Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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Abrió el cerdo y la mujer, dispuesto a hacer una atenta comparación de ambas anatomías. Dado que comenzó la doble inspección en la zona donde se asentaba la enfermedad abdominal, en seguida descubrió algo. El ciego del cerdo, la tripa embolsada donde comenzaba el intestino grueso, era de tamaño considerable, pues media unas dieciocho pulgadas de longitud. El ciego de la mujer era comparativamente diminuto, de apenas dos o tres pulgadas de largo y el ancho del dedo meñique de Rob. ¡Albricias! Adherido a este pequeño ciego había… algo. No se parecía a nada tanto como a un gusano rosado, descubierto en el jardín, recogido y puesto en el interior de la barriga de la mujer.

El cerdo de la otra mesa no tenía ninguna adherencia en forma de gusano, y Rob nunca había observado un apéndice similar en las tripas de esos animales.

No se precipitó a sacar conclusiones. En principio pensó que las pequeñas dimensiones del ciego de la mujer podían corresponder a una anomalía, y que aquella cosita en forma de gusano era un raro tumor o algún otro tipo de excrecencia.

Preparó el cadáver de Melia para su entierro con tanto cuidado como había dispuesto el de Qasim y lo devolvió al depósito.

Pero en las noches siguientes abrió los cuerpos de un jovenzuelo, de una mujer de edad mediana y de un bebé de seis semanas. En cada caso descubrió, con creciente emoción, que aparecía el mismo apéndice de tamaño minúsculo. El "gusano" formaba parte de todas las personas…, pequeña prueba de que los órganos de un ser humano no eran idénticos a los de un cerdo.

"¡Oh, maldito Ibn Sina!” -Viejo condenado -murmuró. ¡Estás equivocado!

Pese a lo que había escrito Celso, pese a las enseñanzas transmitidas durante mil años, hombres y mujeres eran seres singulares. En tal caso, ¡cuántos magníficos misterios podrían descubrirse y resolverse con sólo buscarlos en el interior de los cuerpos humanos!

A lo largo de toda su vida, Rob había estado sólo hasta que la encontró, pero ahora volvía a estarlo y no lo soportaba. Una noche, al regresar a casa se tendió a su lado, entre los dos niños dormidos.

No intentó tocarla, pero ella se volvió como un animalito salvaje. Le dio una sonora bofetada. Era una mujer corpulenta y lo bastante fuerte para producirle dolor. Rob le cogió las manos y se las sujetó a los costados del cuerpo. -Loca.

– ¡No te acerques a mí después de estar con las rameras persas!

Rob comprendió que ella pensaba eso por el aroma que despedía todos los días al volver a casa.

– Uso perfume porque todas las noches hago disecciones de animales en el maristán.

Ella no dijo nada, pero al instante intentó liberarse. Rob sintió su cuerpo, tan conocido, junto al suyo, mientras ella se debatía, y percibió el aroma de sus cabellos rojos en la nariz.

Mary comenzó a serenarse, tal vez por algo que percibió en la voz de Rob. Sin embargo, cuando él se volvió para besarla, no le habría sorprendido que le mordiera la boca o en el cuello, pero no fue así. Le llevó un momento darse cuenta de que le estaba devolviendo los besos. Dejó de aferrarle la manos y se sintió infinitamente agradecido cuando tocó unos pechos rígidos, aunque no por la rigidez de la muerte.

Rob no sabía si Mary lloraba o estaba excitada, pues oía breves gemidos.

Probó sus pezones lechosos y le hurgó el ombligo. Debajo de aquella panza cálida, había un entramado de vísceras grises y rosadas, como cardúmenes en las aguas del mar, pero sus miembros no estaban duros y fríos, y en el montículo uno de sus dedos y luego dos encontraron calor y terreno resbaladizo: la materia que compone la vida.

Cuando la penetró se unieron como si batieran palmas, empujando como si intentaran destruir algo que no podían enfrentar. Exorcizando al djinn. Mary le clavó las uñas en la espalda al corcovear. Sólo hubo un sereno gruñido y el plaf-plaf-plaf de la cópula, hasta que ella gritó y él gritó y Tam gritó y Rob J. despertó con un grito, y los cuatro rieron o lloraron; en el caso de los adultos, ambas cosas.

Finalmente, todo se aquietó. El pequeño Rob J. volvió a dormirse y Mary llevó el bebé a su pecho; mientras lo alimentaba, con voz serena contó que Ibn Sina había ido a verla y le había dicho lo que debía hacer. Así, Rob se enteró de que entre la mujer y el anciano le habían salvado la vida.

Se sorprendió y se sintió impresionado al saber hasta qué punto se había comprometido por él Ibn Sina.

En cuanto al resto, la experiencia de ella había sido aproximadamente como Rob la imaginó. Cuando Tam se hubo dormido, la abrazó y le dijo que era la mujer que había elegido para toda la vida, acarició su cabellera pelirroja y la besó en la nuca, donde las pecas no osaban aparecer. Y Mary también se durmió y Rob permaneció con la vista fija en el techo oscuro.

En los días siguientes, Mary sonreía mucho y a Rob le entristecía e indignaba ver huellas de temor en sus sonrisas, aunque con sus actos intentaba demostrarle amor y gratitud.

Una mañana, mientras atendía a un niño enfermo en casa de un cortesano, junto a su jergón vio la pequeña alfombra azul de la realeza Samani.

Observó el cutis atezado del niño, la nariz ya ganchuda, cierta característica específica en los ojos. Era una cara conocida, más conocida cuanto más miraba a su hijo menor.

Modificó sus planes para aquel día, volvió a casa, levantó al pequeño Tam y lo acercó a la luz. Sus rasgos le convertían en hermano del niño enfermo.

No obstante, por momentos Tam se parecía notablemente a Willum, su hermano perdido.

Antes y después de los días que había pasado en Idhaj por indicación de Ibn Sina, él y Mary habían hecho el amor. ¿Quién podía decir que aquel no era el fruto de su propia simiente?

Cambió los pañales húmedos de Tam, le tocó la mano, besó su suavísima mejilla y volvió a acostarlo en la cuna.

Aquella noche hicieron el amor tierna y consideradamente, lo que les produjo alivio, aunque no fue como en otros tiempos. Después, Rob salió y se sentó en el jardín bañado por la luna, junto a las ruinas otoñales de las flores a las que ella había brindado todos sus cuidados.

Comprendió que nada permanece siempre igual. Ella no era la joven que lo había seguido confiadamente a un trigal y él tampoco era el joven que la había llevado al trigal.

Y esa no era la deuda menos importante que ansiaba pagar al sha Alá.

EL HOMBRE TRANSPARENTE

Del este surgió una nube de polvo de tales proporciones que los centinelas pensaron confiadamente en una enorme caravana, o quizá en varias grandes caravanas que avanzaban juntas

Pero se aproximaba un ejército a la ciudad.

Con su llegada a las puertas fue posible identificar a los soldados como afganos de Ghazna. Se detuvieron fuera de los muros, y su comandante, un joven de túnica azul oscuro y turbante blanco como la nieve, entró en Ispahán acompañado de cuatro oficiales. No había nadie allí para detenerlos. El ejercito había seguido a Alá a Hamadhan y las puertas estaban custodiadas por un puñado de soldados ancianos que se esfumaron con la proximidad del ejército extranjero, de modo que el sultán Masud -pues de él se trataba- entró cabalgando en la ciudad sin resistencia. Al llegar a la mezquita del Viernes, los afganos desmontaron y entraron. Sin duda se unieron allí a los fieles durante la tercera oración, y luego se encerraron varias horas con el imán Musa ibn Ahhas y su camarilla de mullahs. Casi ninguno de los habitantes de Ispahán vio a Masud, pero en cuanto se conoció su presencia, Rob y al-Juzjani se encontraban entre los que fueron a lo alto de la muralla y desde allí observaron a los soldados de Ghazna.

Eran hombres de aspecto duro, con pantalones desharrapados y largas camisas holgadas. Algunos llevaban los extremos de los turbantes envueltos alrededor de la boca y la nariz para protegerse de la polvareda y la arena del viaje, y tenían esteras acolchadas arrolladas detrás de las pequeñas sillas de sus desgreñados poneys. Estaban muy animados, toqueteaban sus flechas, cambiaban de lugar sus arcos y se relamían mirando la lujosa ciudad, con sus mujeres desprotegidas, como los lobos mirarían una madriguera llena de liebres. Pero eran disciplinados y aguardaban sin hacer violencia mientras su líder permanecía en la mezquita. Rob se preguntó si entre ellos estaría el afgano que había hecho tan buen papel corriendo en competencia con Karim en el chatir.

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