Joanne Harris - Cinco cuartos de naranja

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Cuando tras décadas de ausencia Framboise Simon regresa a su pequeño pueblo en la campiña francesa, los habitantes no la reconocen como la hija de la mal afamada Mirabelle Dartigan,la mujer que aún consideran responsable de la tragedia sucedida en los años de la ocupación nazi. A la búsqueda de un nuevo comienzo en su vida, Framboise descubre rápidamente que el presente y el pasado se encuentran inextricablemente unidos, mientras recorre las páginas del cuaderno de recetas de cocina heredado de su madre.
Con la ayuda de esas recetas, Framboise recrea los platos de su madre, que sirve en un coqueto restaurante. Y a medida que analiza el cuaderno -a la búsqueda de pistas que le permitan comprender la contradicción entre el amor de su madre por la cocina y su conducta opresiva-, descubre poco a poco un significado oculto detrás de las crípticas anotaciones de Mirabelle. Entre las páginas del cuaderno, Framboise encontrará la clave para comprender lo que realmente sucedió aquel fatídico verano en el que tenía tan solo nueve años.
Exquisito y lleno de matices, Cinco cuartos de naranja es un libro sobre madres e hijas del pasado y del presente, sobre la resistencia y la derrota y, sin lugar a dudas, una extraordinaria muestra del talento de la autora de Chocolat.

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Todo estaba listo.

Hubiera sido una buena asesina. Todo estaba meticulosamente planeado, las pocas huellas del crimen borradas en cuestión de minutos. Me lavé en el Loira para eliminar todo rastro del olor de la boca, el rostro, las manos: froté las palmas con la gruesa arena de la orilla de forma que resplandecían con aquel tono rosado y casi en carne viva; al final, restregué debajo de las uñas con un palo afilado. De camino a casa a través de los campos recogí tallos de menta y me froté con ellos las axilas, las manos, las rodillas y el cuello para que cualquier rastro del perfume quedara sofocado por el aroma intenso a fresco follaje. Sea como fuere, mi madre no notó nada cuando entré en casa. Estaba preparando un caldo de pescado con los restos del mercado y olía el rico aroma del romero, el ajo y los tomates y el aceite de fritura que emanaba de la cocina.

Bien. Palpé la caja de tabaco en el bolsillo. Muy bien.

Hubiera preferido que fuese jueves, claro. Era cuando Cassis y Reinette solían ir a Angers, y era el día en que recibían su asignación -a mí se me consideraba demasiado pequeña para tener asignación, ¿en qué podía gastarla?-, pero ya se me ocurriría algo. Además, me dije a mí misma, todavía no sabía si mi plan saldría bien. Primero tenía que probarlo.

Oculté la caja, abierta ahora, debajo de la estufa del salón. Estaba fría, claro, pero las tuberías que la conectaban con la caldeada cocina estaban lo suficientemente calientes para mi propósito. En pocos minutos el contenido de la bolsita de muselina había empezado a despedir un olor penetrante.

Nos sentamos a cenar.

El caldo estaba muy rico; las cebollas rojas y los tomates guisados con ajo, hierbas y una copita de vino blanco, los restos del pescado desmigados con cariño entre las patatas fritas y las cebolletas enteras. La carne fresca era muy escasa en aquellos días, pero las verduras procedían de nuestro propio huerto y mi madre tenía ocultas tres docenas de botellas de aceite de oliva debajo del suelo de la bodega junto con lo mejor del vino. Comí con voracidad.

– ¡Boise, quita los codos de encima de la mesa!

Su voz era brusca pero vi cómo los dedos reptaban involuntariamente hasta las sienes en un gesto familiar y esbocé una sonrisa. Estaba funcionando.

El lugar donde estaba sentada mi madre era el más cercano a la tubería. Comimos en silencio pero en otras dos ocasiones sus dedos tantearon disimuladamente la cabeza, las mejillas y los ojos como si comprobaran la densidad de la carne. Cassis y Reine no decían nada, con las cabezas gachas casi rozándoles los platos. El aire era pesado mientras el calor del día se iba haciendo más evidente y casi sentí que mi cabeza empezaba a dolerme por simpatía.

– Huelo a naranjas -espetó de repente-. ¿Alguno de vosotros ha traído naranjas a casa? -Su voz estridente, acusadora-. ¿Y bien?

Sin decir palabra negamos con la cabeza.

De nuevo aquel gesto. Más suavemente ahora, los dedos masajeando, tanteando.

– Estoy segura de oler a naranjas. ¿De verdad que no habéis traído naranjas a casa?

Cassis y Reine estaban más alejados de la caja de tabaco y la olla de caldo estaba de por medio despidiendo su buen aroma a vino, pescado y aceite. Además, estábamos acostumbrados a los delirios de madre. Jamás se les hubiera ocurrido pensar que el olor a naranja del que nuestra madre hablaba no era sino un producto de su imaginación. Volví a sonreír, pero oculté la sonrisa detrás de la mano.

– Boise, el pan, por favor.

Le pasé la panera redonda pero no llegó a probar la rebanada que cogió a lo largo de toda la comida. En su lugar no hacía más que darle vueltas y más vueltas encima del hule encarnado en actitud reflexiva, hundiendo los dedos en su centro blando, desmigándolo en el plato. Seguramente habría hecho algún comentario punzante de haber sido yo la que hubiese hecho aquello.

– Boise, ve a traer el postre, por favor.

Abandoné la mesa con una sensación de alivio apenas disimulado. Me sentía casi enferma por la excitación y el miedo, haciéndome muecas a mí misma en las relucientes sartenes de cobre. El postre consistía en una bandeja de fruta y algunas de las galletas de mi madre -las rotas, claro está; las buenas eran para vender mientras que las defectuosas eran para casa-. Me fijé en que mi madre examinaba suspicazmente los albaricoques que habíamos traído del mercado, dándoles la vuelta en la mano uno por uno, olisqueándolos incluso, como si alguno de ellos pudiese ser una naranja disfrazada. Tenía la mano en la sien, como si quisiese protegerse de un sol cegador. Tomó media galleta, la desmenuzó y la desechó en el plato.

– Reine, friega los platos. Creo que voy a ir a mi habitación a estirarme. Siento que se acerca uno de mis dolores de cabeza. -La voz de mi madre era impasible, sólo aquel tic suyo, el reiterado movimiento de los dedos por el rostro, las sienes, traicionaba su malestar-. Reine no te olvides de correr las cortinas. Las contraventanas. Boise asegúrate de que los platos están bien colocados. ¡Que no se te olvide! -Incluso en momentos así se preocupaba por mantener su estricto orden. Los platos, puestos en orden de tamaño y color, después de haberlos fregado uno por uno y secado con un paño almidonado; nada de dejarlos secar en el secaplatos, eso habría sido demasiado fácil; había que dejar los paños colgados para que luego se secaran en escrupulosas filas.

– Agua caliente para mis platos buenos, ¿me oyes? -ahora su voz sonaba inquieta, ansiosa por sus platos buenos-. Y sécalos bien, por las dos caras, que no se te ocurra colocar mis platos aún húmedos, ¿me oyes bien?

Asentí. Se volvió haciendo una mueca.

– Reine, asegúrate de que lo haga. -Tenía los ojos casi febriles. Miró al reloj con un peculiar movimiento de cabeza-. Y cerrad las puertas, los portalones también.

Por fin parecía dispuesta a marcharse. Volviéndose, deteniéndose, todavía renuente a dejarnos a nuestro libre albedrío, a nuestra libertad secreta. Hablándome en ese tono cortante y afectado con ansiedad amagada.

– ¡Ten cuidado con esos platos, Boise! ¡Recuerda, eso es todo lo que te digo!

Y se fue. La oí llenar de agua la pila del lavabo. Corrí las cortinas de la sala de estar, agachándome para sacar el bote de tabaco mientras lo hacía y luego, dirigiéndome al pasillo, dije en voz alta, lo bastante alta como para que ella pudiese oírme;

– Yo me encargo de las habitaciones.

La habitación de mi madre la primera. Cerré la contraventana y corrí la cortina, luego miré en derredor con rapidez. El agua seguía fluyendo en el baño y podía oír que mi madre estaba lavándose los dientes. Moviéndome con agilidad y sigilo retiré la funda a rayas de la almohada; luego, con la punta de la navaja hice una pequeña abertura en la costura e introduje la bolsita de muselina. La empujé hacia dentro todo lo que me fue posible con la empuñadura de la navaja para que no quedase ningún bulto que traicionara su presencia. Luego volví a poner la funda, con el corazón martilleándome con violencia, y alisé la cubierta con cuidado para evitar que se formaran arrugas. Mi madre siempre reparaba en cosas así.

Acabé justo a tiempo. Me crucé con ella en el pasillo, pero aunque me lanzó una mirada suspicaz no dijo nada. Parecía ausente y distraída, los ojos entrecerrados, el cabello castaño y canoso suelto. Podía oler el jabón en su piel y en la penumbra del pasillo parecía lady Macbeth -una historia que había escogido recientemente de otro de los libros de Cassis- frotándose las manos, llevándoselas a la cara, acariciándola, meciéndola, frotando otra vez, como si en vez de jugo de naranjas fuesen manchas de sangre las que no pudiera lavar.

Por un instante me asaltaron las dudas. Parecía tan vieja y tan cansada… En mi propia cabeza sentía punzantes latidos y me preguntaba cómo reaccionaría si me acercara a ella y la reclinara sobre su hombro. Noté un breve picor en los ojos. Al fin y al cabo ¿por qué estaba haciendo todo aquello? Luego pensé en la Gran Madre aguardando en las tinieblas, en su mirada delirante y siniestra, en el premio que ocultaba en el vientre.

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