— «¿Que si a los ortodoxos griegos les hacen la circuncisión?» — repitió estupefacto—. ¡No! ¡Naturalmente que no tengo las más mínima idea! ¿A qué viene ahora una pregunta tan idiota?
— A que al pensar en si le haríamos o no la circuncisión al niño, acabo de recordar que en un momento dado me planteé ese mismo tema. Fue aquella noche; justo cuando la Policía entró arrasándolo todo.
— ¿Por qué? ¿Por qué un planteamiento idiota en un momento clave?
— Porque me sorprendió que un griego tuviera hecha la circuncisión, pero supuse que tal vez a los ortodoxos se la hicieran, y no lo olvidé.
— ¿Y qué me quieres decir con eso?
— ¿Es que no lo entiendes? — se impacientó—. Si estaba circuncidado es que era árabe, judío, o griego, pero no cristiano. Y menos aún, un cristiano llamado «Rómulo Cardenal», del que sí puedo afirmar sin miedo a equivocarme que no tenía hecha la circuncisión.
— ¡Santo cielo…!
— ¡Santo cielo, sí! — admitió ella—. Nunca he podido aclararte si la voz, los gestos, las manos o los ojos de aquel desgraciado eran los de «Rómulo Cardenal», pero lo que sí puedo jurarte por la memoria de mi madre, es que de cintura para abajo, no lo era.
Adrián Fonseca lanzó un sonoro resoplido.
— ¿Y ahora qué hacemos?
— Reabrir el caso.
— ¿Reabrir el caso? — se horrorizó—. ¿Reabrir un caso que todas las Policías del mundo han dado por definitivamente resuelto?
— Hay nuevas pruebas, y cuando aparecen nuevas pruebas, los casos acostumbran a reabrirse, ¿o no?
— ¡Naturalmente! ¿Pero qué nuevas pruebas? — casi sollozó Adrián Fonseca cómicamente—. ¿Pretendes que me presente ante mis superiores, y les diga: «Señores, hay que reabrir el caso Roldan Santana, porque contamos con un testigo excepcional: mi propia esposa, que es una autoridad mundial en pollas»? ¿Es eso lo que te gustaría que hiciese? ¿Vale la pena por atrapar a un miserable delincuente?
— No es un miserable delincuente — le recordó Laila Goutreau sonriendo con naturalidad—. Como tú mismo dijiste, es el principal narcotraficante del mundo…
Lanzarote, mayo-setiembre 1990