Noah Gordon - El Médico
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Las manos del rey seguían en su cabeza. Hablaba en persa, Mary no sabía si para sus adentros o para ella. Ni siquiera se atrevía a mover la cabeza para hacerle saber que no entendía, con el fin de que no interpretara su gesto como un desacuerdo.
Alá hizo un examen detenido de las manchas de su cuerpo, pero lo que más le llamaba la atención era su pelo.
– ¿Alhena?
Ella comprendió esa palabra y le aseguró que no era tintura, en una lengua que naturalmente él no podía entender. El hombre tironeó suavemente de un mechón con las yemas de los dedos y trató de quitar el color rojo.
Un instante después se despojó de lo único que llevaba puesto: una holgada vestidura de algodón. Sus brazos eran musculosos y su cintura gruesa con una panza velluda y protuberante. Tenía vello en todo el cuerpo. Su verga parecía más pequeña y oscura que la de Rob.
En la silla de mano, camino de palacio, Mary había hecho fantasías. Ella lloraba y explicaba al sha que Jesús había prohibido a las mujeres cristianas copular fuera del matrimonio; como si fuera la historia de una santa él se habría apiadado de sus lágrimas y, con un gesto bondadoso, la enviaría de regreso a su casa. En otra de las fantasías, después de haber sido llevada por la fuerza a aquella situación para salvar a su marido, gozó del más lascivo placer físico de toda su vida, el embeleso de un amante sobrenatural que aunque tenía a sus pies a las mujeres más bellas de Persia, la había elegido a ella.
La realidad no se asemejó en nada a la imaginación. Él le observó los pechos, le tocó los pezones; quizá el color era distinto al de los que estaba acostumbrado a ver. El aire frío le endureció los senos, pero no lograron retener el interés del monarca. Cuando la empujó a la esterilla, Mary imploró en silencio la ayuda de la bendita Madre de Dios, cuyo nombre llevaba. Fue un receptáculo mal dispuesto, reseco por la ira y el miedo al hombre que había estado a punto de ordenar la muerte de su marido. Le faltaron las dulces caricias con que Rob la calentaba y convertía sus huesos en agua. En lugar de un órgano tieso como un palo, el de Alá era más flojo, y tuvo dificultades para penetrarla, por lo que recurrió al aceite de oliva, con el que la embadurnó a ella y no a sí mismo. Por fin se introdujo en su interior engrasado, Mary petmaneció inmóvil, con los ojos cerrados.
A ella la habían bañado, pero descubrió que a él no. No era vigoroso. Parecía casi aburrido y gruñía débilmente mientras empujaba. Unos segundos después, soltó un levísimo estremecimiento nada regio para un hombre tan corpulento, y de inmediato un gemido de disgusto. Luego el rey de reyes retiró su verga, produciendo un chupón de aceite, y salió dando zancadas de la habitación, sin decirle una palabra ni dirigirle una sola mirada.
Mary permaneció donde él la había dejado, pegajosa y humillada, sin saber qué hacer. No se permitió derramar una sola lágrima.
Poco más tarde, fueron a buscarla las mismas mujeres y la llevaron junto a su hijo. Mary se vistió deprisa y cogió a Rob J. Al despacharla a casa, la mujeres pusieron en la silla de mano una bolsa de cuerda entretejida llena de melones. Cuando llegaron al Yehuddiyyeh pensó en dejar los melones en el camino, pero le pareció más fácil acarrearlos hasta la casa y dejar que la silla siguiera su camino.
Los melones de los mercados eran de mala calidad porque durante todo el invierno persa permanecían almacenados en cuevas y muchos se estropeaban. Aquellos estaban en excelentes condiciones y perfectamente maduros con un sabor finísimo y dulce.
Entrar en el maristán, ese lugar frío y sagrado, con su hedor a enfermedad, sus penetrantes olores medicinales, sus gruñidos, gritos y ajetreos: la canción del hospital. Todavía Rob contenía la respiración, aún le palpitaba el corazón cada vez que entraba en el maristán, y detrás de él iba -como los polluelos tras la clueca- un corro de estudiantes.
¡Lo seguían a él, que poco antes había seguido a otros!
Detenerse y escuchar a un aprendiz que recitaba una historia de sufrimientos. A continuación acercarse a un jergón y hablar con el paciente, observar, examinar, tocar, oler la enfermedad como un zorro que olisquea en busca de un huevo. Tratar de ser más listo que el pérfido Caballero Negro.
Y, por fin, hablar del enfermo o herido con el grupo, oír opiniones a menudo inútiles y absurdas, pero a veces maravillosas. Para los aprendices, un aprendizaje; para Rob, una oportunidad de moldear aquellas mentes como un instrumento crítico que analizaba, proponía tratamientos y analizaba y volvía a proponer, de modo que a veces, como resultado de lo que enseñaba, alcanzaba conclusiones que de lo contrario se le habrían escapado.
Ibn Sina lo instaba a dar clases. Cuando Rob las impartía, otros iban a oírlo, pero nunca se sintió del todo cómodo delante de ellos, de pie y sudoroso mientras discurseaba sobre un tema que había repasado atentamente en los libros. Sabía la impresión que debía producirles, más corpulento que la mayoría y con la nariz rota, atento a cómo se expresaba, porque ahora su lenguaje era lo bastante fluido como para ser consciente del acento.
De igual manera, como Ibn Sina le exigía que escribiera, presentó un breve artículo sobre el tratamiento de las heridas con vino. Trajinó con el ensayo pero no extrajo el menor placer, ni siquiera cuando lo concluyó y fue transcrito y ocupó un lugar en la Casa de la Sabiduría.
Sabía que debía transmitir conocimientos y pericia, pues a él le habían sido transmitidas, pero Mirdin se había equivocado: Rob no quería hacerlo todo. No se imaginaba imitando a Ibn Sina. No tenía la ambición de ser filósofo, educador y teólogo, no necesitaba escribir ni predicar. Se sentía forzado a aprender e investigar para saber qué hacer en el momento de actuar. Para él, el reto se presentaba cada vez que retenía las manos de un paciente con la misma magia que había sentido por primera vez a los nueve años de edad.
Una mañana, un fabricante de tiendas beduino llevó a su hija Sitara al maristán. La muchacha estaba muy enferma, con náuseas y vómitos, y se retorcía a causa de los dolores en la parte inferior del lado derecho del vientre rígido. Rob sabía qué era, pero no tenía la menor idea de cómo se trataba la enfermedad del costado. La muchacha se quejaba y apenas podía contestar pero Rob la interrogó con todo detalle, tratando de aprender algo que le indicara el camino.
La purgó, le aplico paños calientes y compresas frías, y esa noche le habló a Mary de la beduina y le pidió que rezara por ella.
A Mary le entristeció pensar que una jovencita se viera aquejada de lo mismo que había matado a James Geikie Cullen. Entonces recordó que su padre yacía en una tumba que nadie visitaba, en el wadi Ahmad de Hamdhan.
A la mañana siguiente, Rob sangró a la beduina, le dio medicinas y hierbas, pero todo fue en vano. La notó febril, con los ojos vidriosos, y comenzó a decaer como una hoja después de la helada. Murió al tercer día.
Rob repasó todos los detalles de su corta vida con gran cuidado.
Había estado sana con anterioridad a una serie de dolorosos ataques que, finalmente, la mataron. Era una virgen de doce años que poco antes había comenzado a menstruar… ¿Qué tenía en común con aquel chiquillo que vio morir y con su suegro, un hombre de edad mediana? Rob no logró encontrar ninguna similitud.
No obstante, los tres habían muerto exactamente del mismo modo.
La brecha entre Alá y su visir, el imán Qandrasseh, se hizo pública, más pública si cabe, en la audiencia del sha. El imán estaba sentado en el trono más pequeño, a la diestra de Alá, como era costumbre, pero se dirigió a él con tan fría cortesía que el mensaje resultó claro para todos los asistentes Esa noche Rob fue a casa de Ibn Sina y jugaron al juego del sha. Era más una lección que una lid, como cuando un adulto juega con un niño. Aparentemente, Ibn Sina tenía pensada toda la partida por adelantado. Movía las piezas sin vacilaciones. Rob no pudo contenerlo, pero percibió la necesidad de planear con anticipación, y esa previsión se convirtió de inmediato en parte de su propia estrategia.
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