Rosamunde Pilcher - Días De Tormenta

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Instalada en Londres, donde lleva una vida ordenada y solitaria, Rebecca tiene que viajar imprevistamente para acompañar a su madre, la que al sentirse al borde de la muerte le revela secretos familiares que la conmueven. Movida por una intensa curiosidad, Rebecca se traslada a la mansión de campo de su abuelo para intentar completar el difuso cuadro familiar. Esos días de viento y lluvia se convierten en una experiencia memorable, que determinará su futuro.

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– ¿Se volvió a casar tu madre?

Miré a Maggie. Su expresión era vivaz y estaba llena de curiosidad, pero respiraba simpatía. Pensé que, ya que había empezado, bien podía contarle el resto.

– Ella… no era exactamente de las que se casan…, pero siempre fue muy atractiva, y no recuerdo un instante en el que no hubiera algún pretendiente que se pusiera a sus pies… y después de irme al colegio no creo que hubiera razón alguna que la obligara a ser demasiado seria. Yo nunca sabía dónde pasaría las próximas vacaciones. Una vez fue en Francia, en Provenza. Algunos años se quedaba en Inglaterra. Otra vez pasé la Navidad en Nueva York.

Maggie pensó un instante e hizo una mueca.

– No era muy divertido para ti.

– Pero sí educativo. -Hacía tiempo que había aprendido a no tomármelo en serio-. Piensa en todos los lugares que conozco y en los lugares extraordinarios en que he vivido: en el Ritz de París y en una casa muy fría de Denbighshire. Ésa era de un poeta que pensaba dedicarse a criar ovejas. Nunca en mi vida fui tan feliz como el día en que terminó aquella relación.

– Tu madre debe de ser muy hermosa.

– No, pero los hombres piensan que sí. Y es muy alegre e imprecisa y nada previsora; supongo que se podría decir que es completamente amoral. Todo es «gracioso» para ella. Es su expresión favorita: no pagar una factura le hace «gracia» y no contestar las cartas también, todo es «gracioso». No tiene idea del valor del dinero ni sentido del deber. Es la clase de persona que hace difícil una convivencia.

– ¿Qué hace ahora en Ibiza?

– Está viviendo con un sueco que conoció allí. Fue a pasar unos días con unos amigos, conoció al sueco y recibí una carta en la que me decía que se iba a vivir con él. Decía que era muy nórdico y austero pero que tenía una casa muy bonita.

– ¿Cuánto hace que no la ves?

– Unos dos años. Me independicé a los diecisiete. Hice un curso de secretaria y tuve algunos empleos temporales, y después terminé trabajando para Stephen Forbes.

– ¿Te gusta?

– Sí.

– ¿Cuántos años tienes?

– Veintiuno.

Maggie sonrió otra vez mientras movía la cabeza con asombro.

– ¡Cuántas cosas has vivido ya! -dijo. Y no había en ella nada de compasión, en todo caso un poco de envidia-. A los veintiuno yo era una novia ruborizada con mi vestido blanco horrorosamente ceñido y un viejo velo que olía a naftalina. No soy una persona tradicional, pero mi madre sí, y como le tengo un gran cariño, casi siempre hacía lo que ella quería.

Podía imaginarme a la madre de Maggie. Lo único que se me ocurrió decirle fue una frase hecha:

– Bueno… de todo hay en la viña del Señor.

En ese momento oímos la llave de John en la cerradura y ya no volvimos a tocar el tema de las familias.

Era un día como otro cualquiera, pero con una gratificación añadida. El jueves anterior Stephen y yo habíamos trabajado hasta tarde tratando de terminar el inventario de enero y, en compensación, Stephen me había dado esa mañana libre, así que tenía tiempo hasta mediodía para hacer lo que quisiera. Me pasé la mañana limpiando el apartamento {no tardé más de media hora), haciendo algunas compras y llevando una bolsa de ropa a la lavandería. A las once y media había terminado los quehaceres domésticos, así que me puse el abrigo y salí sin prisas hacia el trabajo. Pensaba caminar parte del trayecto y tal vez comer antes de llegar a la librería.

Era uno de esos días fríos, húmedos y oscuros en que el cielo nunca termina de despejarse. Anduve por New Kings Road y doblé hacia el oeste. En esa parte de la ciudad, uno de cada dos comercios vende antigüedades, o camas, o marcos para cuadros usados, y yo pensaba que los conocía todos pero, de pronto, me encontré frente a un escaparate que no había advertido antes. El muro exterior estaba pintado de blanco, los escaparates, enmarcados en negro, y tenía un toldo rojo y blanco que servia de protección frente a la llovizna inminente.

Miré hacia arriba para ver cómo se llamaba y leí el nombre TRISTRAM NOLAN que destacaba en mayúsculas negras encima de la puerta. A ambos lados de ésta había unos escaparates llenos de objetos estupendos, y me detuve para inspeccionarlos, de pie sobre la acera, bañada por el resplandor de las luces encendidas en el interior. La mayoría de los muebles eran Victorianos, retapizados, restaurados y barnizados: un sofá de asiento ancho y patas curvas, un costurero, un cuadro que representaba a unos perros falderos encima de un cojín de terciopelo.

Miré más allá del escaparate, hacia el interior de la tienda, y entonces vi las sillas de madera de cerezo. Eran dos, con respaldo acolchado, patas curvas y rosas bordadas en el asiento.

Las deseé con todas mis fuerzas. Así de simple. Podía imaginármelas en mi apartamento y las quería a toda costa. Dudé por un instante. No era una tienda de baratijas, y el precio seguramente excedería mis posibilidades. Para no darme tiempo a perder el impulso, abrí la puerta y entré.

La tienda estaba vacía pero la puerta había hecho sonar un timbre al moverse y no tardé en oír que alguien bajaba las escaleras; se abrió la cortina de lana que colgaba sobre la puerta trasera y entró un hombre en el local.

Supongo que había esperado encontrarme con una persona mayor y vestida con formalidad, una persona a tono con el ambiente y los muebles del establecimiento, pero el aspecto de aquel hombre echó por tierra todas mis previsiones. Era joven, alto, de piernas largas, y vestía téjanos -desteñidos hasta un celeste claro y tan ajustados que parecían una segunda piel- y una cazadora vaquera, igualmente vieja y descolorida, con las mangas dobladas hacia arriba y dejando al descubierto los puños de la camisa. Llevaba un pañuelo de algodón anudado al cuello y calzaba mocasines de piel blanda, muy decorados y con flecos.

Los londinenses más insospechados se habían puesto téjanos aquel invierno, pero aquel hombre, no sé por qué, me pareció auténtico y en su ropa raída creí ver el mismo rasgo de autenticidad. Nos estuvimos mirando durante unos segundos, me sonrió, y este gesto, sin saber por qué, me cogió desprevenida. Como no me gusta que me cojan desprevenida, le dije con cierta frialdad:

– Buenos días.

Dejó caer la cortina a sus espaldas y se me acercó con movimientos pausados.

– Tú dirás.

Podía tener aspecto de norteamericano, pero en cuanto abrió la boca quedó bien claro que no lo era. Por algún motivo, aquella incongruencia me molestó. La vida que había llevado con mi madre me había vuelto bastante cínica respecto de los hombres en general, y de los farsantes en particular, y aquel joven, me dije en aquel punto y hora, era un farsante.

– Quería… quería preguntar por esas sillas, las de respaldo acolchado.

– Ah, sí. -Se adelantó y puso la mano en el respaldo de una. Era una mano larga y bien proporcionada, de dedos afilados y piel muy morena-. Sólo tenemos estas dos.

Yo miraba fijamente las sillas, esforzándome por hacer caso omiso de su presencia.

– Quería saber cuánto costarían.

Se agachó junto a mí para buscar la etiqueta con el precio y pude verle el cabello, muy oscuro y brillante, que le caía, espeso y lacio, hasta el cuello.

– Tienes suerte -me dijo-. Están a buen precio; una tiene la pata rota y la han arreglado de cualquier manera.

Se puso en pie con brusquedad; su estatura me llamó la atención.

Tenía los ojos ligeramente rasgados y de un color pardo muy oscuro, con una expresión que me pareció desconcertante. Me sentí incómoda y mi antipatía se transformó en aversión.

– Quince libras por las dos -dijo-. Pero si tienes paciencia y quieres pagar un poco más, puedo hacer que refuercen la pata, incluso decir que cubran con chapa el empalme. Ganaría en aspecto y resistencia.

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