Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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Su cuerpo fino y menudo estaba cubierto por un atuendo negro y sucio. Rob dejó la jarra de huing, se acercó y le levantó el velo.

– He traído algo para que lo bebas.

En adelante, para Rob ella siempre sería fémina, una combinación de su hermana Anne Mary, su esposa Mary, la prostituta que le había prestado sus servicios en el coche de la maidan y todas las mujeres del mundo.

En sus ojos había lágrimas no derramadas, pero se negó a beber.

– Tienes que beberlo. Te ayudará.

Despina movió la cabeza de un lado a otro. "Pronto estaré en el Paraíso” y le transmitió su mirada cargada de temor.

– Dáselo a él -susurró, y Rob se despidió.

Sus pasos resonaban mientras seguía al soldado por un pasillo, y bajaba dos tramos de escaleras, entraba en otro túnel de piedra y, finalmente, se introducía en otra diminuta celda.

Su amigo estaba pálido.

– Así es, europeo.

– Así es, Karim.

Se abrazaron con firmeza.

– ¿Ella está…?

– La he visto. Está bien..

Karim suspiró.

– ¡Hacía semanas que no hablaba con ella! Solo me acerqué para oír su voz, ¿me comprendes? Estaba seguro de que ese día nadie me seguía.

Rob asintió.

A Karim le temblaban los labios. Cuando Rob le ofreció la jarra, la cogió y bebió copiosamente. Al devolvérsela, el contenido había menguado en dos tercios.

– Surtirá efecto. La mezcla la hizo Ibn Sina personalmente.

– El viejo al que idolatras. A menudo soñé que lo envenenaba para poder tenerla.

– Todos los hombres alimentan pensamientos perversos. Pero tú no los habrías llevado a la práctica. -Por alguna razón, le pareció vital que Karim supiera esto antes de que le hiciera efecto el narcótico-. ¿Me entiendes?

Karim asintió. Rob lo observó atentamente, temeroso de que hubiese bebido demasiado huing. Si la infusión operaba rápidamente, el tribunal de un mufti decretaría la muerte de otro médico.

A Karim se le caían los párpados. Permaneció despierto, pero prefería no hablar. Rob lo acompañó en silencio hasta que oyó pisadas.

– Karim.

Su amigo parpadeó.

– ¿Ahora?

– Piensa en el chattir -dijo Rob cariñosamente. Los pasos se detuvieron y se abrió la puerta: eran tres soldados y dos mullahs-. Piensa en el día más feliz de tu vida.

– Zaki-Omar solía ser bondadoso -dijo Karim, y dedicó a Rob una sonrisa breve e inexpresiva.

Dos soldados lo cogieron de los brazos. Rob los siguió fuera de la celda, pasillo abajo, subió tras ellos los dos tramos de peldaños y salió al patio donde el sol reflejaba un destello cobrizo. La mañana era templada y resplandeciente: una última crueldad. Notó que a Karim se le doblaban las rodillas al andar, pero cualquier observador habría pensado que era a causa del miedo. Pasaron junto a la doble hilera de víctimas del carcán hasta los bloques, escenario de sus pesadillas.

Algo espantoso yacía junto a un bulto cubierto de negro sobre el terreno bañado en sangre, pero el huing se burló de los mullahs y Karim no lo vio.

El verdugo parecía apenas mayor que Rob; era un mozo bajo y fornido, de brazos largos y ojos indiferentes. El dinero de Ibn Sina había pagado su fuerza, su destreza y el finísimo filo de su hoja.

Karim tenía los ojos vidriosos cuando los soldados lo hicieron avanzar.

No hubo despedida; la estocada fue rápida y certera. La punta del acero entró en el corazón y produjo la muerte instantánea, tal como había sido acordado con el verdugo en el momento del soborno. Rob oyó que su amigo emitía un sonido semejante a un suspiro de descontento.

Rob debía ocuparse de que Despina y Karim fuesen llevados desde la prisión hasta un cementerio fuera de la ciudad. Pagó bien para que rezaran oraciones sobre las dos sepulturas, lo que era una amarga ironía: los mullahs oficiantes se encontraban entre los que habían presenciado las ejecuciones.

Cuando concluyó el funeral, Rob dio cuenta de la infusión que quedaba en la jarra y dejó que el caballo lo guiara.

Pero en las cercanías de la Casa del Paraíso cogió las riendas, lo refrenó y estudió el edificio. El palacio estaba especialmente bello ese día, con sus pendones variopintos ondeando y aleteando bajo la brisa primaveral. El sol destellaba en banderines y alabardas y hacía relucir las armas de los centinelas.

Hicieron eco en sus oídos las palabras de Alá: "Somos cuatro amigos…

Somos cuatro amigos…"

Sacudió el puño cerrado.

– ¡In-dig-noooo! -gritó.

Su voz rodó hasta la muralla y llegó a los centinelas, que se sobresaltaron El oficial bajó y se acercó al guardia que ocupaba el extremo.

– ¿Quién es? ¿Lo conoces?

– Sí, es el hakim Jesse. El Dhimmi.

Todos estudiaron la figura montada a caballo, lo vieron sacudir el puño una vez más, y notaron la jarra de vino y las riendas flojas del caballo.

El oficial sabía que el judío era el que se había quedado atrás para atender a los soldados heridos cuando la partida de ataque a la India retornó a Ispahán.

– En la cara se le nota que se ha pasado con la bebida. -Sonrió-. Pero no es mala persona. Dejadlo en paz -dijo.

Siguieron con la mirada al caballo castaño que llevaba al médico hacia las puertas de la ciudad.

LA CIUDAD GRIS

O sea que era el último sobreviviente de la misión médica de Ispahán.

Pensar que Mirdin y Karim estaban bajo tierra era como tragar una infusión de cólera, pesar y tristeza; sin embargo, perversamente, sus muertes volvieron sus días dulces como un beso de amor. Paladeaba los detalles de la vida cotidiana. Respirar hondo, orinar largamente, emitir una lenta ventosidad.

Masticar pan duro cuando tenía hambre, dormir si estaba fatigado. Tocar la gordura de su esposa, oírla roncar. Mordisquear la pancita de su hijo hasta que el gorgoteo de su risa infantil arrancaba lágrimas de sus ojos.

Y todo ello a pesar de que Ispahán se había convertido en un lugar sombrío. Alá y el imán Qandrasseh eran capaces de aniquilar al héroe del atletismo de Ispahán, ¿Qué hombre común y corriente se atrevería ahora a quebrantar las leyes islámicas establecidas por el Profeta?

Las prostitutas desaparecieron y en las maidans ya no había jarana por las noches. Parejas de mullahs patrullaban las calles de la ciudad, fijándose en si un velo cubría inadecuadamente el rostro de una mujer, si un hombre era lento en responder con la oración a la llamada de un muecín, si el propietario de un puesto de refrescos era tan estúpido como para vender vino. Incluso en el Yehuddiyyeh, donde las mujeres siempre se cubrían los cabellos, muchas judías empezaron a usar los pesados velos musulmanes.

Algunos se lamentaban en privado, pues echaban de menos la música y la alegría de noches que habían quedado atrás, pero otros expresaban su satisfacción; en el maristán, el hadji Davout Hosein dio gracias a Alá durante una oración matinal.

– La mezquita y el Estado nacieron de la misma matriz, unidos, y nunca deben separarse -dijo.

Cada día iban más fieles a casa de Ibn Sina para unirse con él en la oración, pero ahora el Príncipe de los Médicos, al concluir los rezos, volvía a entrar en su casa y nadie lo veía hasta la siguiente oración. Se sumió en la congoja y cayó en el ensimismamiento, y ya no iba al maristán a dar clases ni a atender a los pacientes. Quienes ponían objeciones a que los tocara un Dhimmi eran tratados por al-Juzjani, aunque no eran muchos, y Rob trabajaba todo el día, pues además de atender a los pacientes de Ibn Sina tenía sus propias responsabilidades.

Una mañana entró en el hospital un viejo enclenque, con mal aliento y los pies sucios. Qasim ibn Sahdi tenía las piernas nudosas como una grulla y un vestigio de barba que parecía comida por las polillas. No sabía cuál era su edad y no tenía hogar, porque había pasado casi toda su vida haciendo faenas de criado en una caravana tras otra.

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