para encontrarme.

Pero no tenía elección. Cassis había lanzado un desafío. Tenía que pagarme lo mío. ¿Cómo iba a hacer algo, yo que no tenía ninguna asignación, sin usar el monedero escondido en el cofre del tesoro? Por supuesto cabía la posibilidad de que él lo hubiera cogido. En ese caso, me arriesgaría a cogerlo del monedero de mi madre. Pero eso era algo que estaba reacia a hacer. No porque robar me pareciera especialmente malo, sino por la excepcional memoria que mi madre tenía para los números. Sabía lo que tenía hasta el último céntimo. Habría descubierto al instante mi hurto.

No. Tenía que ser el cofre del tesoro.

Desde que Cassis y Reinette habían terminado el curso había habido pocas expediciones al río. Ellos tenían un tesoro propio -un tesoro adulto- del que jactarse. Las pocas monedas que había en el monedero llegaban a un par de francos, no más. Contaba con la desidia de Cassis y su seguridad de que nadie salvo él era capaz de coger la caja atada al pilar. Estaba convencida de que el dinero seguía allí.

Con cuidado fui bajando por la orilla hasta entrar en el agua. Estaba fría, y el barro del río me rezumaba en los dedos de los pies. Fui vadeando hasta que el agua me alcanzó la cintura. Podía sentir la corriente como un perro impaciente en la traílla. ¡Dios mío, era tan fuerte ya! Puse la mano en el primer pilar, impulsándome hacia la corriente y di otro paso. Sabía que justo ahí había un declive, un lugar en el que el margen aún profundo del Loira se precipitaba en la nada. Cuando Cassis hacia el trayecto siempre simulaba ahogarse en este punto, dejándose flotar boca arriba en el agua opaca, forcejeando, gritando con un trago del pardusco río brotando de los labios. Siempre conseguía engañar a Reine; no importaba cuántas veces lo hiciera, siempre la hacía gritar de terror mientras él se hundía bajo la superficie.

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