Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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Rob miró a Karim.

– Y tienes que llevar una vida intachable -advirtió en tono significativo-, porque tus enemigos se aferrarán a cualquier debilidad que tengas

Recordó el odio por sí mismo que había sentido cuando hizo cornudo a maestro. Conocía a Karim; pese a su ambición y a su amor por aquella mujer, era básicamente bondadoso, y Rob imaginaba la angustia que experimentaba al traicionar a Ibn Sina.

Karim asintió. Al separarse, apretó la muñeca a Rob y sonrió. Este le devolvió la sonrisa. Karim conservaba todo su encanto, aunque ya no se mostraba despreocupado. Rob percibió una gran tensión y una inquieta incertidumbre en su rostro, y se compadeció de su amigo.

Los ojos azules del pequeño Rob contemplaban el mundo intrépidamente. Había empezado a gatear, y sus padres se regocijaron cuando aprendió a beber de una taza. Por sugerencia de Ibn Sina, Rob probó a alimentarlo con leche de camella, que según el maestro era el alimento más sano para un niño. Esa leche despedía un olor fuerte y contenía grumos amarillentos de grasa, pero el niño la tragó ávidamente. A partir de entonces Prisca dejó de amamantarlo. Todas las mañanas, Rob iba a buscar leche de camella al mercado armenio, con un cántaro de piedra. El ama de cría, siempre con un bebé en brazos, se asomaba al almacén de cueros de su marido para verlo pasar.

– ¡Amo Dhimmi! ¡Amo Dhimmi! ¿Cómo está mi niño? -gritaba Prisca, y le dedicaba una sonrisa luminosa cada vez que él aseguraba que el niño estaba bien.

Debido al aire cortante, había muchos pacientes con catarros, huesos doloridos, y coyunturas inflamadas e hinchadas. Plinio el Joven había escrito que para curar un resfriado el paciente debe besar el hocico peludo de un ratón, pero Ibn Sina declaró que Plinio el Joven no merecía ser leído. Él tenía su remedio favorito contra los males de la flema y los rigores del reumatismo. Dio instrucciones cuidadosas a Rob para que reuniera dos dirhams de castoreo y otras tantas medidas de Kalhano de Ispahán, masfetida hedionda, asfetida, semilla de apio, alholva siria, galhano, abrojo, semilla de harmela, opoponaco, resina de ruda y meollo de pepitas de calabaza. Los ingredientes secos se machacaban. Las resinas debían remojarse en aceite toda la noche y luego machacarlas. Encima había luego que echar miel tibia desprovista de espuma, y amasar la mezcla húmeda con los ingredientes secos y poner la pasta resultante en una vasija vidriada.

– La dosis es un mithqal -dijo Ibn Sina-, y el resultado, eficaz, si Dios quiere.

Rob fue a los rediles de elefantes, donde los mahouts respiraban ruidosamente y tosían, soportando tristemente una estación distinta de los inviernos que habían conocido en la India. Los visitó tres días seguidos, y los medicó con fumaria, artemisa y la pasta de Ibn Sina, con resultados tan poco concluyentes que habría preferido recetarles la Panacea Universal de Barber. Los elefantes no se veían tan espléndidos como en la batalla; ahora estaban cubiertos con mantas, como si llevaran encima tiendas festoneadas, en un intento por mantenerlos abrigados.

Rob se paró con Harsha para observar el gran elefante del sha, que engullía enormes cantidades de heno.

– ¡Mis pobres niños! -dijo Harsha tiernamente-. En otros tiempos, antes de Buda o de Brahman o de Vishnu o de Shiva, los elefantes eran todopoderosos y mi pueblo les rezaba. Ahora son mucho menos que dioses, los capturamos y los obligamos a cumplir nuestra voluntad.

Zi se estremeció mientras lo miraban, y Rob prescribió que dieran a las bestias cubos de agua tibia para beber, de manera que se calentaran interiormente.

Harsha se mostró dubitativo.

– Los hemos hecho trabajar y se afanan como siempre, a pesar del frío.

Pero Rob había aprendido algo sobre elefantes en la Casa de la Sabiduría.

– ¿Has oído hablar de Aníbal?

– No -dijo el mahout.

– Fue un militar, un gran jefe.

– ¿Grande como el sha Alá?

– Al menos tan grande como él, pero de tiempos muy antiguos. Con treinta y siete elefantes salió a la cabeza de un ejército por los Alpes, unas montañas altas, terribles, escarpadas y cubiertas de nieve, y no perdió un solo animal. Pero el frío y la exposición a las inclemencias del tiempo los debilitó. Más adelante, cruzando montañas más bajas, murieron todos los elefantes menos uno. La lección indica que debes hacer descansar a tus bestias y mantenerlas abrigadas.

Harsha asintió respetuosamente.

– Hakim, ¿sabes que te siguen?

Rob se sobresaltó.

– Aquel, el que está sentado al sol.

Era un hombre acurrucado en el vellón de su cadabl, sentado de espaldas a la pared, para protegerse del fuerte viento.

– ¿Estás seguro?

– Sí, hakim, ayer también lo vi seguirte. Incluso ahora, no te quita ojo de encima.

– Por favor, cuando me marche, ¿quieres seguirlo sin que se note, para que descubramos quién es?

A Harsha se le iluminaron los ojos.

– Sí, hakim.

A última hora de la tarde, Harsha entró en el Yehuddiyyeh y llamó a la puerta de Rob.

– Te siguió hasta tu casa, Hakim. Después que entraste, lo seguí hasta la mezquita del Viernes. Fui muy astuto, porque me mantuve invisible. Entró en casa del mullah con ese cadabi hecho jirones y poco después volvió a salir totalmente vestido de negro, y entró en la mezquita a tiempo para la última oración. Es un mullah, hakim.

Rob le dió las gracias, y Harsha se fue.

Estaba seguro de que el mullah había sido enviado por los cómplices de Qandrasseh. Sin duda había seguido a Karim cuando fue a reunirse con Ibn Sina y Rob, y luego vigiló para saber en qué medida este último estaba implicado con el probable futuro visir.

Tal vez llegaron a la conclusión de que era inofensivo, porque al día siguiente Rob observó atentamente y no vio a nadie que pudiera haberlo seguido y, por lo que supo, en los días posteriores nadie lo espió.

El frió persistía, pero se aproximaba la primavera. Sólo los picos de las montañas gris purpúreo estaban blancos de nieve, y en el jardín las ramas tiesas de los albaricoqueros se veían cubiertas de minúsculos brotes negros perfectamente redondos.

Una mañana, dos soldados fueron a buscar a Rob y lo llevaron a la Casa del Paraíso. En la sala del trono, de fría piedra, sufrían los rigores del clima pequeños grupos de cortesanos con los labios amoratados. Karim no se encontraba entre ellos. El sha estaba sentado ante la mesa de encima del brasero del que se elevaba calor. Acabado el ravi zemin, hizo señas a Rob para que se acercara, y la tibieza protegida por el pesado mantel de fieltro significó un verdadero placer. El juego del sha ya estaba dispuesto, y sin pronunciar palabra Alá hizo el primer movimiento.

– Ah, Dhimmi, te has convertido en un gato hambriento -dijo poco después.

Era verdad: Rob había aprendido a atacar.

El sha jugaba con el entrecejo fruncido y los ojos fijos en el tablero. Rob usó sus dos elefantes para debilitarlo y, rápidamente, comió un camello, un caballo con su jinete y tres soldados de infantería.

Los observadores seguían la partida en un absorto e inexpresivo silencio.

Sin duda, algunos estaban horrorizados y otros encantados de que un europeo no creyente estuviera en condiciones de medirse con el sha.

Pero el rey tenía amplia experiencia y era un general astuto. Precisamente cuando Rob empezaba a creerse un tipo listo y maestro de la estrategia, Alá, a costa de sacrificar algunas piezas, fue atrayendo a su oponente.

Empleó sus dos elefantes con más destreza de la que Aníbal había mostrado con sus treinta y siete, hasta que desaparecieron los elefantes y los jinetes de Rob. Pero este se debatió con tesón, rememorando todo cuanto le había enseñado Mirdin. Antes del shahtreng transcurrieron unos minutos que se hicieron muy largos. Cuando concluyó la partida, los cortesanos aplaudieron la victoria del rey, quien se dio el lujo de exteriorizar su gran satisfacción.

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