Joanne Harris - Cinco cuartos de naranja

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Cuando tras décadas de ausencia Framboise Simon regresa a su pequeño pueblo en la campiña francesa, los habitantes no la reconocen como la hija de la mal afamada Mirabelle Dartigan,la mujer que aún consideran responsable de la tragedia sucedida en los años de la ocupación nazi. A la búsqueda de un nuevo comienzo en su vida, Framboise descubre rápidamente que el presente y el pasado se encuentran inextricablemente unidos, mientras recorre las páginas del cuaderno de recetas de cocina heredado de su madre.
Con la ayuda de esas recetas, Framboise recrea los platos de su madre, que sirve en un coqueto restaurante. Y a medida que analiza el cuaderno -a la búsqueda de pistas que le permitan comprender la contradicción entre el amor de su madre por la cocina y su conducta opresiva-, descubre poco a poco un significado oculto detrás de las crípticas anotaciones de Mirabelle. Entre las páginas del cuaderno, Framboise encontrará la clave para comprender lo que realmente sucedió aquel fatídico verano en el que tenía tan solo nueve años.
Exquisito y lleno de matices, Cinco cuartos de naranja es un libro sobre madres e hijas del pasado y del presente, sobre la resistencia y la derrota y, sin lugar a dudas, una extraordinaria muestra del talento de la autora de Chocolat.

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No importaba, pensé entre mí. Suponía que planeaban ir a algún sitio sin mí. Había convencido a Reine para que me llevara y no serían capaces de echarse atrás. Pero, por lo que ellos sabían, yo no tenía dinero. Eso significaba que podrían ir al cine sin mí, dejándome junto a la fuente para esperarlos o mandándome a algún recado imaginario mientras ellos iban a encontrarse con sus amigos… Digerí aquel pensamiento con amargura. Eso era lo que se suponía que iba a suceder. Tan seguros estaban de sí mismos que habían pasado por alto la única solución obvia a mi problema. Reine jamás habría ido nadando hasta la piedra del tesoro. Cassis seguía viéndome como la hermana pequeña, demasiado fascinada por el adorado hermano mayor para aventurarme a hacer algo sin su permiso. A veces me miraba y se sonreía satisfecho, con los ojos brillándole con sorna.

Partimos para Angers a las ocho; yo iba detrás de la enorme y destartalada bicicleta de Cassis, con los pies aprisionados peligrosamente bajo el manillar. La bicicleta de Reine era más pequeña y elegante, con el manillar alto y un sillín de cuero. En el manillar llevaba un cesto en el que había un termo con café de achicoria y tres paquetes idénticos con bocadillos. Reine se había anudado un pañuelo a la cabeza para proteger su coiffure y las puntas iban azotándole la nuca al pedalear. Nos detuvimos tres o cuatro veces durante el trayecto, para beber del termo que Reine llevaba en la bicicleta, arreglar una rueda desinflada y comer un pedazo de pan y queso a modo de desayuno. Al fin llegamos a las afueras de Angers, pasando al lado del collège -cerrado ahora por vacaciones y custodiado por un par de soldados alemanes apostados en la entrada- y bajamos por calles de casas estucadas hasta llegar al centro de la ciudad.

El cine, el Palais-Doré, estaba en la Plaza Mayor, cerca del lugar que ocupaba el mercado. Varias filas de tiendas pequeñas rodeaban la plaza; la mayor parte de ellas estaban abriendo, y un hombre fregaba el pavimento con un cubo de agua y una escoba. Empujamos las bicicletas, conduciéndolas hacia un callejón entre la barbería y la carnicería que aún tenía las persianas bajadas. El callejón apenas era lo suficiente ancho para pasar andando y el suelo estaba lleno de escombros y desperdicios; parecía bastante seguro que nadie tocaría nuestras bicicletas ahí. Una mujer en una terraza del café nos sonrió y lanzó un saludo; algunos clientes de domingo ya estaban en él, bebiendo tazas de achicoria y comiendo croissants o huevos duros. Un repartidor pasaba con la bicicleta haciendo sonar el timbre con aire de importancia; junto a la iglesia un quiosco vendía boletines de una página. Cassis miró a su alrededor y se dirigió al comercio. Vi que le daba algo al encargado y éste le entregaba a su vez a Cassis un fajo que rápidamente desapareció bajo el cinturón de su pantalón.

– ¿Qué era eso? -le pregunté curiosa.

Cassis se encogió de hombros. Noté que se sentía satisfecho consigo mismo, demasiado satisfecho como para ocultar la información sólo para molestarme. Bajó la voz en tono conspirador y me permitió echar un vistazo a los papeles enrollados que volvió a cubrir inmediatamente.

– Cómics. Seriales -le guiñó el ojo a Reine dándose importancia-. Revistas de cine americano.

Reine profirió un grito de excitación e hizo ademán de cogerle el brazo.

– ¡Déjame ver, déjame ver!

Cassis sacudió la cabeza irritado.

– Shh. ¡Por el amor de Dios, Reine! -Volvió a bajar el tono de voz-. Me debía un favor. Mercado negro. Los tenía guardados para mí debajo del mostrador.

Reine lo miró con asombro. Yo estaba menos impresionada. Quizá porque era menos consciente de la escasez de tales cosas; quizá porque el germen de la rebelión ya estaban creciendo en mí, impeliéndome a despreciar todo cuanto le hiciese sentirse abiertamente orgulloso a mi hermano. Hice un gesto de indiferencia. Pero seguí preguntándome qué tipo de favor le debía el vendedor de periódicos a Cassis y finalmente concluí que debía de estar fanfarroneando. Y así lo dije.

– Si yo tuviera contactos con el mercado negro -murmuré con un deje aceptable de escepticismo- me aseguraría de recibir algo mejor que unas revistas atrasadas.

Cassis pareció herido.

– Puedo tener lo que quiera -se precipitó a decir-. Cómics, cigarrillos, libros, café de verdad… chocolate… -se interrumpió con una risa sarcástica-. Tú ni siquiera puedes conseguir el dinero para pagarte una maldita entrada para el cine.

– ¡Ah!, ¿no? -Sonriendo saqué el monedero del bolsillo del delantal. Lo sacudí un poco para que pudiera oír el ruido de las monedas en su interior. Sus ojos se agrandaron al reconocerlo.

– Pequeña ladrona -espetó por fin-. ¡Maldita, puñetera, ladrona!

Me lo quedé mirando sin decir nada.

– ¿Cómo lo conseguiste?

– Fui nadando y lo cogí -le respondí desafiante-. En cualquier caso no es robar. El tesoro era de todos.

Pero Cassis apenas me escuchaba.

– Maldita ladrona -repitió.

Estaba claro que le molestaba que alguien que no fuera él pudiera obtener cosas con astucia.

– No veo qué tiene de diferente contigo y tu mercado negro -le dije calmosa-. Se trata del mismo juego, ¿no? -Y dejé que asimilara las palabras antes de continuar-. Lo que pasa es que estás molesto porque lo hago mejor que tú.

Cassis me miraba ferozmente.

– No es lo mismo -dijo por fin.

Mantuve una expresión descreída. Resultaba muy sencillo hacer que Cassis se traicionara. Lo mismo que su hijo años después. Ninguno de los dos entendía nada de astucia. Cassis estaba colorado y casi gritaba, olvidado su tono de conspirador.

– Podría conseguirte todo lo que quisieras. Buenos aparejos de pesca para tu estúpido lucio -gruñó salvajemente-. Goma de mascar, zapatos, medias de seda, ropa interior de seda si quisieses.

Me eché a reír. Tal y como nos habíamos criado, la idea de ropa interior de seda se me antojaba ridícula. Enrabiado, Cassis me agarró por los hombros y me sacudió.

– ¡Para ya! -Su voz estaba cascada por la furia-. ¡Tengo amigos! ¡Conozco a gente! ¡Podría conseguirte cualquier cosa!

Ya veis qué fácil resultaba sacarlo de sus casillas. En este sentido, Cassis estaba malcriado, demasiado acostumbrado a ser el hermano mayor, el hombre de la casa, el primero en ir al colegio, el más alto, el más fuerte, el más listo. Sus ataques ocasionales de desenfreno -sus escapadas a los bosques, sus atrevimientos en el Loira, sus pequeños hurtos de los puestos del mercado y de las tiendas de Angers- eran incontrolados, casi histéricos. No le daban ninguna satisfacción. Era como si necesitase demostrarnos algo, a nosotras o a sí mismo.

Sé que yo lo había dejado perplejo. Sus pulgares se hundían en mis brazos con tal fuerza que sin duda al día siguiente tendría grandes marcas en la piel, como moras maduras, pero no di muestras de ello. En cambio, seguí observándolo fijamente, intentando que él fuese el primero en desviar la mirada.

– Tenemos amigos, Reine y yo -explicó en un tono más bajo, casi razonable, con los pulgares horadándome aún los brazos-. Amigos poderosos. ¿De dónde crees que sacó ese estúpido carmín? ¿O el perfume? ¿O esa cosa que se pone en la cara por las noches? ¿De dónde crees que lo saca? ¿Y cómo crees que nos lo hemos ganado?

Me soltó los brazos con una expresión medio de orgullo y consternación y me di cuenta de que estaba sudoroso por el miedo.

Capítulo 12

No recuerdo gran cosa de la película. Circonstances atténuantes con Arletty y Michel Simon, una vieja película que Cassis y Reine ya habían visto. Al menos, Reine no se sintió en absoluto molesta por ello; extática, no le quitaba ojo a la pantalla. La historia me pareció poco creíble, demasiado alejada de mi propia realidad. Además, mi mente estaba en otras cosas. El proyector se estropeó en dos ocasiones; la segunda vez las luces se encendieron y el público bramó en señal de desaprobación. Un hombre con aspecto atormentado y vestido con esmoquin pidió silencio. Un grupo de alemanes en el rincón, con los pies descansando en los asientos de delante empezaron a aplaudir lentamente. De pronto, Reine que había salido de su estado de trance para quejarse irritada por la interrupción lanzó un grito de exaltación.

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