– ¡Un legado papal! -exclamó Mary.
"No tan legado como recadero", conjeturó socarronamente Rob, aunque era evidente que Bostock gozaba de toda la admiración de Mary.
– Durante seiscientos años, la Iglesia oriental ha disputado con la occidental -dijo el mercader, dándose importancia-. En Constantinopla consideran a Alejo un igual del Papa, para gran disgusto de la Santa Roma. Los condenados sacerdotes barbudos del Patriarca se casan… ¡Se casan! No rezan a Jesús y a María, ni tratan con suficiente respeto a la Trinidad. Así es como van y vienen cartas de protesta.
La jarra estaba vacía, y Rob la llevó a la habitación contigua para rellenarla con vino del odre.
– ¿Eres cristiana?
– Lo soy -dijo Mary.
– Entonces, ¿cómo has llegado a unirte con ese judío? ¿Te secuestraron los piratas o los musulmanes y te vendieron a él?
– Soy su esposa -dijo ella con toda claridad.
En la otra habitación, Rob abandonó la tarea de rellenar la jarra y prestó atención, con los labios apretados en una apenada mueca. Tan intenso era el desdén de Bostock por él, que ni siquiera se molestó en bajar la voz.
– Podría acomodaros en mi caravana a ti y al niño. Irías en una camilla con porteadores hasta después de dar a luz y poder montar en un caballo.
– No existe la menor posibilidad, señor Bostock. Yo soy de mi marido felizmente y por acuerdo mutuo -replicó Mary, aunque le dio las gracias con frialdad.
Bostock respondió con grave cortesía que estaba cumpliendo con su deber de cristiano, que eso era lo que desearía que otro hombre ofreciera a su propia hija si, Jesús no lo permita, se encontrara en circunstancias similares. Rob Cole volvió con ganas de darle una paliza a Bostock, pero Jesse ben Benjamín se comportó con hospitalidad oriental y sirvió vino a su invitado en lugar de retorcerle el pescuezo. La conversación, sin embargo, se resintió y, a partir de ese momento, fue escasa. El mercader inglés partió casi inmediatamente después de comer, y Rob y Mary quedaron solos.
Cada uno estaba sumido en sus propios pensamientos mientras recogían las sobras de la comida.
Por último, Mary dijo:
– ¿Alguna vez volveremos?
Rob se quedo atónito.
– Claro que volveremos.
– ¿Bostock no era mi única oportunidad?
– Te lo prometo.
A Mary le brillaron los ojos.
– Tiene razón en contratar un ejército para que lo proteja. El viaje es tan peligroso… ¿Cómo podrán viajar tan lejos y sobrevivir dos niños?
Era una exageración, pero Rob la abrazó tiernamente.
– Al llegar a Constantinopla seremos cristianos y nos sumaremos a una caravana fuerte.
– ¿Y entre Ispahán y Constantinopla?
– He aprendido el secreto mientras viajaba hacia esta ciudad. -La ayudó a acomodarse en el jergón. Ahora a Mary le resultaba difícil porque en cualquier posición que se tumbara, en seguida le dolía alguna parte del cuerpo. Rob la retuvo entre sus brazos y le acarició la cabeza, hablándole como si le contara una historia reconfortante a un niño-. Entre Ispahán y Constantinopla seguiré siendo Jesse ben Benjamín. Y nos atenderán en una aldea judía tras otra, nos alimentarán, cuidarán y guiarán, como quien cruza una corriente peligrosa pasando de una roca segura a otra roca segura.
Le tocó la cara. Apoyó la palma de la mano en el enorme vientre tibio, palpó los movimientos del niño no nacido y se sintió inundado de compasión y gratitud. Así ocurrirán las cosas, se repitió a sí mismo. Pero no podía decirle cuándo ocurrirían.
Rob se había acostumbrado a dormir con el cuerpo acurrucado alrededor de la dilatada dureza de la barriga de Mary, pero una noche despertó al sentir una humedad cálida, y en cuanto se espabiló se vistió deprisa y salió corriendo en busca de Nitka la Partera. Aunque la mujer estaba habituada a que llamaran a su puerta mientras todo el mundo dormía, apareció irritada e irascible, le dijo que se callara y tuviera paciencia.
– Ha roto aguas.
– Está bien, está bien -refunfuñó la comadrona.
En breve salieron en caravana por la calle a oscuras; Rob encabezaba la marcha con una antorcha, seguido por Nitka con un gran saco lleno de trapos limpios, y cerraban la marcha sus dos robustos hijos, protestando y resollando bajo el peso del sillón de partos.
Chofni y Shemuel dejaron la silla junto a la lumbre, como si fuera un trono, y Nitka ordenó a Rob que encendiera el fuego, porque en plena noche el aire era fresco. Mary se acomodó en el sillón como una reina desnuda.
Los hijos de Nitka se marcharon, llevándose a Rob J. para cuidarlo mientras su madre daba a luz. En el Yehuddiyyeh los vecinos se ayudaban así, aunque en este caso se trataba de una goya.
Mary perdió su porte regio con el primer dolor y su ronco grito espantó a Rob. El sillón era resistente, de modo que podía soportar sacudidas y revolcones, por lo que Nitka se dedicó a la tarea de plegar y apilar los trapos obviamente sin sufrir la menor perturbación mientras Mary se agarraba a los brazos del sillón y sollozaba.
Todo el tiempo le temblaban las piernas, pero durante los terribles espasmos daba sacudidas y puntapiés. Después del tercero, Rob se puso detrás de ella y le apoyó los hombros contra el respaldo del asiento. Mary mostraba los dientes y bramaba como un lobo; él no se habría sorprendido si lo hubiese mordido o si hubiera aullado.
Había amputado miembros y estaba familiarizado con todas las enfermedades, pero ahora sintió que la sangre dejaba de circular por su cabeza. La comadrona lo miró duramente y apretó un trozo de carne del brazo de Rob entre sus dedos nervudos. El doloroso pellizco le hizo recuperar el sentido y no quedó deshonrado.
– Fuera -dijo Nitka-. ¡Fuera de aquí!
Rob salió al jardín y permaneció en la oscuridad, atento a los sonidos que lo siguieron fuera de la casa. La noche era fresca y serena; pensó fugazmente en que salían víboras de la pared de piedra y decidió que le daba igual. Perdió la noción del tiempo, pero finalmente comprendió que debía atender el fuego y volvió a entrar para avivarlo.
Miró a Mary y vio que tenía las rodillas muy separadas.
– Ahora debes ayudar -le ordenó Nitka seriamente-. Haz fuerza amiga mía. ¡Fuerte! ¡Trabaja!
Transfigurado, Rob vio aparecer la coronilla del bebé entre los muslos de su mujer, como la tonsura roja y húmeda de un monje, y otra vez se escabulló al jardín. Allí permaneció largo rato, hasta que oyó el débil vagido. Entró y vio al recién nacido.
– Otro varón -informó enérgicamente Nitka mientras limpiaba la mucosidad de la diminuta boca con la yema de su dedo índice.
El ombligo grueso y viscoso se veía azul bajo la tenue luz del alba.
– Fue mucho más fácil que la primera vez -reconoció Mary.
Nitka limpió y la animó, y entregó a Rob la placenta para que la enterrara en el jardín. La comadrona aceptó su pago generoso con un asentimiento de satisfacción y volvió a su casa.
Cuando quedaron solos en el dormitorio se abrazaron; minutos después, Mary pidió agua y bautizó al niño con el nombre de Thomas Scott Cole. Rob lo alzó y lo examinó: ligeramente más pequeño que su hermano mayor, pero no canijo. Un varón fuerte y rubicundo, con redondos ojos pardos y una pelusa oscura en la que ya apuntaban los reflejos rojizos de la cabellera de su madre. Rob pensó que en los ojos y en la forma de la cabeza, la boca amplia y los deditos largos y estrechos, su nuevo hijo se parecía mucho a sus hermanos William Stewart y Jonathan Carter de recién nacidos.
– Siempre es fácil distinguir a un bebé Cole -le dijo a Mary.
Qasim llevaba dos meses cuidando muertos cuando volvió a sentir dolores en el abdomen.
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