Rosamunde Pilcher - Días De Tormenta

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Instalada en Londres, donde lleva una vida ordenada y solitaria, Rebecca tiene que viajar imprevistamente para acompañar a su madre, la que al sentirse al borde de la muerte le revela secretos familiares que la conmueven. Movida por una intensa curiosidad, Rebecca se traslada a la mansión de campo de su abuelo para intentar completar el difuso cuadro familiar. Esos días de viento y lluvia se convierten en una experiencia memorable, que determinará su futuro.

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– ¿Cuánto hace que no ves a tu madre?

– Dos años.

– Deberías prepararte para un gran cambio. Me temo que vas a sufrir una fuerte impresión, pero procura que ella no lo note. No ha perdido la vanidad.

– La conoce usted muy bien.

– Desde luego.

Me entraron ganas de preguntarle si la quería. Tenía la pregunta en la punta de la lengua pero me di cuenta de que, en aquella primera etapa de la relación, hubiera sido impertinente pedirle que me contara algo tan íntimo y personal. Además, ¿qué importancia tenía? La había conocido y había querido estar con ella. Le había dado una casa. Y ahora que ella estaba enferma, la cuidaba a su modo, ocultando sus emociones. Si aquello no era amor, ¿qué era el amor?

Al cabo del rato nos pusimos a hablar de otras cosas. Le pregunté cuánto tiempo había vivido en la isla y contestó que cinco años. Primero había venido en un yate y le había gustado tanto el lugar que volvió al año siguiente para comprar una casa e instalarse definitivamente.

– Usted es escritor…

– Sí. Pero también soy profesor de historia.

– ¿Escribe libros de historia?

– A veces. Ahora trabajo en una tesis sobre la ocupación mora de estas islas y el sur de España.

Estaba impresionada. Que yo supiera, ninguno de los amantes de mi madre había sido, ni remotamente, un intelectual.

– ¿Dónde queda la casa?

– A unos ocho kilómetros. La primera vez que estuve en Santa Catalina, el pueblo todavía estaba intacto. Pero ahora hay grandes hoteles en construcción y me temo que lo van a destrozar como el resto de la isla. No. Digo mal: como algunas partes de la isla. Todavía se encuentran lugares aislados si se sabe buscar y si se tiene coche o una barca.

Hacía calor en el automóvil y bajé la ventanilla. Sentí en la cara la suave brisa nocturna y me di cuenta de que estábamos en el campo, en medio de los olivos por entre los que titilaba alguna que otra luz procedente de la ventana de una casa de labranza y que brillaba por encima de las siluetas bulbosas y afiladas de los nopales.

– Me alegro de que mi madre esté aquí -dije-. Quiero decir que si ha de morirse, prefiero que sea en un lugar como éste, en el sur, con sol y aroma de pinos.

– Sí -dijo Otto. A lo que añadió con la puntillosidad que parecía caracterizarle-: Creo que ha sido muy feliz.

Seguimos viajando en silencio. La carretera estaba desierta, los postes del telégrafo corrían al encuentro de las luces del coche. Noté que íbamos por un camino paralelo al mar, que se extendía hasta un horizonte lejano e invisible, salpicado aquí y allá por las luces de los barcos pesqueros. Un poco más adelante apareció el perfil iluminado de un pueblo. Dejamos atrás un rótulo que decía «Santa Catalina» y recorrimos la calle principal. El aire estaba lleno de olor a cebolla, aceite y carne asada. La música salía a nuestro encuentro por las puertas abiertas de las casas y algunas caras morenas se volvían a mirarnos con curiosidad distraída. Poco después dejábamos atrás la aldea y nos sumergíamos en la oscuridad. Aminoramos la marcha casi inmediatamente, tomamos una curva cerrada y en cuesta y entramos en un camino angosto que discurría entre los almendros. Las luces de los faros perforaban la oscuridad y vi la casa delante de nosotros, blanca y cuadrada, con ventanas pequeñas y un farol que se balanceaba sobre la gran puerta claveteada.

Otto detuvo el coche y apagó el motor. Bajamos. Cogió mi maleta del asiento trasero y me guió a través del patio de piedra. Abrió la puerta y se apartó para que yo entrara delante de él.

Accedimos a un vestíbulo iluminado por una lámpara de hierro que colgaba del techo y amueblado con un sofá largo y cubierto por una manta de colores vivos. Junto a la puerta había un paragüero de porcelana blanquiazul con una serie de sombrillas y bastones de empuñadura de marfil. Cuando Otto cerró la puerta de la calle, se abrió otra delante de nosotros y apareció una mujer menuda, de cabello oscuro, que llevaba un delantal rosa y zapatillas raídas.

– Señor.

– María.

Sonrió la mujer y, al hacerlo, enseñó varios dientes de oro. Otto se dirigió a ella en español y le preguntó no sé qué. Ella le contestó y luego, volviéndose hacia mí, nos presentó.

– Ésta es María, la señora que nos cuida. Le he dicho quién eres…

Le tendí la mano y María me la estrechó: nos hicimos amigas sonriendo y asintiendo con la cabeza.

María se dirigió entonces a Otto para decirle algo más. Otto le entregó mi maleta y María se retiró.

– Tu madre ha estado durmiendo, pero ya se ha despertado -dijo-. Dame el abrigo.

Me desabroché la prenda, Otto me ayudó a quitármela y la dejó en un extremo del sofá. Cruzó el vestíbulo en dirección a otra puerta haciéndome señas para que fuera tras él. Me sentí nerviosa al ponerme en movimiento, asustada por lo que pudiese encontrar.

Entramos en el salón de la casa: una habitación alargada y de techo bajo, blanca como el resto de la casa y amueblada con una agradable mezcla estilística de escandinavo moderno y español antiguo. Había diversas alfombras esparcidas sobre las baldosas, muchos cuadros y libros y, en el centro de la sala, una mesa redonda y seductoramente llena de ordenados montones de revistas y periódicos.

En un fogón grande de piedra ardía un fuego de leña, delante del cual había una cama y una mesita con un vaso, una jarra con agua, geranios de color rosa en un jarrón, libros y una lámpara encendida.

La lámpara y el resplandor de la lumbre eran la única luz con que contaba la habitación, pero a pesar de la oscuridad vi desde la puerta la delgada figura que hinchaba las mantas de color rosa y la mano y el brazo mustios que se extendieron cuando Otto se acercó y se detuvo sobre la alfombra que rodeaba el hogar.

– Cariño -dijo la mujer.

– Lisa. -Otto le cogió la mano y se la besó.

– Has vuelto pronto.

– María dice que has dormido un rato. ¿Estás preparada para recibir una visita?

– ¿Una visita? -preguntó la mujer con voz apagada-. ¿Quién es?

Otto levantó la vista hacia mí, me adelanté y me detuve a su lado.

– Soy yo. Rebecca.

– ¡Rebecca! Mi niña querida. Esto sí que tiene gracia. -Me tendió ambos brazos y me arrodillé junto, a la cama para besarla. Estaba tan delgada que su cuerpo no ofreció ni resistencia ni apoyo y, al tocarle la mejilla, sentí en los labios la textura del papel. Fue como besar una hoja que el viento hubiese arrancado del árbol hacía mucho tiempo.

– Pero, ¿qué haces aquí? -Miró a Otto y otra vez a mí-. No le habrás dicho que venga, ¿verdad?

– Creí que te gustaría verla -dijo Otto-. Pensé que así te animarías.

– Pero, cariño, ¿por qué no me lo dijiste?

Sonreí.

– Queríamos que fuese una sorpresa.

– Pero si lo hubiese sabido, por lo menos habría esperado con ilusión este momento. Es lo que siempre nos decíamos antes, cuando faltaba poco para Navidad: que la mitad de la alegría radicaba en la ilusión. -Me soltó la mano y me senté en los talones-. ¿Vas a quedarte?

– Un par de días.

– Ah, perfecto, perfecto. Vamos a cotillear de lo lindo. Otto, ¿sabe María que Rebecca se queda?

– Pues claro.

– ¿Y la cena para esta noche?

– Todo está arreglado… Cenaremos aquí, los tres solos.

– Bueno, entonces tomemos algo ahora. Una copita. ¿Hay cava? -Otto esbozó una sonrisa.

– Buscaré una botella. Me parece recordar que puse una en la nevera para cuando hubiese una ocasión como ésta.

– Pero qué listo eres.

– ¿La traigo ya?

– Sí, por favor -dijo mi madre.

Deslizó la mano dentro de la mía. Fue como palpar un manojo de huesos de pollo.

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