Joanne Harris - Cinco cuartos de naranja

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Cuando tras décadas de ausencia Framboise Simon regresa a su pequeño pueblo en la campiña francesa, los habitantes no la reconocen como la hija de la mal afamada Mirabelle Dartigan,la mujer que aún consideran responsable de la tragedia sucedida en los años de la ocupación nazi. A la búsqueda de un nuevo comienzo en su vida, Framboise descubre rápidamente que el presente y el pasado se encuentran inextricablemente unidos, mientras recorre las páginas del cuaderno de recetas de cocina heredado de su madre.
Con la ayuda de esas recetas, Framboise recrea los platos de su madre, que sirve en un coqueto restaurante. Y a medida que analiza el cuaderno -a la búsqueda de pistas que le permitan comprender la contradicción entre el amor de su madre por la cocina y su conducta opresiva-, descubre poco a poco un significado oculto detrás de las crípticas anotaciones de Mirabelle. Entre las páginas del cuaderno, Framboise encontrará la clave para comprender lo que realmente sucedió aquel fatídico verano en el que tenía tan solo nueve años.
Exquisito y lleno de matices, Cinco cuartos de naranja es un libro sobre madres e hijas del pasado y del presente, sobre la resistencia y la derrota y, sin lugar a dudas, una extraordinaria muestra del talento de la autora de Chocolat.

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– ¿Y bien? -La voz de mi madre era cortante y dura-. ¿Se puede saber qué estás mirando, idiota?

– Nada. -Los ojos volvieron a secárseme. Incluso mi dolor de cabeza se estaba desvaneciendo con la misma rapidez con la que había aparecido-. Nada en absoluto.

Oí cerrarse su puerta detrás de ella y regresé a la sala, donde mi hermano y mi hermana me aguardaban. Iba sonriendo por dentro.

Capítulo 8

– ¡Estás loca! -Era nuevamente Reinette, su acostumbrado grito de impotencia cuando todos los demás argumentos habían sido agotados. No es que resultara difícil agotarla; dejando a un lado las barras de labios y las estrellas de cine, su capacidad para argumentar era siempre limitada.

– Es un momento tan bueno como cualquier otro -le dije con firmeza-. Dormirá hasta bien entrada la mañana. Mientras dejemos hechas las tareas podemos ir a donde queramos. -La miré fijamente, con frialdad. Todavía estaba pendiente entre nosotras el asunto de la barra de labios y mis ojos se lo recordaron. Habían pasado dos semanas y yo no lo había olvidado. Cassis nos observó con curiosidad; estaba segura de que ella no se lo había contado.

– Se pondrá furiosa si se entera -dijo él con lentitud.

Me encogí de hombros.

– ¿Por qué habría de enterarse? Le diremos que nos fuimos al bosque a coger setas. Lo más probable es que aún no se haya levantado para cuando regresemos.

Cassis se detuvo a considerar la idea. Reinette le lanzó una mirada entre implorante y preocupada.

– Vamos Cassis -dijo. Luego, en voz queda-: Lo sabe. Lo descubrió -su voz se desvaneció-. Tuve que contárselo en parte -concluyó en tono lastimero.

– Oh. -Se quedó mirándome un instante y sentí que algo pasaba entre nosotros, algo cambiaba , era casi una mirada de admiración. Se encogió de hombros-. Bueno, y ¿a quién le importa? -Pero sus ojos permanecieron más vigilantes, más cautelosos.

– No fue culpa mía -se lamentó Reinette.

– No. Es lista, ¿verdad? -dijo Cassis a la ligera-. Habría acabado por descubrirlo tarde o temprano. -Aquel era un gran elogio que meses atrás me habría hecho flaquear a causa del orgullo, pero ahora me limité a mirarlo a los ojos-. Además -prosiguió en el mismo tono indiferente-, si está metida en esto no irá corriendo a mamá a chismorrearlo.

Apenas tenía nueve años y, aunque adulta para mi edad, era lo bastante infantil como para sentirme herida por el indiferente desprecio de esas palabras.

– ¡Yo no chismorreo!

Se encogió de hombros.

– Por mí puedes venir mientras te pagues lo tuyo -continuó manteniendo la compostura-. No veo por qué uno de nosotros tendría que pagar por ti. Te llevaré en la bicicleta. Eso es todo. Tú ya te despabilarás con lo demás. ¿De acuerdo?

Era una prueba. Adivinaba el desafío en su mirada. La sonrisa burlona, esa sonrisa no demasiado amable del hermano mayor que tan pronto compartía conmigo la última pastilla de chocolate como me pellizcaba el brazo hasta hacer que la sangre se me coagulara en manchas oscuras bajo la piel.

– Pero ella no recibe ninguna asignación -dijo Reinette en tono quejumbroso-. ¿De qué sirve…?

Cassis se encogió de hombros. Era un gesto típicamente terminante, un gesto masculino. He dicho . Esperó mi reacción con los brazos cruzados y media sonrisa en los labios.

– De acuerdo -dije intentando parecer tranquila-. Por mí vale.

– Muy bien -decidió él-. Entonces, iremos mañana.

Capítulo 9

Las tareas diarias empezaban por ahí. Cubos de agua que acarrear desde el pozo a la cocina para cocinar y lavarnos. No teníamos agua caliente -de hecho, tampoco teníamos agua potable salvo la que sacábamos con la bomba manual del pozo que quedaba a varios metros de la puerta de la cocina-. La electricidad tardó bastante en llegar a Les Laveuses y cuando las bombonas de gas empezaron a escasear tuvimos que cocinar en un hornillo de madera que había en la cocina. El horno estaba afuera; era un horno de carbón enorme y anticuado con la forma de un pan de azúcar. Junto a él estaba el pozo. Cada vez que necesitábamos agua, allí era donde teníamos que ir para cogerla: uno de nosotros bombeaba mientras el otro sostenía el cubo. Había una tapa de madera sobre el pozo, cerrada con candado desde mucho antes de mi nacimiento para evitar accidentes. Cuando madre no nos miraba nos lavábamos debajo de la bomba, mojándonos con agua fría. Cuando estaba cerca teníamos que usar las palanganas de agua calentada en cazos de cobre en la cocina y el arenoso jabón de brea que nos abrasaba la piel como si fuera piedra pómez, dejando una espuma grisácea en la superficie del agua.

Aquel domingo sabíamos que madre no haría su aparición hasta más tarde. Todos la habíamos oído durante la noche, quejándose para sí, dando vueltas y más vueltas en la vieja cama que había compartido con mi padre, levantándose de cuando en cuando y paseándose arriba y abajo de la habitación, abriendo las ventanas para que entrase aire, mientras las contraventanas golpeaban contra los muros de la casa y hacían temblar el suelo. Yo estuve despierta escuchando un buen rato mientras ella se movía, paseaba, suspiraba y discutía consigo misma en un rítmico susurro. Alrededor de la media noche me quedé dormida; me desperté una hora después y oí que aún estaba despierta.

Puede parecer insensible ahora, pero entonces lo consideré un triunfo. No sentía culpabilidad por lo que había hecho, ni pena por su sufrimiento. Entonces no lo entendía, no tenía ni idea del tormento que puede llegar a ser el insomnio. Me parecía imposible que una bolsita con la piel de la naranja dentro de su almohada pudiese desencadenar una reacción semejante. Cuanto más se movía y suspiraba sobre la almohada, mayor debía ser el olor, caldeado por su nuca febril. Cuanto mayor fuese el olor, mayor era su ansiedad. El dolor de cabeza llegaría pronto, eso pensaba ella. De algún modo, la anticipación del dolor puede ser más angustiosa, un sufrimiento mayor que el dolor en sí. La ansiedad era una arruga permanente en su frente, royéndole el cerebro como una rata en una caja, matando el sueño. Su olfato le decía que había naranjas pero su mente le decía que era imposible -¿cómo podía haberlas, por el amor de Dios?- y, aun así, persistía el olor a naranjas, ácido y amarillento como la vejez exudada por cada átomo oscuro de la habitación.

Se levantó a las tres y encendió la lámpara para escribir en su álbum. No puedo saber con seguridad que fuera entonces -nunca ponía fechas- y sin embargo lo sé.

«Peor que nunca -escribe. La caligrafía en minúscula, una columna de hormigas esparciéndose por la página en tinta violácea-. Estoy en la cama y me pregunto si alguna vez podré volver a dormir. Cualquier cosa que me ocurra no puede ser peor que esto. Incluso volverse loca sería un alivio. -Y un poco más adelante, debajo de la receta del pastel de patatas y vainilla, escribe-: Como el reloj, estoy dividida. A las tres de la madrugada, todo parece posible.»

Después de aquello se levantó para ir a buscar las pastillas de morfina. Las guardaba en el armario del baño, junto a los enseres de afeitar de mi padre. Oí cómo se abría la puerta, el crujido cansino de sus pies sudorosos contra las tablas enceradas. La botella tintineó y oí el ruido de la copa al chocar mientras ella vertía agua del jarro. Supongo que seis horas de insomnio habían acabado por provocarle uno de sus dolores de cabeza. En cualquier caso, estaba profundamente dormida cuando yo me levanté un rato después.

Reinette y Cassis seguían durmiendo; la luz que se filtraba por debajo de la gruesa cortina era verdosa y pálida. Debían de ser alrededor de las cinco. No había reloj en nuestra habitación. Me senté en la cama, tanteé para coger mi ropa en la oscuridad y me vestí presurosa. Conocía cada rincón de la pequeña habitación. Podía oír la respiración de Cassis y Reine -él tenía una respiración poco profunda y casi dificultosa- y con mucho tiento rodeé sus camas. Tenía mucho que hacer antes de despertarlos.

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