Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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El sha se quitó del dedo un pesado anillo de oro macizo y se lo puso en la mano derecha a Rob.

– Hablemos del calaat. Tendrás una casa lo bastante grande como para organizar una recepción real.

"Con un harén, y Mary en él”, pensó Rob.

Los nobles aguzaron los oídos.

– Llevaré este anillo con orgullo y gratitud. En cuanto al calaat, soy dichoso con tu generosidad pasada y permaneceré en mi casa.

Su voz era respetuosa pero demasiado firme, y no desvió la mirada con suficiente rapidez en prueba de humildad. Y todos los presentes oyeron al Dhimmi decir esas cosas.

A la mañana siguiente, la noticia había llegado a oídos de Ibn Sina.

No en vano el médico jefe había sido dos veces visir. Tenía informantes en la corte y entre los sirvientes de la casa del Paraíso, y por varias fuentes se enteró de la estúpida imprudencia de su asistente. Como siempre en momentos de crisis, Ibn Sina se sentó a reflexionar.

Sabía que su presencia en la ciudad capital era una fuente de orgullo real, que permitía al sha compararse con los califas de Bagdad, como monarca protector de la cultura y patrocinador del saber. Pero Ibn sina conocía los límites de su influencia; una apelación directa no serviría para salvar a Jesse ben Benjamín.

A lo largo de toda su vida, Alá había soñado con ser uno de los grandes soberanos de la tierra, un rey de nombre imperecedero. Ahora hacía los preparativos para una guerra que podía llevarlo a la inmortalidad o al olvido, y en ese momento le resultaba imposible permitir que alguien obstruyera su voluntad.

Ibn Sina sabía que el rey mandaría matar a Jesse ben Benjamín.

Tal vez ya se había impartido la orden de que unos asaltantes no identificados cayeran sobre el joven hakim en la calle, o que unos soldados lo arrestaran, para ser juzgado y sentenciado por un tribunal islámico. Alá era políticamente hábil y usaría la ejecución del Dhimmi como mejor conviniera a sus propósitos.

Durante años, Ibn Sina había estudiado al sha Alá y comprendía cómo operaba su mente. Sabía lo que debía hacer.

Aquella mañana, en el maristán, reunió a su personal.

– Hemos sabido que en la ciudad de Idhaj hay una serie de pacientes demasiado enfermos para trasladarse al hospital -dijo, y era verdad-. Por lo tanto -se dirigió en particular a Jesse ben Benjamín-, debes cabalgar hasta Idhaj y montar allí un dispensario para el tratamiento de esa gente. Después de hablar sobre las hierbas y medicinas que debía llevar en un asno de carga, de los medicamentos que podían encontrarse en dicha Ciudad, y de las historias de algunos pacientes conocidos, Jesse se despidió y partió sin demora.

Idhaj estaba al sur, a tres días de lento e incómodo viaje, y el dispensario lo entretendría como mínimo tres días, lo que daría a Ibn Sina tiempo de sobra.

A la tarde siguiente, fue sólo al Yehuddiyyeh y enfiló directamente hacia la casa de su asistente.

La mujer abrió la puerta con el niño en brazos. Su cara mostró sorpresa y una leve confusion al ver al Príncipe de los Médicos en el umbral, pero en seguida se recuperó y lo hizo pasar con la cortesía debida. La casa era humilde pero estaba bien cuidada, y habían conseguido hacerla cómoda, colocando tapices en las paredes y extendiendo alfombras en el suelo de tierra apisonada. Con diligencia digna de elogio, Mary puso ante él una fuente de barro con pasteles de semillas dulces y un sherbet de agua de rosas aromatizadas con cardamomo.

Ibn Sina no había contado con las dificultades idiomáticas. Cuando intentó hablar con ella, comprendió de inmediato que sólo conocía unas cuantas palabras de parsi.

Su intención era hablar largamente y con persuasión; quería informarle de que al percatarse de las cualidades intelectuales y de la competencia de su marido, fue tras el joven y corpulento extranjero como un avaro tras un tesoro que codicia o como un hombre que desea a una mujer. Quería que el europeo se entregara a la medicina porque tenía claro que Dios había destinado a Jesse ben Benjamín a la curación.

– Será una luminaria. Está casi formado, pero aún es pronto, todavía no ha llegado. Todos los reyes están locos. Para el que tiene el poder absoluto, no es más difícil cobrarse una vida que otorgar un calaat. Pero si huyeseis ahora significaría un resentimiento para el resto de vuestra vida, porque ha llegado muy lejos y se ha atrevido a mucho. Sé que no es judío.

La mujer se sentó abrazando al niño y observando a Ibn Sina con creciente tension. Él intentó hablar hebreo sin alcanzar resultados, luego turco y árabe en rápida sucesión. Era filólogo y lingüista, pero conocía muy pocos idiomas europeos, pues sólo aprendía las lenguas útiles para la erudición. Hablaba en griego y tampoco obtuvo respuesta.

Entonces paso al latín y notó que ella movía ligeramente la cabeza y parpadeaba.

– Rex te venire ad se vult. Si non, maritus necabitur -Lo repitió-: El rey quiere que vayas con él. Si no lo haces, tu marido será asesinado.

– Quiddicas -preguntó Mary, asombrada de lo que había dicho.

Ibn Sina volvió a repetirlo, muy lentamente.

El bebé comenzó a inquietarse entre sus brazos, pero ella no le prestó la menor atención. Fijó la vista en Ibn Sina. Tenía la cara pálida como la nieve, y aunque no mostraba la menor emoción, el maestro percibió un elemento que no había notado antes. El anciano comprendía a la gente y, por primera vez, su ansiedad disminuyó, pues reconoció toda la fortaleza contenida en aquella mujer. Él efectuaría las gestiones y ella haría cuanto fuese necesario.

Se presentaron a buscarla unos soldados con una silla de mano. Mary no sabía qué hacer con Rob J., de modo que lo llevó consigo. Fue una solución acertada, porque en el harén de la Casa del Paraíso el niño fue recibido por varias mujeres que se mostraron encantadas con él.

Llevaron a Mary a los baños, lo que fue sumamente engorroso. Rob le había contado que las musulmanas tenían la obligación religiosa de depilarse el pubis cada diez días frotándose con una mezcla de cal y arsénico. También debían arrancarse o afeitarse el vello de las axilas, una vez por semana las mujeres casadas, cada dos semanas las viudas y una vez por mes las vírgenes. Las mujeres que atendían a Mary la contemplaron con mal disimulado asco.

Después de lavarla, le ofrecieron tres bandejas con esencias y tintes, pero sólo se puso un poco de perfume.

La llevaron a una habitación y le indicaron que esperara. La cámara sólo estaba amueblada con un gran jergón, almohadones y mantas, y un gabinete cerrado sobre el que había una palangana con agua. En algún lugar cercano interpretaban música. Mary tenía frío. Cuando llevaba aguardando lo que le pareció un largo rato, cogió una manta y se envolvió con ella.

En seguida llegó Alá. Mary estaba aterrada, pero él sonrió al verla acurrucada en la manta.

Meneó un dedo indicando que se la quitara y con señas impacientes le hizo saber que también debía quitarse la túnica. Mary sabía que era delgada en comparación con la mayoría de las mujeres orientales, y las persas se las habían arreglado para informarle de que las pecas eran el castigo de Alá para alguien tan desvergonzado que no usaba velo.

El sha tocó su espesa caballera pelirroja y se llevó un mechón a la nariz.

Ella no se había perfumado el pelo, y la ausencia de aroma provocó una mueca en el hombre.

Mary logro desviar la mente del momento que estaba viviendo y la concentró en su hijo. Cuando Rob J. fuese mayor, ¿recordaría que lo había llevado a aquel lugar? ¿Se acordaría de los gritos de alegría y los suaves mimos de las mujeres? ¿De sus caras tiernas sonriéndole y arrullándolo? ¿De sus manos acariciándolo?

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