Sabía que tarde o temprano lo descubrirían, pero estaba acumulando datos preciosos y viendo cosas maravillosas, y no estaba dispuesto a abandonar.
Aguardó dos días, hasta que el hadji lo dejó en paz. En el hospital murió un anciano mientras mantenía una serena conversación con él. Por la noche abrió el cadáver para averiguar qué le había proporcionado una muerte tan pacífica, y descubrió que la arteria que alimentaba el corazón y los miembros inferiores estaba reseca y encogida, como una hoja marchita.
En el cuerpo de un niño comprendió por qué el cáncer tenía ese nombre, al ver cómo la hambrienta protuberancia en forma de cangrejo había extendido sus pinzas en todas direcciones. En el cadáver de un hombre descubrió que el hígado, en lugar de ser blando y de un rico color pardo rojizo, se había convertido en un objeto amarillento con la dureza de la madera.
La semana siguiente hizo la disección de una mujer embarazada de varios meses y dibujó la matriz de su abultada tripa como una copa invertida que protege a la vida que se estaba formando en su interior. En el dibujo le dio la cara de Despina, que nunca tendría un hijo. Lo tituló Mujer embarazada.
Una noche se sentó junto a la mesa de disecciones y creó a un joven al que dotó de los rasgos de Karim, en una semejanza imperfecta aunque reconocible para cualquiera que lo hubiese querido. Rob dibujó la figura como si la piel fuese de cristal. Lo que no podía ver con sus propios ojos en el cadáver de la mesa, lo dibujó tal como decía Galeno. Sabía que algunos detalles imaginarios serían desacertados, pero el dibujo resultó notable incluso para él, pues mostraba los órganos y los vasos sanguíneos como si el ojo de Dios se asomara a través de la carne sólida.
Cuando lo concluyó, lo firmó, lo fechó y le dio el título de El hombre transparente.
En todo ese tiempo no hubo noticias de la guerra. Tal como había sido acordado, salieron cuatro caravanas cargadas de provisiones en busca del ejército, pero nunca volvieron a verlas, y se suponía que habían encontrado a Alá y se habían sumado al combate. Pero una tarde, inmediatamente antes de la cuarta oración, llegó un jinete con las peores noticias posibles.
Tal como habían conjeturado, cuando Masud hizo escala en Ispahán, su fuerza principal ya había encontrado a los persas y se había enzarzado con ellos. Masud envió a dos de sus generales más veteranos -Abu Sahl alHamduni y Tash Farrash- a la cabeza de su ejército por la ruta esperada.
Planearon y ejecutaron el ataque frontal a la perfección. Dividieron sus fuerzas en dos, permanecieron ocultos detrás de la aldea de al-Karaj y enviaron una patrulla de reconocimiento de cuatro hombres. Cuando los persas estuvieron lo bastante cerca, las huestes de Abu Sahl al-Hamduni aparecieron por una orilla de al-Karaj y los afganos de Tash Farrash salieron por la otra.
Cayeron sobre los hombres del sha por dos flancos, que rápidamente se acercaron hasta que el ejército de Ghazna quedó reunido a través de una gigantesca línea de combate semicircular semejante a una red.
Tras la sorpresa inicial, los persas lucharon valientemente, pero eran inferiores en número y estrategia, y fueron perdiendo terreno día a día. Por último, descubrieron que a sus espaldas había otra fuerza de Gahzna al mando del sultán Masud. Entonces la batalla se volvió más desesperada y salvaje, pero el resultado era inevitable. Los persas estaban enfrentados a la fuerza superior de los dos generales de Ghazna. Detrás, la caballería del sultán, poco numerosa pero feroz, libraba un conflicto similar a la histórica batalla entre los romanos y los antiguos persas, aunque esa vez la enemiga de Persia fue la efímera fuerza, que resultó arrasada. Los afganos golpeaban una y otra vez, y se esfumaban para reaparecer en otro sector de la retaguardia.
Finalmente, cuando los persas estaban suficientemente debilitados y confundidos, bajo la cobertura de una tempestad de arena Masud lanzó toda la fuerza de sus tres ejércitos en un ataque global.
A la mañana siguiente, el sol puso de relieve los remolinos de arena sobre los cadáveres de hombres y bestias, lo mejor del ejército persa. Algunos habían escapado y se rumoreaba que entre ellos estaba el sha Alá, según el emisario, aunque este detalle no había sido confirmado.
– ¿Qué ha sido de Ibn Sina? -inquirió al-Juzjani.
– Ibn Sina abandonó el ejército bastante antes de llegar al al-Karaj, hakim. Lo había afectado un terrible cólico que lo dejó imposibilitado, de modo que con permiso del sha el médico más joven de entre los cirujanos, Bibi al-Ghuri, lo llevó a la ciudad de Hamadhan, donde Ibn Sina sigue siendo propietario de la casa que fuera de su padre.
– Conozco el lugar -dijo al-Juzjani.
Rob sabía que al-Juzjani iría.
– Déjame ir contigo -le pidió.
Durante unos segundos, el celoso resentimiento parpadeó en los ojos del médico de más edad, pero en seguida la razón ganó la batalla y asintió.
– Partiremos de inmediato -dijo.
Fue un viaje arduo y tétrico. Espoleaban sus caballos, pues no sabían si iban a encontrarlo vivo. Al-Juzjani había enmudecido por la desesperación, y no era extraño que así fuera; Rob había amado a Ibn Sina durante pocos años relativamente, mientras que al-Juzjani idolatró toda su vida al Príncipe de los Médicos.
Tuvieron que hacer un rodeo hacia el este para eludir la guerra que, por lo que sabían, aún se libraba en el territorio de Hamadhan. Pero al llegar a la ciudad capital que daba nombre al territorio, la encontraron adormilada y pacífica, sin rastros de la gran matanza que había tenido lugar a pocas millas de distancia.
Cuando Rob vio la casa pensó que se adaptaba mejor a Ibn Sina que la gran finca de Ispahán. La vivienda de adobe y piedra era semejante a la ropa que siempre llevaba Ibn Sina: modesta y cómoda.
Pero en el interior reinaba el hedor de la enfermedad.
En un asomo de celos, al-Juzjani pidió a Rob que esperara fuera de la cámara en la que yacía Ibn Sina. Poco después, Rob oyó el murmullo de una conversación y luego, para su gran sorpresa y alarma, el inconfundible sonido de un golpe.
El joven médico llamado Bibi al-Ghuri salió de la cámara. Tenía la cara blanca y sollozaba. Pasó junto a Rob sin saludarlo y salió corriendo de la casa.
Poco después apareció al-Juzjani, seguido por un mullah anciano.
– Ese joven charlatán ha condenado a Ibn Sina. Cuando llegaron aquí al-Ghuri dio semillas de apio al maestro para interrumpir las ventosidades del cólico. Pero en lugar de darle dos danaqs de semillas, la dosis fue de cinco dirhams, y desde entonces Ibn Sina ha evacuado gran cantidad de sangre.
Cada dirham se dividía en seis danaqs, lo que significaba que había ingerido quince veces la dosis recomendada del brutal purgante.
Al-Juzjani lo miró.
– Formé parte de la junta examinadora que aprobó a al-Ghuri -se lamentó amargamente.
– No podías prever el futuro ni conocer por anticipado este error -dijo Rob amablemente.
Pero al-Juzjani no se consoló con sus palabras.
– ¡Qué cruel ironía que el médico más grande del mundo termine en manos de un Hakim inepto!
– ¿Está consciente el maestro?
El mullah asintió.
– Ha liberado a sus esclavos y repartido sus riquezas entre los pobres.
– ¿Puedo entrar?
Al-Juzjani hizo un ademán afirmativo.
Una vez en la cámara, Rob recibió un fuerte choque. En los cuatro meses transcurridos desde que lo viera por última vez, la carne de Ibn Sina se había consumido. Tenía los ojos hundidos, la cara parecía socavada y su piel era cerúlea.
Al-Ghuri le había perjudicado, pero el tratamiento erróneo sólo había servido para apresurar el inevitable efecto del cáncer de estomago.
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