– Brindaremos por esta reunión.
Otto fue a buscar el cava y nos quedamos solas. Cogí un taburete y lo acerqué a la cama para estar junto a ella. Nos miramos. No dejaba de sonreír. La radiante sonrisa y los ojos oscuros y vivaces seguían siendo los mismos, como aquel cabello negro que se esparcía igual que una mancha sobre la almohada blanca como la nieve. Pero su aspecto me horrorizaba. Nunca había visto a nadie que estuviera tan delgado y con vida. Y para colmo, no estaba pálida y ojerosa, sino bronceada, como si todavía se pasara el día entero al sol. Pero estaba nerviosa. Al parecer, no podía dejar de hablar.
– Ha sido muy hermoso que este hombre encantador se diera cuenta de las ganas que tenía de verte. Lo que pasa es que ahora… ahora soy muy aburrida. No me apetece hacer nada. Otto debería haber esperado a que me recuperase. Lo habríamos pasado bien, nos habríamos bañado, habríamos ido de excursión, paseando en barca, esas cosas.
– Ya volveré -dije.
– Pues claro que sí. -Me acarició la cara con la mano, como si necesitara el contacto para convencerse de que yo estaba realmente allí-. Tienes un aspecto estupendo, ¿sabes? Te pareces a tu padre, con esos ojos grandes y grises y ese pelo del color del trigo. ¿Del trigo o del oro? Me gusta cómo lo llevas. -Buscó la gruesa trenza que me caía sobre el hombro derecho igual que una soga-. Pareces salida de un cuento de hadas… ya sabes, aquellos libros anticuados que estaban llenos de dibujos preciosos. Eres muy bonita.
Negué con la cabeza.
– No. No lo soy.
– Bueno, pues lo pareces. Y eso es igual de importante. Pero dime, ¿qué es de tu vida? Hace siglos que te escribí por última vez o que recibí noticias tuyas. ¿De quién ha sido la culpa? Mía, supongo. Soy un desastre para escribir.
Le hablé de la librería y del último piso que había alquilado. Lo encontró divertido.
– Qué gracia me haces. Construir un pequeño nido para ti sola sin tener a nadie con quien compartirlo. ¿Todavía no conoces a nadie con quien quieras casarte?
– No. Y tampoco a nadie que quiera casarse conmigo.
– ¿Y el hombre para el que trabajas? -preguntó con picardía.
– Está casado con una mujer encantadora y tiene un montón de hijos.
Emitió una risita infantil.
– Eso nunca ha sido un impedimento para mí. Querida, sé que no he sido una buena madre. No he hecho más que arrastrarte de un lado para otro del modo más abyecto. Es un milagro que no te hayas vuelto neurótica, o acomplejada, o como quiera que se diga en la actualidad. A mí por lo menos no me lo pareces; puede que todo estuviera bien, a fin de cuentas.
– Pues claro que todo ha estado bien. Crecí con los ojos abiertos y eso no perjudica a nadie. -Y añadí-: Otto me cae muy simpático.
– ¿Verdad que es divino? Tan atento, tan puntilloso, tan nórdico. Y es más inteligente… Menos mal que no se empeña en que yo también lo sea. Se contenta con que le divierta.
Un reloj dio las siete en algún lugar de la casa y al sonar la última campanada entró Otto con una botella de cava en un cubo con hielo y tres copas en una bandeja. Le observamos mientras descorchaba la botella con pericia y vertía el licor espumoso y dorado en las copas. Cada cual cogió la suya y la levantó sonriendo; el encuentro se había convertido de pronto en una fiesta.
– Brindo -dijo mi madre- por nosotros tres y por los buenos tiempos. Ay, Señor, qué gracia me hace.
María me acompañó después a mi habitación, que era o sencillamente lujosa o lujosamente sencilla. Se comunicaba con un cuarto de baño completo, así que me duché, me puse unos pantalones y una camisa de seda, me cepillé el cabello, volví a trenzarlo y regresé al salón. Otto y mi madre me esperaban.
El primero también se había cambiado de ropa; mi madre llevaba un salto de cama azul claro y se había puesto sobre las rodillas un mantón de seda bordado con rosas rojas, cuyos largos flecos rozaban el suelo. Tomamos otra copa y María nos sirvió la cena en una mesa baja, al lado del fuego. Mi madre no paraba de hablar. De los viejos tiempos, de la época en que yo no era más que una niña; no pude por menos de pensar en la posibilidad de que Otto se escandalizase, pero no se escandalizó; al parecer le hacía gracia lo que oía, sentía curiosidad y formulaba una pregunta tras otra para que mi madre siguiera contando anécdotas.
– … Y aquella granja de Denbighshire… Rebecca, ¿te acuerdas de aquella casa espantosa? Casi nos morimos de frío y como la chimenea no tiraba, la casa se llenaba de humo cada vez que encendíamos el fuego. Aquél se llamaba Sebastian -puntualizó en honor de Otto-. Todos creíamos que iba a ser un gran poeta, pero la verdad es que era tan inútil escribiendo versos como criando ovejas. Peor incluso. Yo quería romper con él, pero no herir sus sentimientos. Por suerte, Rebecca cogió una bronquitis. Fue el pretexto ideal.
– Para Rebecca no fue ninguna suerte -dijo Otto.
– Ya lo creo que sí. Detestaba aquella granja tanto como yo. El poeta tenía un perro asqueroso que siempre quería morderla. ¿Me sirves otra copa, querido?
No comió casi nada, pero se tomó una copa tras otra mientras Otto y yo devorábamos el delicioso menú de cuatro platos que había preparado María, despacio, pero sin pausa. Una vez terminada la cena y retirados los platos, mi madre quiso escuchar música y Otto puso un concierto de Brahms en el tocadiscos, a volumen muy bajo. Mi madre siguió hablando como una muñeca a la que se le ha estropeado la cuerda y que se pone a dar vueltas absurdas en el suelo hasta que por fin se rompe y se detiene.
Otto dijo que tenía mucho trabajo y se fue, aunque no sin echar antes un poco de leña al fuego ni sin preguntar si teníamos todo lo que necesitábamos.
– ¿Trabaja todas las noches? -pregunté cuando se hubo marchado.
– Casi siempre. Y todas las mañanas. Es muy meticuloso. Creo que ésa es la razón por la que nos llevamos tan bien, porque somos muy diferentes.
– Te adora -dije.
– Sí. Y lo mejor de todo es que nunca ha querido convertirme en otra persona; me aceptó y punto, con mis malas costumbres y mi pasado reprobable. -Volvió a acariciarme la trenza-. Cada vez te pareces más a tu padre… siempre pensé que te parecías a mí, pero no, te pareces a él. Era muy guapo.
– Ni siguiera sé cómo se llamaba.
– Sam Bellamy, pero Bayliss suena mucho mejor como apellido, ¿no te parece? Además, estábamos tan solas que siempre pensaba que eras hija mía y de nadie más.
– Me gustaría que me hablaras de él. Nunca lo has hecho.
– Hay muy poco que contar. Era actor y tan atractivo que no puedo explicarlo con palabras.
– Pero, ¿dónde lo conociste?
– Fue a Cornualles durante una gira de verano, para representar obras de Shakespeare al aire libre. Todo era muy romántico: las noches oscuras de verano, el olor de la hierba perlada de rocío, la preciosa música de Mendelssohn, y Sam en el papel de Oberón. La casa iluminada por el resplandor apagado de las brasas moribundas y todos los duendes y todas las hadas saltan tan ligeros como los pájaros en el brezal. Era magia pura. Y enamorarse de él formaba parte de aquella magia.
– ¿Él te quería?
– Eso creímos los dos.
– Pero te fugaste y te casaste con él.
– Sí. Mis padres no me dejaron otra alternativa. Por eso lo hice.
– No lo entiendo.
– No simpatizaban con él. No autorizaban la relación. Decían que yo era demasiado joven. Mi madre decía que por qué no me casaba con cualquier hombre honrado del pueblo, que por qué no sentaba la cabeza y dejaba de pendonear. Que si me casaba con un actor, ¿qué iba a decir la gente? A veces me parecía que lo único que le importaba a mi madre era el qué dirán. Como si la opinión ajena contara para algo.
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