Alberto Vázquez Figueroa - Delfines

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Esta es una de las novelas más apasionantes de Vázquez-Figueroa. Ambientada en el mundo submarino, narra una historia sorprendente que, como han demostrado los acontecimientos, adquiere súbita vigencia hoy en día y se convierte en un nuevo vaticinio acertado de un autor que, como pocos, ha sabido prever el futuro en muchos de sus libros. En este caso se trata del turbio mundo de los traficantes de droga, quienes, acosados por las autoridades, se procuran medios cada vez más insólitos como la utilización de submarinos. Naturalmente, estos siniestros mercaderes de la muerte no tienen en cuenta las terribles consecuencias que ello depara en el comportamiento de los delfines…

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— No. Eso sí que no. Por detener a un miserable delincuente, no. Por atrapar al principal narcotraficante del mundo; y por cuya causa mueren miles de personas cada año, mientras otras muchas acaban en la cárcel o prostituyéndose. — Extendió la mano y tomó la de ella que intentó apartarla—. Tienes que entenderlo — suplicó—. Fue una decisión muy dura, sobre todo para mí, que te quiero, pero honradamente tenía que hacerlo. Si había una oportunidad, ¡una sola! de impedir que continuara haciendo daño, tenía que sacrificarte aunque se me desgarrasen las entrañas al saber que estabas en la cama con otro.

— ¡Pero era yo la que tenía que aguantarlos!

— Igual que antes, con la diferencia de que ahora Marc Cotrell te daba menos «trabajo». Únicamente el justo para mantenerte en el «circuito» sin levantar sospechas.

— ¿Es que también Marc está metido en esto?

— Tenía que estarlo si queríamos que Roldan Santana te localizara. En cuanto alguien se interesaba por ti, nos pasaba la información y lo investigábamos a fondo. Veinte agentes han estado vigilándote y protegiéndote día y noche sin que lo advirtieras, pero el resultado ha valido la pena.

— ¿Estás seguro?

— Creo que sí. Hace apenas media hora han llegado las huellas dactilares del auténtico Nikolas Teópulus, el desgraciado al que ha asesinado esta vez para ocupar su puesto. Esas huellas no tienen nada que ver con las que este tipo dejó en las copas del almuerzo. — Se sirvió una nueva tostada con caviar—. Incluso sabemos ya quién le cambió la cara, y cuándo…

Fue a añadir algo, pero se interrumpió, porque en la destrozada puerta había hecho su aparición el rubicundo hombrecillo de la nariz de pimiento, que balbuceó de un modo casi ininteligible:

— ¡Lo han matado!

Adrián Fonseca se puso en pie de un salto, lo que le obligó a derribar sobre la mesa el poco caviar que quedaba.

— ¿Cómo ha dicho? — aulló fuera de sí.

— ¡Que lo han matado! — sollozó el comisario a punto de dejarse resbalar por la pared como si las piernas se negaran a sostenerle—. Le han metido cinco balas en el estómago.

— ¿Pero cómo es posible? ¿Quién ha sido?

— El ascensorista. A la altura del tercer piso le dijo en español: «Siempre a sus órdenes don Pablo», y le mató.

— ¡Qué salvajes! — se horrorizó la argelina.

— ¡Cielo santo! — exclamó a su vez Adrián Fonseca—. ¡No puedo creerlo!

— ¡Pues es cierto! Por lo visto ayer se presentó diciendo que venía a sustituir a un viejo ascensorista que estaba enfermo, y nadie le prestó mucha atención. — El destrozado comisario se había dejado caer en un sillón, apoderándose de la botella de champagne y apurándola directamente del gollete—. ¡Mis mejores hombres! ¡Los mejores de Francia, y un mocoso de mierda les asesina a un detenido en las narices…! ¡Me cuesta el puesto!

El inspector Fonseca tomó un cigarrillo de la caja de oro que aparecía sobre la mesa, lo encendió nerviosamente y casi al instante comenzó a toser al tiempo que mascullaba:

— ¡Maldita sea! ¡Tanto esfuerzo para nada! Tantas noches consolándome con la idea de que le daríamos un golpe definitivo a esos malditos traficantes, y lo único que tenemos es un cadáver. ¡Mierda!

— ¿Y qué vamos a hacer ahora?

El policía meditó largo rato, observó de hito en hito a su colega francés y acabó por encogerse de hombros con absoluta indiferencia.

— No sé lo que hará usted — replicó con calma—, pero, por mi parte, lo único que pienso hacer es casarme… — Señaló a Laila sonriente—. Si es que aún me acepta.

— Se han casado, se han ido a vivir a Mallorca, y ahora es la respetable señora Fonseca, que sueña con tener cuatro hijos y olvidar por completo su pasado.

— ¿Y la investigación?

— Cerrada. — Los acerados ojos, por lo general inexpresivos, de Guzmán Bocanegra, lanzaron un leve destello de triunfo y resultaba evidente que se sentía orgulloso de sí mismo—. El tipo es como un perro de presa, tenaz e inasequible al desaliento, pero en esta ocasión no dejé un solo detalle al azar, y hasta los más nimios obligaban a pensar que ese fiambre eras tú. El Gobierno colombiano, la INTERPOL, y sobre todo ese jodido polizonte, están convencidos de que uno de nuestros sicarios te liquidó en el ascensor antes de consentir que te enviaran a un penal norteamericano.

— Me preocupa que puedan seguir buscando.

— Te repito que es caso absolutamente cerrado, y ya procuraré yo que nadie tenga el menor interés en removerlo. — El hombrecillo del escuálido rostro aceitunado hizo un amplio ademán con la cabeza indicando la hermosa y solitaria playa privada flanqueada de palmeras, y el lujoso yate que aparecía anclado justo frente a una blanca mansión de estilizadas columnatas—. Ahora lo único que tienes que hacer es quedarte un par de años aquí, disfrutando de tu pequeño paraíso y de tus chicas, y dejar que yo me ocupe del negocio.

— Sé que está en buenas manos — replicó el hombre alto, fuerte, de nariz levemente aguileña y acusado mentón prominente que se sentaba frente a él, y que en nada recordaba a «Rómulo Cardenal», excepto en el tono de la voz, grave, profundo y autoritario—. Pero hay una cosa que me gustaría saber — añadió—. ¿Seguro que Laila no estaba al tanto de la trampa que pretendían tenderme?

— Seguro — replicó el otro convencido—. Ellos la vigilaban, y nosotros los vigilábamos a ellos. El tal Fonseca es muy listo, pero a veces los listos olvidan de que otros pueden estar aprovechando su excesiva inteligencia. Nos puso una hábil trampa, y le hicimos caer en ella.

— De acuerdo — sentenció Roldan Santana—. Por lo que a mí respecta, caso cerrado también. Dejemos que sean felices, que tengan muchos hijos y que todos podamos vivir en paz y en armonía… — Cambió de tema dando por concluido aquel molesto asunto—. ¿Cuál es la predicción para la cosecha de este año en Bolivia?

Laila Goutreau tuvo su primer hijo un año más tarde, y era un precioso niño que venía a completar la felicidad de una pareja que había vivido hasta aquel momento una ininterrumpida luna de miel que prometía seguir siendo cada vez más perfecta a medida que más y más mocosos conformaran lo que ambos querían que fuese una amplia y ruidosa familia.

Adrián Fonseca, por su parte, no dejaba de dar gracias a Dios por haber puesto en su camino a una mujer tan maravillosa, y a menudo se preguntaba cómo era posible que entre tanto hombre como había conocido, ninguno hubiera sido capaz de descubrir con anterioridad qué clase de joya tenía al alcance de las manos, por lo que el día que conoció a su hijo se sentó en el borde de la cama, a contemplar extasiado los inmensos ojos verdes que destacaban más que nunca en un rostro ligeramente pálido a causa del parto.

— ¿Cómo vamos a llamarle? — quiso saber.

— Como tú quieras.

— Una vez leí una novela sobre Gacel, un tuareg del desierto — señaló él—. Tú tienes un cuarto de sangre tuareg, y me gustaría que el niño se llamara Gacel.

— No sé si te autorizarán a llamarlo con un nombre árabe si pretendes que lo bauticen.

— Lo intentaré.

Se hizo un silencio; un largo y extraño silencio en el que Laila había quedado inmóvil contemplando un punto perdido en la pared como si se encontrara muy lejos de allí o de pronto el mundo se le hubiera caído encima.

— ¿Te ocurre algo? — quiso saber su marido.

— Puede que sí… — fue la imprecisa respuesta—. Puede que de pronto me haya venido a la memoria algo que tenía completamente olvidado. — Le miró de frente—. ¿Tienes una idea de si a los ortodoxos griegos les hacen la circuncisión? — inquirió.

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