Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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– En las calles y en las maidans se reúnen grupitos que cuchichean -dijo Rob.

– Se sienten preocupados y confundidos cuando los sacerdotes entran en colisión con el señor de la Casa del Paraíso, pues temen que la rencilla destruya el mundo. -Ibn Sina comió un rukh con su caballero-. Ya pasará. Siempre pasa y los bienaventurados sobrevivirán.

Jugaron un rato en silencio y luego Rob le habló de la muerte de la beduina, narró los síntomas y describió los otros dos casos de enfermedad abdominal que lo acosaban.

– Sitara era el nombre de mi madre. -Ibn Sina suspiró: no contaba con una explicación para la muerte de la adolescente-. Hay muchas respuestas que no nos han sido dadas.

– Y no nos serán dadas a menos que las busquemos -dijo lentamente Rob.

Ibn Sina se encogió de hombros y resolvió cambiar de tema, relatando novedades de la corte. Reveló que enviarían a la India una expedición real.

Esta vez no serían atacantes, sino mercaderes autorizados por el sha para comprar acero indio o el mineral de hierro de fundición, pues a Dhan Vangalil no le quedaba acero para fabricar las hojas azules estampadas que tanto valoraba Alá.

– Les ha dicho que no regresen sin una caravana de mineral de hierro o acero duro, aunque tengan que ir hasta el final de la Ruta de la Seda para conseguirlo.

– ¿Qué hay al final de la Ruta de la Seda? -preguntó Rob.

– Chung-Kuo. Un país inmenso.

– ¿Y más allá?

Ibn Sina se encogió de hombros.

– Agua. Océanos.

– Algunos viajeros me han dicho que el mundo es plano y está rodeado de fuego. Que sólo es posible aventurarse hasta antes de caer en ese fuego, que es el Infierno.

– Sandeces de los viajeros -rechazó Ibn Sina en tono desdeñoso-. No es verdad. Yo he leído que fuera del mundo habitado todo es sal y arena, como el Dasht-i-Kavir. También está escrito que gran parte del mundo es de hielo. -Observó pensativo a Rob-. ¿Qué hay más allá de tu país?

– Mi país es una isla. Más allá hay un mar y después está Dinamarca, la tierra de los nórdicos, de donde es originario nuestro rey. Más allá de eso, se dice hay una tierra de hielos.

– Y si uno va al norte desde Persia, más allá de Ghazna esta la tierra del Rus… y después una tierra de hielos. Sí, creo que es verdad que gran parte del mundo está cubierta de hielo -conjeturó Ibn Sina-. Pero no hay un fiero infierno en los bordes, porque los hombres de pensamiento siempre han sabido que la tierra es esférica como una ciruela. Tú has viajado por mar. Al avistar un barco a la distancia, lo primero que se ve en el horizonte es el extremo del mástil, y luego cada vez más partes del cuerpo de la embarcación, a medida que navega sobre la superficie curva del mundo.

Liquidó a Rob en el tablero capturándole el rey, casi distraído, y luego pidió a un esclavo que les llevara vino y un cuenco con pistachos.

– ¿No recuerdas al astrónomo Ptolomeo?

Rob sonrió; sólo había estudiado los rudimentos de astronomía necesarios para satisfacer los requisitos de la madraza.

– Un griego antiguo que redactó sus escritos en Egipto.

– Exactamente. Escribió que el mundo es esférico y está suspendido bajo el firmamento cóncavo, ocupando el centro del universo. A su alrededor giran el Sol y la Luna, creando la noche y el día.

– Este mundo como una bola, con su superficie de mar y tierra, montañas y ríos y bosques y desiertos y lugares con hielo… ¿es hueco o macizo? Y si es macizo, ¿cuál es la naturaleza de su interior?

El anciano sonrió y se encogió de hombros; ahora estaba en su elemento y disfrutaba.

– No podemos saberlo. La tierra es enorme, como tú muy bien puedes comprender, ya que has cabalgado y andado un vasto fragmento. Y nosotros sólo somos seres diminutos que no podemos ahondar lo suficiente para responder a semejante pregunta.

– Pero si pudieras asomarte al centro de la tierra, ¿lo harías?

– ¡Naturalmente!

– Sin embargo, puedes asomarte al interior del cuerpo humano y no lo haces.

A Ibn Sina se le borró la sonrisa.

– La humanidad está muy cerca del salvajismo y tiene que regirse por normas. De lo contrario, nos hundiríamos en nuestra propia naturaleza animal y pereceríamos. Una de nuestras reglas prohíbe la mutilación de los muertos, a quienes un día el Profeta rescatará de sus sepulcros.

– ¿Por qué la gente sufre la enfermedad abdominal?

Ibn Sina se encogió de hombros.

– Abre la barriga de un cerdo y estudia el enigma. Los órganos del cerdo son idénticos a los del hombre.

– ¿Estás seguro, maestro?

– Sí. Así consta por escrito desde los tiempos de Galeno, cuyos colegas griegos no le permitieron abrir seres humanos. Los judíos y los cristianos se guían por una prohibición similar. Todos los hombres abominan la disección. -Ibn Sina lo miró con tierna inquietud-. Has tenido que superar muchas cosas para hacerte médico. Pero debes practicar la cura de las enfermedades dentro de las reglas de la religión y de la voluntad general de los hombres. Si no lo haces, su poder te destruirá -concluyó el maestro.

Rob inició el regreso a casa contemplando el cielo hasta que los puntos de luz comenzaron a nadar ante sus ojos. De los planetas, sólo distinguió la Luna y Saturno, y un brillo que podía ser Júpiter, porque derramaba un resplandor estable en medio del parpadeo de las estrellas.

Comprendió que Ibn Sina no era un semidiós. El Príncipe de los Médicos era, sencillamente, un erudito anciano atrapado entre la medicina y la fe en la que lo habían criado. Rob le amaba más aún por sus limitaciones humanas, pero experimentó cierta sensación de ser engañado, como un niño pequeño que nota las fragilidades de su padre.

En el Yehuddiyyeh y en su casa, mientras se ocupaba de las necesidades del caballo castaño, seguía meditando. Mary y el niño estaban dormidos, Rob se desnudó con mucho cuidado. Luego se acostó y permaneció despierto, pensando en qué provocaba la enfermedad del abdomen.

En mitad de la noche Mary despertó repentinamente y salió corriendo.

Una vez fuera, vomitó. Estaba mareada. Rob la siguió. Obsesionado por la enfermedad que se había llevado a James Cullen, recordó que los vómitos eran la primera señal. Aunque ella protestó, Rob la examinó cuando volvieron a entrar en la casa, pero el abdomen estaba blando y Mary no tenía fiebre.

Finalmente, retornaron al jergón.

– ¡Rob! -gritó súbitamente Mary-. ¡Mi Rob!

Emitió un gritó desesperado, como si acabara de despertar de una pesadilla.

– Calla, que despertarás al niño -murmuró Rob.

Estaba sorprendido, porque no sabía que Mary tuviera pesadillas. Le acarició la cabeza y la consoló; ella, por su parte, lo abrazó con fuerza desesperada.

– Mary, estoy aquí. Aquí estoy, amor mío.

Le dijo palabras suaves y tranquilizadoras hasta que se calmó, ternuras en inglés, en persa y en la Lengua. Poco después empezó de nuevo, pero tocó la cara de Rob, suspiró y lo acunó entre sus brazos. Rob apoyó la mejilla en el pecho de su mujer hasta que el dulce y lento palpitar de su corazón le permitió descansar.

El cálido sol arrancaba pálidos brotes verdes de la tierra mientras la primavera emergía en Ispahán. Los pájaros cruzaban los aires llevando paja y ramitas en el pico para construir sus nidos, y las aguas manaban de los arroyos y los wadis hacia el Río de la Vida, que bramaba al tiempo que su cauce crecía. Rob tenía la impresión de haber cogido las manos de la tierra entre las suyas y sentía la naturaleza sin límites, la vitalidad eterna. Y entre otras pruebas de fertilidad, estaba la de Mary. Las náuseas persistían y esta vez no necesitaron que Fara les dijera que estaba embarazada. Rob estaba encantado, pero Mary se mostraba taciturna y muy irritable. Él pasaba más tiempo que nunca con su hijo. La carita de Rob J. se iluminaba cuando lo veía. El bebe balbuceaba y meneaba el trasero como un cachorro que mueve el rabo.

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