Rob le enseñó a tironear alegremente de su padre.
– Tira de la barba a papá -decía, orgulloso por la fuerza del tirón.
– Tira de las orejas a papá.
– Tira de la nariz a papá.
La misma semana que dio sus primeros pasos indecisos e inestables, empezó a hablar. No es extraño que su primera palabra fuera "papá". El sonido que emitió la criatura para dirigirse a él lo inundó de tal amor reverencial, que apenas podía creer en su buena fortuna.
Una tarde templada convenció a Mary de que fuera andando con él, que llevaría en brazos a Rob J., hasta el mercado armenio. Una vez allí bajó al bebé cerca del almacén de cueros para que diera varios pasos temblorosos hacia Prisca. La antigua ama de cría dio gritos de deleite y cogió al niño en sus brazos.
Camino de casa a través del Yehuddiyyeh, sonreían y saludaban a uno y a otro, pues aunque ninguna mujer se había encariñado con Mary desde la partida de Fara, ya nadie maldecía a la Otra europea, y los judíos del barrio se habían acostumbrado a su presencia.
Más tarde, mientras Mary preparaba el pilah y Rob podaba uno de los albaricoqueros, las dos hijas pequeñas de Mica Halevi el Panadero salieron corriendo de la casa de al lado y fueron a jugar con su hijo en el jardín. Rob estaba encantado con sus grititos y sus tonterías infantiles.
Había gente peor que los judíos del Yehuddiyyeh, se dijo, y lugares peores que Ispahán.
Un día, al enterarse de que al-Juzjani daría una clase con la disección de un cerdo, Rob se ofreció voluntariamente a asistirlo. El animal en cuestión resultó ser un jabalí robusto, con colmillos tan feroces como los de un elefante pequeño, malignos ojos porcinos, un cuerpo largo cubierto de gruesa cerdas grises, y un robusto cipote peludo. El cerdo había muerto aproximadamente veinticuatro horas atrás, pero siempre lo habían alimentado con granos y el olor predominante, al abrirle el estomago, era de una fermentación como la de la cerveza, ligeramente acre. Rob había aprendido que esos olores no eran malos ni buenos: todos resultaban interesantes, pues cada uno contenía una historia. Pero ni su nariz, ni sus ojos, ni sus manos exploradoras le enseñaron algo acerca de la enfermedad abdominal mientras registraba la panza y la tripa en busca de señales. Al-Juzjani, más interesado en dar su clase que en permitir a Rob el acceso al cerdo, se sintió justificadamente irritado por la cantidad de tiempo que pasó toqueteándolo.
Después de la clase, y sin saber más que antes, Rob fue al encuentro de Ibn Sina en el maristán. Le bastó un vistazo al médico jefe para saber que algo funesto había ocurrido.
– Mi Despina y Karim Harun. Han sido arrestados.
– Siéntate, maestro, y tranquilízate -le aconsejó Rob amablemente, al ver que Ibn Sina se estremecía, y estaba desorientado y envejecido.
Se habían confirmado los peores temores de Rob. Pero se obligó él mismo a hacer las preguntas necesarias y no se asombró al saber que estaban acusados de adulterio y fornicación.
Aquella mañana los agentes de Qandrasseh habían seguido a Karim a la casa de Ibn Sina. Mullahs y soldados irrumpieron en la torre de piedra y hallaron a los amantes.
– ¿Y el eunuco?
En un abrir y cerrar de ojos, Ibn Sina lo miró y Rob se detestó a si mismo, consciente de todo lo que ponía de relieve su pregunta. Pero Ibn Sina se limitó a menear la cabeza.
– Wasif está muerto. Si no lo hubieran matado a mansalva, no habría entrado en la torre.
– ¿Cómo podemos ayudar a Karim y a Despina?
– Sólo el sha Alá puede ayudarlos -dijo Ibn Sina-. Debemos pedírselo.
Cuando Rob e Ibn Sina cabalgaron por las calles de Ispahán, la gente desviaba la mirada, pues no querían avergonzar a Ibn Sina con su compasión.
En la Casa del Paraíso fueron recibidos por el capitán de las Puertas con la cortesía correspondiente al Príncipe de los Médicos, pero los llevaron a una antesala y no a la presencia del sha.
Farhad los dejó y volvió al instante para decirles que el rey lamentaba no poder perder un minuto con ellos ese día.
– Esperaremos -respondió Ibn Sina-. Tal vez se presente la oportunidad.
A Farhad le gustaba ver caídos a los poderosos: sonrió a Rob al inclinar la cabeza. Aguardaron toda la tarde y luego Rob llevó a Ibn Sina a casa.
Volvieron a la mañana siguiente. Una vez más, Farhad les dispensó toda su cortesía. Los condujo a la misma antesala y allí los dejó languidecer, aunque era evidente que el sha no los recibiría.
No obstante, esperaron.
Ibn Sina rara vez hablaba. En un momento dado suspiró.
– Siempre ha sido como una hija para mí -dijo.
Y un rato más tarde:
– Para el sha es más fácil encajar el golpe de audacia de Qandrassed como una pequeña derrota antes que desafiarlo.
Pasaron el segundo día sentados en la Casa del Paraíso. Gradualmente, comprendieron que a pesar de la eminencia del Príncipe de los Médicos y de que Karim era el predilecto de Alá, este no movería un dedo.
– Está dispuesto a entregarlo a Qandrasseh -dijo Rob, alicaído-. Como si fuera una partida del juego del sha en la que Karim es una pieza que no mereciera una lágrima.
– Dentro de dos días habrá una audiencia -dijo Ibn Sina-. Debemos facilitarle las cosas al sha para que nos ayude. Solicitaré públicamente su misericordia. Soy el marido de la mujer inculpada y Karim es amado por todo el pueblo. Este se unirá en apoyo de mi solicitud para salvar al héroe del chatir. El sha dejará que todos crean que es clemente porque esa es la voluntad de sus súbditos.
Si así ocurría, agregó Ibn Sina, darían veinte palos a Karim y una paliza a Despina, a la que condenarían a permanecer confinada el resto de sus días en casa de su amo. Pero al salir de la Casa del Paraíso hallaron a al-Juzjani esperándolos. El maestro cirujano amaba a Ibn Sina más que a nadie en el mundo, y en nombre de ese amor le dio la mala nueva.
Habían llevado a Karim y a Despina ante un tribunal islámico. Declararon tres testigos, que eran otros tantos mullahs ordenados. Sin duda para evitar la tortura, ninguno de los dos acusados intentó defenderse.
El mufti los había condenado a muerte y la ejecución sería la mañana siguiente
– Despina será decapitada. A Karim Harun le rajarán el vientre.
Los tres se miraron cariacontecidos. Rob esperaba que Ibn Sina dijera a al-Juzjani que Karim y Despina aún podían salvarse, pero el anciano meneó la cabeza.
– No podemos eludir la sentencia -concluyó con gran tristeza-. Sólo podemos cerciorarnos de que su fin sea lo más dulce posible.
– Entonces debemos poner manos a la obra -dijo serenamente al-Juzjani-. Hay que pagar sobornos. Y tenemos que sustituir al aprendiz de la cárcel del kelonter por uno de nuestra confianza.
Pese a la tibieza del aire primaveral, Rob estaba helado.
– Permitid que sea yo -se ofreció.
Pasó la noche en vela. Se levantó antes del amanecer y, montado en el castrado castaño, recorrió la ciudad a oscuras. Casi esperaba ver al eunuco Wasif en las penumbras de la casa de Ibn Sina. No había luz ni señales de vida en las habitaciones de la torre.
Ibn Sina le dio una tinaja con zumo de uvas.
– Contiene una fuerte infusión de opiáceos y un polvo de cáñamo que se llama huing -dijo-. Y precisamente aquí está el riesgo. Deben beber mucho. Pero si alguno bebe demasiado y no está en condiciones de andar cuando lo llamen, tú también morirás.
Rob asintió.
– Dios sea misericordioso.
– Dios sea misericordioso -contestó Ibn Sina y antes de que Rob diera media vuelta comenzó a entonar cánticos del Corán.
En la prisión, Rob informó al centinela que era el médico y le proporcionaron una escolta. Fueron primero a las celdas de las mujeres, donde oyeron que una cantaba y sollozaba alternativamente. Rob temía que los terribles sonidos fuesen emitidos por Despina, pero ella aguardaba en silencio en una pequeña celda. No estaba lavada ni perfumada, y el pelo le caía en mechas lacias.
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