Joanne Harris - Cinco cuartos de naranja

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Cuando tras décadas de ausencia Framboise Simon regresa a su pequeño pueblo en la campiña francesa, los habitantes no la reconocen como la hija de la mal afamada Mirabelle Dartigan,la mujer que aún consideran responsable de la tragedia sucedida en los años de la ocupación nazi. A la búsqueda de un nuevo comienzo en su vida, Framboise descubre rápidamente que el presente y el pasado se encuentran inextricablemente unidos, mientras recorre las páginas del cuaderno de recetas de cocina heredado de su madre.
Con la ayuda de esas recetas, Framboise recrea los platos de su madre, que sirve en un coqueto restaurante. Y a medida que analiza el cuaderno -a la búsqueda de pistas que le permitan comprender la contradicción entre el amor de su madre por la cocina y su conducta opresiva-, descubre poco a poco un significado oculto detrás de las crípticas anotaciones de Mirabelle. Entre las páginas del cuaderno, Framboise encontrará la clave para comprender lo que realmente sucedió aquel fatídico verano en el que tenía tan solo nueve años.
Exquisito y lleno de matices, Cinco cuartos de naranja es un libro sobre madres e hijas del pasado y del presente, sobre la resistencia y la derrota y, sin lugar a dudas, una extraordinaria muestra del talento de la autora de Chocolat.

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El mercado se acababa a las doce. Ya habíamos vendido todos nuestros productos mucho antes, pero nos quedamos para hacer algunas compras y por la mercancía estropeada que a veces nos daban los otros vendedores. Fruta demasiado madura, desperdicios de carne, verduras estropeadas que no aguantarían un día más. Mi madre me envió a la parada de ultramarinos mientras ella compraba un retal de seda procedente de un paracaídas por debajo del mostrador de la tienda de costura de Madame Petit, ocultándolo con cuidado en el bolsillo del delantal. Los tejidos, fueran del tipo que fueran, resultaban difíciles de encontrar y todos llevábamos prendas usadas. Mi propio vestido estaba hecho de retales de otras dos prendas, con un corpiño de color gris y una falda de lino azul. El paracaídas, me contó mi madre, lo habían encontrado en un campo a las afueras de Courlé, y serviría para hacerle una blusa nueva a Reinette.

– Me ha costado una fortuna -gruñó mi madre, medio malhumorada, medio emocionada-. Desde luego que le van bien las cosas a la gente como ella. Incluso en tiempos de guerra. Siempre caen de pie.

Le pregunté qué quería decir con aquello.

– Judíos -dijo mi madre-. Tienen mucha destreza para hacer dinero. Pide la luna por un retal de seda mientras que ella no ha pagado ni un centavo por él. -En su tono no había resentimiento sino más bien admiración.

Cuando le pregunté qué hacían los judíos, se encogió de hombros quitándole importancia. Creo que en realidad no lo sabía.

– Lo mismo que nosotros, me imagino -dijo-. Ir tirando. -Acarició el paquete de seda en el bolsillo del delantal-. En cualquier caso -dijo en voz baja-, no está bien. Eso es aprovecharse de los demás.

A mí me daba igual. Tanta historia por un retal de seda. Pero todo lo que Reinette quería acababa consiguiéndolo. Lazos de terciopelo que para conseguirlos tenía que hacer cola y trueques, las mejores prendas de ropa de mi madre… Calcetines blancos hasta los tobillos que llevaba todos los días al colegio; y, aunque todos los demás nos hubiéramos visto obligados a usar los zuecos de madera, Reinette llevaba zapatos negros de charol con hebillas. No me importaba. Estaba acostumbrada a las extrañas incoherencias de madre.

Entre tanto, yo me paseaba por los otros puestos con mi cesto vacío. La gente me veía y, conociendo la historia de mi familia, me daban lo que no podían vender; un par de melones, algunas berenjenas, endibias, espinacas, una cabeza de brécol, un puñado de albaricoques tocados. Fui a comprar pan y el panadero me puso un par de croissants, acariciándome el pelo con su mano grande y enharinada. Intercambié historias de pesca con el pescadero y me dio algunos buenos restos envueltos en papel de periódico. Me detuve en un puesto de fruta y verdura mientras el propietario se agachaba para coger una caja de cebollas, intentando no traicionarme con los ojos…

Entonces la vi. En el suelo, justo al lado de la parada, junto a una caja de achicoria. Las naranjas escaseaban por entonces, envueltas individualmente en un fino papel de color púrpura y colocadas en una bandeja al abrigo del sol. No había esperado ver una en mi primera visita a Angers, pero ahí estaban, suaves y secretas en su cascarón de papel, cinco naranjas cuidadosamente alineadas para ser recogidas. De pronto quise una, necesitaba una con tal urgencia que apenas me paré a pensar. No habría ninguna oportunidad mejor que entonces; mi madre estaba fuera de la vista.

La naranja más cercana había rodado hasta el borde de la bandeja, casi tocando mi pie. El vendedor seguía aún de espaldas a mí. Su ayudante, un chico que debía rondar la edad de Cassis, estaba ocupado cargando las cajas en la parte trasera de la furgoneta. Aparte de los autobuses, había pocos vehículos. Por tanto, el tendero debía ser un hombre rico, pensé. Eso hacía que mis planes fuesen más fácilmente justificables.

Haciendo ver que miraba los sacos de patata me quité uno de mis zuecos. Luego estiré el pie descalzo disimuladamente y con dedos ágiles por años de escalar, extraje la naranja de la bandeja con rapidez. Rodó un poco como había esperado que hiciese, y quedó medio oculta en la tela verde que cubría el caballete más cercano.

Inmediatamente la cubrí con mi cesto de la compra, luego me agaché haciendo ver que me quitaba una piedra del zapato. Entre las piernas, observé al tendero mientras recogía las cajas de mercancías que quedaban y las metía en la furgoneta. No me vio meterme la naranja robada en el cesto.

Tan fácil, había sido tan fácil… Mi corazón latía con fuerza y tenía el rostro arrebolado con tal violencia que pensé que alguien se daría cuenta. La naranja en el cesto parecía una granada viva. Me enderecé como si tal cosa y me di la vuelta hacia el puesto de mi madre.

Entonces me quedé paralizada. Desde el otro lado de la plaza, uno de los alemanes me estaba observando. Estaba de pie junto a la fuente, un poco inclinado, con un cigarrillo en la palma de la mano. Los transeúntes del mercado evitaban acercársele demasiado y él permanecía en su pequeño círculo de silencio, con los ojos fijos en mí. Sin duda había visto mi hurto. No podía habérselo perdido.

Me quedé mirándolo por un momento, incapaz de moverme. Tenía la cara rígida. Demasiado tarde, recordé las historias de Cassis sobre la crueldad de los alemanes. Seguía observándome; me pregunté qué les hacían los alemanes a los ladrones.

Entonces me hizo un guiño.

Lo miré un segundo y luego me volví bruscamente, con el rostro encendido, la naranja casi olvidada en el fondo del cesto. No me atreví volver a mirarlo aunque el puesto de mi madre quedaba muy cerca del lugar donde él estaba. Temblaba con tal violencia que estaba segura de que mi madre lo notaría, pero ella estaba demasiado preocupada con otras cosas.

Detrás de nosotros noté los ojos del alemán puestos en mí; sentí la presión de aquel guiño pícaro y divertido como un clavo en la frente. Durante lo que me pareció una eternidad esperé a que llegara un golpe que no vino.

Entonces nos fuimos, después de desmontar el tenderete y guardar la lona y el caballete en la cochera. Cogí el morral de la yegua y la guié con delicadeza por entre las varas, sintiendo todo el tiempo los ojos del alemán en la nuca.

Había ocultado la naranja en el bolsillo del delantal, envuelta en un trozo del papel húmedo que me había dado el pescadero, de modo que mi madre no podría olerla. Mantuve las manos en los bolsillos para que ningún bulto sospechoso la alertara de su presencia y guardé silencio durante el camino de regreso.

Capítulo 7

No le dije a nadie lo de la naranja salvo a Paul, y eso fue porque se presentó de imprevisto en el puesto de vigilancia y me halló sonriendo satisfecha. Paul nunca había visto antes una naranja. Al principio pensó que se trataba de una pelota. Sostuvo la fruta en la copa de las manos casi con reverencia como si ésta fuera a extender unas alas mágicas y a echarse a volar.

Partimos la fruta por la mitad y pusimos cada mitad sobre dos grandes hojas para que no se desperdiciara ni una gota del jugo. Estaba buena, con la piel fina y un toque ácido tras su dulzura. Recuerdo cómo chupamos cada gota del jugo, cómo raspamos la pulpa clara de la piel con los dientes y lamimos lo que quedaba hasta que la boca se nos puso amarga y algodonosa. Paul hizo ademán de tirar la piel desde lo alto del puesto de vigilancia pero lo detuve a tiempo.

– Dámela -le ordené.

– ¿Por qué?

– La necesito para una cosa.

Cuando se hubo marchado llevé a cabo la última parte de mi plan. Con la navaja corté las dos mitades de la naranja en trozos pequeños. El olor del aceite, ácido y evocador, me subía por la nariz mientras trabajaba. Corté también las dos hojas que habíamos utilizado como platos; el aroma era tenue pero servirían para mantener húmeda la mezcla durante algún tiempo. Luego la metí dentro de un retal de muselina (robado del cuarto donde mi madre preparaba las conservas) y la até con firmeza. Seguidamente puse la bolsita de muselina con su fragante contenido en una caja de tabaco y volví a metérmela en el bolsillo.

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