– ¿Qué tal yo?
– ¿Tú? Pero, ¿estás buscando piso?
– Hasta hace un momento no, pero ahora sí.
– Son sólo una habitación y una cocina. Y tenemos que compartir el baño.
– Eso no me preocupa, si no te preocupa a ti… y si puedo pagar el alquiler. No sé cuánto pides.
Maggie me dijo cuánto pedía. Tragué saliva e hice cuentas mentalmente.
– Podría arreglármelas.
– ¿Tienes muebles?
– No. Estoy viviendo en un apartamento amueblado con un par de chicas. Pero puedo conseguir algunos.
– Pareces desesperada por irte.
– No, no lo estoy, pero me gustaría vivir sola.
– Bueno, pero antes de decidirte prefiero que vengas y lo veas. Tiene que ser por la noche porque John y yo trabajamos.
– ¿Esta noche? -Era imposible evitar que la impaciencia y el entusiasmo se me reflejaran en la voz, y Maggie se echó a reír.
– Muy bien -dijo-. Esta noche. -Recogió el paquete de libros primorosamente envuelto y se preparó para marcharse.
De pronto sentí pánico.
– Yo… no sé dónde vives.
– Sí que lo sabes, boba. Está en el dorso del cheque. Tienes que coger el autobús número veintidós. Te espero a eso de las siete.
– Allí estaré -prometí.
Mientras el autobús y yo traqueteábamos lentamente por Kings Road, tuve que hacer un esfuerzo consciente para calmar mi entusiasmo. Iba a cerrar un trato a ciegas. El apartamento podía ser absolutamente imposible: demasiado grande, demasiado pequeño o inadecuado en algún aspecto inimaginable. Cualquier cosa era mejor que sufrir una desilusión. Y en efecto, desde fuera la casita pasaba totalmente desapercibida, una más en una hilera de viviendas de ladrillo rojo, con mampostería alrededor de las puertas y una deprimente tendencia a los cristales coloreados. Pero el interior del número catorce estaba deslumbrante con su pintura fresca y sus alfombras nuevas. Y allí estaba Maggie, con unos vaqueros viejos y un suéter azul.
– Disculpa que esté tan desarreglada, pero tengo que hacer todas las faenas de la casa, así que me cambio de ropa cuando vuelvo de la oficina. Ven, vayamos arriba para que lo veas… Deja el abrigo en la barandilla. John no ha llegado todavía pero le dije que ibas a venir y le pareció una idea maravillosa…
Sin dejar de hablar, me llevó escaleras arriba hacia la habitación vacía que estaba en la parte de atrás de la casa. Encendió la luz.
– Da al sur, a un parquecito. Los antiguos dueños ampliaron el piso de abajo, así que tienes una especie de terraza. -Abrió una puerta de cristal y salimos a la noche oscura y fría, y percibí el olor del césped y de las hojas del parque y de la tierra mojada y vi el espacio lleno de oscuridad vacía, rodeado por las luces de las calles circundantes. De repente soplaron ráfagas de viento frío, la negra silueta del plátano se agitó y el murmullo de las hojas se perdió en el rugido del motor de un avión que pasaba.
– Es como estar en el campo -dije.
– Bueno, casi. -Se estremeció-. Entremos. Nos vamos a congelar.
Entramos por la puerta de cristal y Maggie me enseñó la pequeña cocina que se había construido a partir de una alacena, y luego, en mitad de la escalera, el cuarto de baño, que compartiríamos todos. Finalmente bajamos otra vez a la sala de estar, cálida y desordenada, y Maggie trajo una botella de jerez y unas patatas fritas que según dijo estaban pasadas pero que a mí me supieron muy bien.
– ¿Todavía quieres venir? -preguntó.
– Más que nunca.
– ¿Cuándo quieres mudarte?
– Lo más pronto que pueda. La semana próxima, si es posible.
– ¿Qué hay de las chicas con las que vives ahora?
– Encontrarán a otra persona. Una de ellas tiene una hermana que está a punto de venir a Londres. Espero que ocupe mi habitación.
– ¿Y los muebles?
– Ah… ya me las arreglaré.
– Supongo -dijo Maggie alegremente- que te ayudarán tus padres. Generalmente es así. La primera vez que vine a Londres mi madre desenterró los hermosos tesoros que tenía guardados en el desván y en el armario de la ropa blanca, de modo que… -Su voz se desvaneció. La contemplé en un silencio apesadumbrado y al final se rió de sí misma-. Así soy yo, siempre abriendo la boca y metiendo la pata. Lo siento. No tengo tacto. Es obvio que he dicho algo que no debía.
– No tengo padre, y mi madre está en el extranjero. Vive en una isla, en Ibiza. Por eso quiero tener algo mío.
– Perdóname. Debería habérmelo imaginado… Como pasaste la Navidad con los Forbes… Vaya, debería haberme dado cuenta.
– No hay razón para que lo pensaras.
– Pero ¿ha muerto tu padre?
Era evidente que Maggie sentía curiosidad, pero de una forma tan abierta y amistosa que, de pronto, me pareció ridículo callarme y encerrarme en mí misma como hacía siempre que la gente empezaba a hacerme preguntas sobre mi familia.
– No lo creo -dije, tratando de fingir que no tenía importancia-. Creo que vive en Los Ángeles. Es actor. Mi madre se fugó con él cuando tenía dieciocho años. Pero él se aburrió de la vida hogareña o quizá pensó que su carrera era más importante que la familia. Sea como fuere, el matrimonio duró unos meses, y un día la abandonó. Después nací yo.
– ¡Es terrible!
– Supongo que sí. Nunca he pensado mucho en eso. Mi madre nunca me hablaba de él. No porque estuviera resentida ni nada por el estilo. Cuando algo estaba terminado y pertenecía al pasado, generalmente lo olvidaba. Siempre ha sido así. Sólo mira hacia delante y siempre con optimismo.
– Pero, ¿qué pasó después de que nacieras? ¿Volvió con sus padres?
– No. Nunca.
– ¿Quieres decir que nadie le mandó un telegrama que dijera: «Vuelve, todo está perdonado»?
– No lo sé. Sinceramente, no lo sé.
– Tuvo que organizarse un buen lío cuando tu madre se fue, pero… -Sus palabras quedaron suspendidas en el aire. Evidentemente, no podía comprender una situación que yo había aceptado con ecuanimidad toda mi vida-. ¿Quién haría una cosa así a su hija?
– No lo sé.
– ¡Estás bromeando!
– No. De verdad, no lo sé.
– ¿Quieres decir que no conoces a tus abuelos?
– Ni siquiera sé quiénes son. O quiénes eran. Ni siquiera sé si aún viven.
– ¿No sabes nada? ¿Tu madre nunca te dijo nada?
– Bueno, algo si decía… A veces aparecían retazos del pasado en su conversación, pero para mí no tenían sentido. Ya sabes, es como cuando las madres hablan con sus hijos y les cuentan cosas que ya no existen, cosas que hacían cuando eran pequeñas.
– Pero… Bayliss… -Frunció el ceño-. No me parece un apellido muy común y por alguna razón me suena, aunque no sé por qué. ¿No tienes ni una sola pista?
Su insistencia me hizo reír.
– Hablas como si quisiera saber algo. Pero no es así. Si nunca has conocido a tus abuelos, no los echas de menos.
– Pero, ¿no te preguntas…? -Buscó las palabras-. Por ejemplo, ¿dónde vivían?
– Sé dónde vivían. En Cornualles. En una casa de piedra con campos que bajaban hasta el mar. Y mi madre tenía un hermano llamado Roger. Murió en la guerra.
– ¿Y qué hizo tu madre cuando naciste? Supongo que tuvo que ponerse a trabajar.
– No. Tenía un poco de dinero propio, herencia de una tía vieja o algo así. Por supuesto que nunca tuvimos coche ni nada parecido, pero nos las arreglábamos bien. Mi madre tenía un apartamento en Kensington, en la planta baja de una casa que pertenecía a unos amigos. Y vivimos allí hasta que yo tuve unos ocho años, luego estuve en un internado, y después de eso, no sé… fuimos de un sitio a otro.
– Los internados son caros…
– No era un internado importante.
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