El primer plato consistía en tajadas de grandes y pulposos melones de sabor singular y una dulzura inigualable. Rob había probado ese tipo de melón una sola vez, y estaba a punto de comentarlo cuando su antiguo maestro Jalal-ul-Din le sonrió significativamente.
– Debemos dar gracias a la nueva esposa del director por esta deliciosa fruta.
Rob no entendió. El ensalmador guiñó un ojo.
– Rotun bin Nasr es general y primo del sha, como ya sabrás. Alá lo visitó la semana pasada para organizar la guerra y sin duda conoció a su más reciente y joven esposa. Cada vez que el sha planta su simiente real, regala una bolsa con deliciosos melones especiales. Y si la semilla da por resultado una cosecha del sexo masculino, envía un regalo principesco: la alfombra de los Samaníes.
No logró tragar la comida; alegó que se sentía mal y abandonó la reunión con la mente hecha un torbellino, cabalgó directamente hasta la casita del Yehuddiyyeh. Rob J estaba jugando en el jardín con su madre, pero Tam dormía en la cuna y Rob lo alzó y lo estudió a fondo.
Sólo era un pequeño bebé recién nacido. El mismo niño que adoraba al salir de casa por la mañana.
Lo dejó en la cuna, buscó el cofre de sándalo y sacó la alfombra regalada por el sha. La extendió en el suelo, junto a la cuna.
Cuando levantó la vista, Mary estaba en el vano de la puerta. Se miraron.
Entonces se convirtió en un hecho: el dolor y la piedad que Rob sintió por Mary fueron inconmensurables.
Se acercó a ella con la intención de abrazarla, pero en lugar de hacerlo descubrió que sus manos la sujetaron fuertemente de los brazos. Intentó hablar pero su garganta no emitió ningún sonido.
Ella se apartó de un tirón y se masajeó los brazos.
– Por ti estamos aquí, por mí estamos vivos -dijo Mary con desprecio.
La tristeza de sus ojos se había transformado en algo frío, en todo lo contrarió del amor. Aquella tarde ella cambió de aposento. Compró un jergón estrecho y lo instaló entre las cunas de sus hijos, junto a la alfombra del príncipe Samani.
No pudo dormir. Se sentía hechizado, como si la tierra hubiera desaparecido bajo sus pies y tuviera que andar un largo camino por el aire. No era insólito que alguien en su situación matara a la madre y al niño, reflexionó, pero sabía que Tam y Mary estaban perfectamente a salvo en la alcoba contigua. Lo acechaban ideas delirantes pero no estaba loco.
Por la mañana se levantó y fue al maristán, donde las cosas tampoco iban bien. Ibn Sina se había llevado a cuatro enfermeros como encargados de transportar las camillas y de recoger a los heridos, y al-Juzjani aún no había encontrado a otros cuatro que respondieran satisfactoriamente a sus expectativas. Los enfermeros que quedaban en el maristán estaban sobrecargados de trabajo y cumplían sus tareas ceñudos. Rob visitó a sus pacientes sin contar con ninguna clase de ayuda, y a veces se detenía a hacer por sí mismo lo que un enfermero no había tenido tiempo de hacer: lavar una cara febril o ir en busca de agua para aliviar una boca seca y sedienta.
Encontró a Qasim ibn Sahdi echado, con la cara del color del suero, sufriendo y quejándose, rodeado de vómitos.
Enfermo, Qasim había dejado su cuarto contiguo al depósito, y se había asignado un lugar como paciente, seguro de que Rob lo encontraría al hacer su ronda en el maristán.
La semana anterior se había sentido mal varias veces, le informó Qasim.
– ¿Por qué no me lo dijiste?
– Señor, tenía mi vino. Tomaba mi vino y el dolor se iba. Pero ahora el vino no me ayuda, hakim; no puedo soportarlo.
La fiebre era alta pero no abrasadora; el abdomen estaba dolorido aunque blando. A veces, atenazado por el dolor, Qasim jadeaba como un perro; tenía la lengua sucia y respiraba laboriosamente.
– Te prepararé una infusión.
– Que Alá te bendiga.
Rob fue directamente a la farmacia. Con el vino tinto que tanto gustaba a Qasim remojó opiáceos y huing, y volvió deprisa junto a su paciente. Los ojos del viejo encargado del depósito mostraban malos augurios cuando tragó la poción.
A través de las cortinas de tela delgada de las ventanas abiertas, los sonidos invadían el maristán con volumen creciente, y cuando Rob salió vio que toda la ciudad se había volcado a las calles para despedir a su ejército.
Siguió a la gente hasta las maidans. Aquel ejército era demasiado numeroso para caber en las plazas. Desbordaba y llenaba las calles de toda la porción central de la ciudad. No lo componían cientos, como en la partida de ataque a la India, sino miles de hombres. Largas filas de infantería pesada, más largas aún de hombres ligeramente armados. Lanzadores de venablos o jabalinas. Lanceros a caballo, espadachines a horcajadas de poneys y camellos. La presión y el apiñamiento de la muchedumbre eran indescriptibles, lo mismo que el barullo: gritos de despedida, llantos, chillidos de mujeres, bromas obscenas, órdenes, adioses y palabras de estímulo.
Se abrió paso como quien nada contra una corriente humana, en medio de una amalgama de hedores: humanos, sudor de los camellos y estiércol de caballo. El destello del sol sobre las armas pulidas era cegador. A la cabeza de la fila estaban los elefantes. Rob contó treinta y cuatro, o sea que Alá comprometía cuantos elefantes de guerra poseía.
No vio a Ibn Sina. Rob ya se había despedido en el maristán de varios médicos que partían, pero Ibn Sina no había acudido a saludarlo ni lo había hecho llamar a su casa, de modo que resultaba obvio que prefería no pronunciar palabras de despedida.
En ese momento, llegaron los músicos reales. Algunos soplaban largas trompetas doradas y otros repicaban campanas de plata, anunciando que se acercaba el gran elefante Zi, una fuerza tremenda. El mahout Harsha iba ataviado de blanco y el sha, envuelto en telas azules y tocado con un turbante rojo, el atuendo que vestía siempre que iba a la guerra.
La gente rugió extasiada al ver a su rey guerrero. Cuando levantó la mano para hacer el saludo real, sabían que les estaba prometiendo Ghazna.
Rob estudió la espalda erguida del sha; en ese momento, Alá no era Alá: se había transformado en Jerjes, se había transformado en Darío, se había transformado en Ciro el Grande. Era todos los conquistadores de todos los hombres.
Somos cuatro amigos. Somos cuatro amigos. Rob se mareó al pensar en todas las ocasiones en que le habría resultado fácil matarlo.
Ahora estaba en el fondo de la multitud. Aunque hubiese estado adelante, lo habrían reducido en el mismo instante en que cayera sobre el rey. Se volvió. No esperó con los demás para ver el desfile de tropas de quienes iban a la gloria o a la muerte. Se separó con esfuerzo de la turba y caminó a ciegas hasta llegar a las orillas del Zayendeh, el Río de la Vida.
Se sacó del dedo el anillo de oro macizo que Alá le había dado por sus servicios en la India y lo arrojó a las aguas pardas. Luego, mientras en la distancia el gentío bramaba y bramaba, volvió andando al maristán.
Qasim había bebido grandes dosis de la infusión, pero se le notaba muy grave. Tenía los ojos vacíos, y el semblante pálido y hundido. Temblaba aunque hacía calor, y Rob lo tapó con una manta. Poco después, la manta estaba empapada y la cara de Qasim ardía.
A última hora de la tarde el dolor era tan intenso que cuando Rob le tocó el abdomen, el viejo gritó.
Rob no volvió a casa… Se quedó en el maristán, permaneciendo a menudo junto al jergón de Qasim.
Esa noche, en medio del dolor, se produjo un alivió total. Por un instante, la respiración de Qasim fue serena y regular, y se quedo dormido. Rob se atrevió a albergar esperanzas, pero unas horas más tarde volvió la fiebre, la temperatura de su cuerpo aumentó más aún, el pulso se volvió rápido y en algunos momentos era casi imperceptible.
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