– ¿Y Mollie?
– Hecha un mar de lágrimas… quería impedir que Eliot cometiera una estupidez, según dijo. Le rogó que se quedara. Le dijo al Capitán que todo era culpa suya. Pero, por supuesto, no podía hacer nada. Nadie puede impedir que un adulto se vaya de su casa, ni siquiera su madre.
Sentí compasión por Mollie.
– ¿Dónde está ahora?
– Arriba, en su habitación. Le preparé un té, se lo llevé y la encontré sentada frente al tocador, como esculpida en piedra.
Me alegraba de no haber estado allí. Todo había sido muy melodramático, por lo visto. Me puse en pie. Pobre Mollie.
– Voy a hablar con ella.
– Y yo con Grenville -dijo Joss.
– Dile que voy enseguida.
Joss sonrió.
– Te esperamos -prometió.
Encontré a Mollie pálida y deshecha en lágrimas, sentada frente al tocador, lo cual no dejaba de ser característico, pues Mollie no se habría tendido de bruces en la cama ni traspasada por el dolor más angustioso. Hasta ahí habríamos podido llegar. La colcha se habría ensuciado. Cuando entré en la habitación, levantó la vista y su reflejo se triplicó en los espejos del mueble. Me pareció que, desde que la conocía, era la primera vez que aparentaba la verdadera edad que tenía.
– ¿Estás bien? -dije.
Bajó los ojos mientras estrujaba un pañuelo húmedo. Me acerqué a ella.
– Pettifer me lo ha contado todo -dije-. De veras lo siento.
– No hay derecho a esto, es injusto. Grenville nunca ha simpatizado con Eliot, le guardaba rencor. Ahora sabemos por qué. Siempre ha querido manipularle, siempre ha querido interponerse entre mi hijo y yo. Hiciera lo que hiciese por Eliot, siempre estaba mal.
Me arrodillé junto a ella y le pasé un brazo por la cintura.
– Creo que ha hecho lo que desde su punto de vista pensaba que era mejor. ¿No puedes tratar de verlo de esa manera?
– No sé adonde se ha ido. No quiso decírmelo. Ni siquiera se despidió.
Me di cuenta de que Mollie estaba mucho más preocupada por la repentina fuga de Eliot que por las revelaciones a propósito de Joss. Mejor así. Podía consolarla en lo tocante a Eliot. En cuanto a Joss, nada de lo que dijera serviría de nada.
– Es posible -dije- que Eliot se haya ido a Birmingham.
– Me miró con horror.
– ¿A Birmingham?
– Hay allí un hombre que le ofreció trabajo. Me lo dijo Eliot. Algo relacionado con coches antiguos. Creo que lo encontraba interesante.
– Pero yo no puedo irme a vivir a Birmingham…
– Vamos, Mollie. No tienes por qué hacerlo. Eliot puede vivir solo. Déjalo en paz. Dale una oportunidad y deja que viva su propia vida.
– Pero siempre hemos estado juntos.
– En ese caso, ya es hora de que os separéis. Tú tienes tu casa en High Cross, tu jardín, tus amigos…
– No puedo irme de Boscarva. No puedo abandonar a Andrea. No puedo abandonar a Grenville.
– Sí que puedes. Y creo que Andrea debería volver a Londres, con sus padres. Has hecho todo lo que has podido por ella y ella no es feliz aquí. Por eso ha pasado todo esto, porque se sentía triste y sola. Y en cuanto a Grenville, yo me quedaré con él.
Bajé con la bandeja del té. La llevé a la cocina y la puse sobre la mesa. Pettifer, que estaba sentado allí, me miró por encima del periódico de la tarde.
– ¿Cómo está? -preguntó.
– Ya se encuentra mejor. Ha admitido que Andrea tiene que volver a su casa de Londres. Y ella se va a High Cross.
– Es lo que quería. ¿Y usted?
– Yo me quedo. Si te parece bien.
En el rostro de Pettifer hubo un destello de satisfacción; probablemente fue su forma de expresar la felicidad que sentía. No hizo falta que le dijera nada más. Nos entendíamos.
Dio la vuelta al periódico.
– Están en el salón -dijo-, esperándola. -Y se concentró en la sección deportiva.
Fui al salón y los vi con los dos retratos de Sophia a sus espaldas, Joss de pie junto al fuego y Grenville hundido en el sillón. Levantaron la vista cuando entré, el joven de largas piernas y su ojo a la funerala y el anciano que se sentía demasiado cansado para levantarse. Corrí hacia ellos porque eran las personas que más amaba en este mundo.
Rosamunde Scott nació en 1924 en una pequeña población cercana a Cornualles llamada Lelant, en el Reino Unido. Escribió desde los 15 años relatos de amor y cuentos cortos para revistas femeninas, pero no alcanzó la fama hasta los sesenta años, cuando publicó Los buscadores de conchas . Su interés por profundizar en los entresijos del alma humana y su extraordinaria calidad narrativa la han convertido en un indiscutible fenómeno literario de nuestros días.
Sus libros son especialmente populares en Alemania debido a que el canal oficial de televisión ZDF, produjo más de 60 de sus cuentos para la televisión. Tanto Pilcher como el director de programación de ZDF Dr. Claus Beling recibieron el Premio Británico de Turismo en el año 2002, por el efecto positivo sobre el turismo que tuvieron tanto sus novelas, como las versiones televisivas. También en el 2002 fue nombrada OBE (Orden del Imperio Britanico).
En 1946 se casó con Graham Pilcher y se trasladó a vivir a Escocia, donde tuvo a sus cuatro hijos y donde hoy en día aún reside.
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