Joanne Harris - Cinco cuartos de naranja

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Cuando tras décadas de ausencia Framboise Simon regresa a su pequeño pueblo en la campiña francesa, los habitantes no la reconocen como la hija de la mal afamada Mirabelle Dartigan,la mujer que aún consideran responsable de la tragedia sucedida en los años de la ocupación nazi. A la búsqueda de un nuevo comienzo en su vida, Framboise descubre rápidamente que el presente y el pasado se encuentran inextricablemente unidos, mientras recorre las páginas del cuaderno de recetas de cocina heredado de su madre.
Con la ayuda de esas recetas, Framboise recrea los platos de su madre, que sirve en un coqueto restaurante. Y a medida que analiza el cuaderno -a la búsqueda de pistas que le permitan comprender la contradicción entre el amor de su madre por la cocina y su conducta opresiva-, descubre poco a poco un significado oculto detrás de las crípticas anotaciones de Mirabelle. Entre las páginas del cuaderno, Framboise encontrará la clave para comprender lo que realmente sucedió aquel fatídico verano en el que tenía tan solo nueve años.
Exquisito y lleno de matices, Cinco cuartos de naranja es un libro sobre madres e hijas del pasado y del presente, sobre la resistencia y la derrota y, sin lugar a dudas, una extraordinaria muestra del talento de la autora de Chocolat.

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– ¿Qué te pasa?

Me encogí de hombros.

– Nada. Sólo estoy pescando. Nada más.

Otro silencio.

– Serpientes. -Su voz era cuidadosamente indiferente.

Asentí con gesto desafiante.

– ¿Y?

– Y nada. -Acarició la cabeza de Malabar-. Puedes hacer lo que quieras. -Una pausa se arrastró entre nosotros como un caracol de carreras.

– Me pregunto si duele -dije por fin.

Estuvo meditando unos instantes como si supiera a lo que me refería, luego meneó la cabeza.

– No lo sé.

– Dicen que el veneno llega a la sangre y te deja paralizado. Como si te durmieras.

Me miró evasivo, sin mostrarse de acuerdo o en desacuerdo conmigo.

– Cassis dice que seguramente Jeannette Gaudin vio a la Gran Madre -dijo por fin-. Ya sabes. Por eso la serpiente la mordió. La maldición de la Gran Madre.

Sacudí la cabeza. Cassis, el ávido cuentista de historias y lector de revistas insólitas (con títulos como La maldición de la momia o El enjambre bárbaro), siempre andaba contando cosas de ésas.

– Ni siquiera creo que la Gran Madre exista -le respondí desafiante-. En cualquier caso, yo nunca la he visto. Además las maldiciones no existen. Todo el mundo lo sabe.

Paul me miró con ojos indignados y tristes.

– Por supuesto que sí -afirmó-. Y está ahí abajo. Mi padre la vio una vez, antes de que yo naciera. El lucio más grande que hayas visto jamás. Una semana después se rompió la pierna al caerse de la bicicleta. Hasta tu padre… -se detuvo, bajando los ojos, confundido de repente.

– No mi padre -le respondí cortante-. A mi padre lo mataron en el campo de batalla. -Se me apareció vívidamente su imagen marchando, un eslabón en una línea infinita que se movía inexorablemente hacia el horizonte abierto.

Paul movió la cabeza.

– Está ahí -dijo tercamente-. Ahí, en el punto más profundo del Loira. Debe de tener unos cuarenta años, cincuenta quizás. Los lucios viven mucho tiempo, los viejos. Es oscura como el barro en el que habita. Es astuta, endiabladamente astuta. Es capaz de engullir un pájaro que esté sobre el agua con la facilidad con que se tragaría un trozo de pan. Mi padre dice que no es un lucio sino un fantasma, una asesina, condenada a observar a los vivos eternamente. Por eso nos odia.

Aquel era un discurso largo para Paul y, a mi pesar, lo escuché arrobada. El río era pródigo en historias y cuentos de viejas, pero de todas, la historia de la Gran Madre era la que más había perdurado. Un lucio gigante con el hocico hendido y los anzuelos de los pescadores que habían intentado capturarla prendidos del labio. En sus ojos una inteligencia diabólica. En su estómago un tesoro de origen desconocido e incalculable valor.

– Mi padre dice que si alguien consiguiera cazarla, tendría que concederle un deseo. Dice que él se conformaría con un millón de francos y un vistazo a la ropa interior de esa Greta Garbo. -Sonrió tímidamente. «Son cosas de adultos», parecía decir su sonrisa.

Lo consideré. Me dije a mí misma que no creía en maldiciones ni en cuentos de brujas. Pero no podía borrar la imagen del viejo lucio.

– Si está ahí podríamos pescarla -le dije bruscamente-. Es nuestro río. Podríamos hacerlo.

De pronto, lo vi claro; no sólo era posible sino que era además una obligación. Pensé en los sueños que me habían estado mortificando desde que padre murió; sueños en los que me ahogaba, en los que me dejaba arrastrar ciegamente en la espuma negra del Loira crecido, con la pegajosa sensación de tener carne rodeándome por todas partes, de gritar y sentir mis gritos forzados a regresar a mi garganta, de ahogarme a mí misma. De algún modo, el lucio pasó a personificar todo eso y si bien mi pensamiento no era tan analítico como eso, algo en mí tuvo de pronto la certeza de que si pescaba a la Gran Madre, algo sucedería. No podía articular el qué, ni siquiera a mí misma. Pero algo, pensé con una excitación creciente e incomprensible. Algo.

Paul me miró asombrado.

– ¿Capturarla? -repitió-. ¿Para qué?

– Es nuestro río -le dije tercamente-. No debería estar en nuestro río. -Lo que quería decir era que el lucio me ofendía de algún modo secreto y visceral, mucho más que las serpientes; su malicia, su edad, su perversa complacencia. Pero no se me ocurría la forma de explicarlo. Era un monstruo.

– Además. Nunca lo conseguirás -continuó Paul-. Me refiero a que mucha gente lo ha intentado. Gente mayor. Con sedales y redes y todo. Muerde las redes. Y los sedales… los parte por la mitad. Es fuerte, ¿sabes? Más fuerte que cualquiera de nosotros.

– No tiene por qué -insistí-. Podemos atraparla.

– Tienes que ser endiabladamente lista para atrapar a la Gran Madre -dijo Paul imperturbable.

– ¿Y? -Empezaba a estar enfadada y lo encaré con los puños apretados y el rostro tenso por la frustración-. Pues seremos listos. Cassis y yo, Reinette y tú. Los cuatro. A menos que tengas miedo.

– No te-tengo miedo, pero es im-im-imposible. -Había empezado a tartamudear otra vez, como solía hacer cuando se sentía presionado. Lo miré.

– Bueno lo haré yo sola si no queréis ayudarme. Y atraparé al viejo lucio. Tú espera y verás.

Por alguna razón me escocían los ojos. Los froté furtivamente con la palma de la mano. Pude ver que Paul me observaba con expresión curiosa, pero no dijo nada. Escarbé con virulencia en los calientes charcos con mi red.

– Sólo es un viejo pez -dije. Hurgué-. Lo cogeré y lo colgaré de las piedras alzadas. -Hurgué-. Ahí mismo. -Señalé a la Piedra del Tesoro con la red que goteaba-. Ahí mismo. -Volví a repetir en voz baja, escupiendo al suelo para corroborar mis palabras.

Capítulo 2

Mi madre olió a naranjas durante todo aquel caluroso mes. Casi una vez por semana, aunque no siempre, era el preludio de uno de sus delirios. Mientras Cassis y Reinette estaban en el colegio, yo corría hasta el río, casi siempre sola, pero a veces acompañada de Paul cuando él podía escabullirse de sus tareas en la granja.

Había alcanzado una edad difícil y separada de mis hermanos durante la mayor parte de aquellos largos días me hice más descarada y rebelde, huyendo cada vez que mi madre me mandaba cosas que hacer, saltándome las comidas y llegando tarde a casa, sucia, con las ropas teñidas con el polvo ocre de la orilla del río, el cabello suelto y pegajoso por el sudor. Ya era indócil de nacimiento, pero el verano de mis nueve años empeoré como jamás lo había hecho antes. Mi madre y yo nos acechábamos mutuamente como gatas defendiendo nuestro territorio. Cada roce era un chispazo electroestático; cada palabra un insulto potencial; cada conversación, un campo minado. Durante las comidas estábamos sentadas la una frente a la otra, con la mirada ceñuda puesta en la sopa y las crêpes . Cassis y Reinette nos flanqueaban como temerosos cortesanos, con los ojos abiertos de par en par y silenciosos.

No sé por qué nos enfrentábamos de aquella forma; quizá fuese sencillamente por el hecho de que me estaba haciendo mayor. A medida que me iba acercando a la adolescencia veía con otros ojos a la mujer que me había aterrorizado durante mi infancia. Veía los mechones grisáceos en su cabello, las líneas que le enmarcaban la boca. Ahora veía -con un viso de desprecio- que sólo era una mujer que estaba envejeciendo y cuyos delirios la recluían irremediablemente en su habitación.

Y ella me atormentaba. Deliberadamente, o así lo creía yo. Ahora pienso que quizá no podía evitarlo, estaba tanto en su infeliz naturaleza como en la mía estaba el provocarla. Durante aquel verano, parecía que cada vez que abría la boca era para criticar. Mis modales, mi ropa, mi aspecto, mis opiniones. Todo, según ella, era reprobable. Era descuidada; dejaba mi ropa sin doblar a los pies de la cama al irme a dormir. Arrastraba los pies al andar, me convertiría en jorobada si no ponía remedio. Era glotona, me atiborraba de fruta del huerto. Por lo demás tenía poco apetito: estaba creciendo flaca y descarnada. ¿Por qué no podía ser como Reine-Claude? A los doce años, mi hermana ya se había desarrollado. Dulce y suave como la miel oscura, con los ojos ambarinos y el cabello otoñal; era la heroína de cualquier novela, todas y cada una de las diosas de la pantalla que había imaginado y admirado. Cuando éramos pequeñas me dejaba que le trenzara el cabello y yo insertaba flores y bayas en las gruesas trenzas y le rodeaba la cabeza con correhuelas, lo que la hacía parecer un hada del bosque. Ahora había algo casi adulto en su compostura, en su dulzura pasiva. A su lado, yo parecía una rana, me decía mi madre, una pequeña rana fea y flacucha con mi boca ancha y hosca y mis manos y pies grandes.

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