Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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Rob se encogió de hombros y apartó la mano de la empuñadura, apartando la espada a fin de poder sentarse cómodamente en el suelo, frente al sha.

– Ejércitos nuevos -dijo Alá sin el menor humor, y abrió el juego moviendo un infante de marfil.

Rob movió un soldado negro.

– ¿Dónde esta Farhad? ¿Lo asesinaron en el combate?

Rob no esperaba encontrar solo a Alá. Había pensado que antes tendría que matar al capitán de las Puertas.

– Farhad no ha sido asesinado. Huyó.

Alá comió un soldado negro con su caballero blanco y en seguida Rob apeló a uno de sus caballeros de ébano para capturar a un soldado de infantería blanco.

– Khuff no te habría abandonado.

– No, Khuff no se habría fugado -coincidió Alá, distraído.

Estudió el tablero. Finalmente, en el extremo de la línea de batalla, levantó y movió al guerrero rukh tallado en marfil y con sus manos de asesino ahuecadas junto a los labios para beber la sangre de su enemigo. Rob tendió una trampa y atrajo a Alá, cediendo un jinete de ébano a cambio del rukh blanco.

Alá fijó la vista en el tablero.

A partir de ese momento sus movimientos fueron más deliberados y pasaba más tiempo sumido en la concentración. Le brillaban los ojos cuando capturó el otro jinete blanco, pero se le apagaron al perder su elefante.

– ¿Qué ha sido del elefante Zi?

– Ah, ese era un buen elefante. También lo perdí en la Puerta de Alá.

– ¿Y el mahout Harsha?

– Muerto antes que el elefante. Una lanza le atravesó el pecho.-Sin ofrecerle vino a Rob, bebió directamente de la jarra y volcó buena parte en su túnica mugrienta. Se secó la boca y la barba con el dorso de la mano-. Basta de charla -dijo, y se entregó de lleno al juego, pues las piezas de ébano llevaban una ligera ventaja.

Alá se transformó en un atacante porfiado y probó todas las tretas que antes le habían dado buenos resultados, pero Rob había pasado los últimos años oponiéndose a mentes más agudas: Mirdin le había enseñado cuándo debía ser audaz y cuándo cauteloso. Ibn Sina le había enseñado a prever, a pensar con tanta anticipación que ahora era como si hubiese conducido a Alá por los caminos en los que la aniquilación de las piezas de marfil era una certeza.

Pasaba el tiempo, y un brillo sudoroso apareció en el rostro de Alá, aunque las paredes y el suelo de piedra mantenían fresca la sala.

Rob tenía la impresión de que Mirdin e Ibn Sina jugaban como si formaran parte de su mente.

De las piezas de marfil sólo quedaban en el tablero el rey, el general y un camello; en breve, con los ojos fijos en los del sha, Rob comió el camello con su general.

Alá colocó a su general delante del rey, bloqueando la línea de ataque.

Pero a Rob le quedaban cinco piezas: el rey, el general, un rukh, un camello y un infante. Rápidamente movió el soldado de caballería no amenazado hasta el otro lado del tablero, donde las reglas del juego le permitían cambiarlo por su otro rukh, que fue recuperado.

En tres movimientos, sacrificó al recién recuperado rukh, con el propósito de capturar al general de marfil.

Y en dos movimientos más su general de ébano amenazó el caballo de marfil.

– Quítate, oh sha -dijo en voz baja.

Repitió tres veces las palabras, mientras acomodaba sus piezas de modo que el sitiado rey de Alá no tuviera hacia donde volverse.

– Shahtreng -dijo Rob finalmente.

– Sí. La agonía del rey.

Alá barrió las piezas restantes del tablero. Ahora se examinaban mutuamente, y Rob volvió a apoyar la mano en la empuñadura de su espada.

– Masud ha dicho que si el pueblo no te entrega, los afganos saquearán esta ciudad y asesinarán a sus habitantes.

– Los afganos asesinarán y saquearán esta ciudad tanto si me entregan como si no. A Ispahán sólo le queda una oportunidad.

Se incorporó con dificultad, y Rob se puso inmediatamente de pie porque un plebeyo no podía permanecer sentado si el gobernante estaba levantado.

– Desafiaré a Masud a combatir: rey contra rey.

Rob deseaba matarlo, y no quería admirarlo ni simpatizar con él, y frunció el ceño.

Alá curvó el pesado arco que muy pocos podían curvar y lo armó. Señaló la espada de acero estampado que le había hecho Dhan Vangalil y que ahora colgaba de la pared opuesta.

– Ve a buscar mi arma, Dhimmi.

Rob se la alcanzó y observó cómo se la sujetaba al cinto.

– ¿Irás ahora a enfrentarte con Masud?

– Este parece un buen momento.

– ¿Quieres que te asista?

– ¡No!

Rob notó el desprecio por la sugerencia de que al rey de Persia pudiera servirle de escudero un judío. Pero en lugar de enfurecerse, sintió alivio; lo había dicho impulsivamente y lamentó sus palabras en cuanto las pronunció, pues no veía ningún sentido ni gloria en morir junto al sha Alá.

Sin embargo, la cara de buitre se ablandó y el sha hizo una pausa antes de salir.

– Tu oferta ha sido viril. Piensa qué te gustaría tener como recompensa. A mi regreso te adjudicaré un calaat

Rob trepó por una estrecha escalera de piedra hasta las almenas más altas de la Casa del Paraíso, y desde su aguilera vio las viviendas de la zona más opulenta de Ispahán, a los persas en lo alto de las murallas, el llano y el campamento de Ghazna que se extendía hasta las montañas.

Aguardó largo rato con el viento agitándole los cabellos y la barba, pero Alá no apareció.

A medida que pasaba el tiempo comenzó a reprocharse no haber matado al sha; sin duda este lo había engañado y había puesto pies en polvorosa.

Pero en seguida lo vio.

La puerta occidental estaba fuera del alcance de su mirada, pero en el llano, más allá de la muralla, emergió el sha a horcajadas de una montura conocida: el semental blanco salvajemente hermoso que agitaba la cabeza y hacia elegantes cabriolas.

Rob vio que Alá cabalgaba directamente hacia el campamento enemigo.

Cuando estuvo cerca refrenó el caballo y, con los pies en los estribos, gritó su desafío. Rob no oyó las palabras, pues sólo llegó a sus oídos un apagado grito ininteligible. Pero algunos súbditos del rey debieron de oírlas. Los habían educado en la leyenda de Ardewan y Ardeshir, relativa al primer duelo librado para elegir un Shahanshah, y en lo alto del muro brotaron las aclamaciones. En el campamento de Ghazna, un grupito de jinetes bajó desde las tiendas de los oficiales. El que iba al mando llevaba un turbante blanco, pero Rob no sabía si era o no Masud. Estuviera donde estuviese este, si había oído hablar de Ardewan y Ardeshir y de la antigua batalla por el derecho a ser rey de reyes, nada le importaban las leyendas.

Una tropa de arqueros en veloces corceles salieron de las filas afganas.

El semental árabe era el caballo más rápido que Rob había visto en su vida, pero Alá no intentó correr más que ellos. Volvió a alzarse en los estribos. Esta vez, Rob estaba seguro, gritó pullas e insultos al joven sultán, que no presentaría batalla.

Cuando los soldados estaban casi sobre él, Alá preparó su arco e inició la fuga sobre el caballo blanco, pero no tenía hacia donde correr. Veloz como el rayo, se volvió en la silla y disparó una flecha que derribó al jefe afgano, blanco perfecto de la flecha del parto que arrancó vítores de los labios de quienes observaban desde los muros. Pero una lluvia de flechas encontró el cuerpo del sha.

Cuatro cayeron sobre su caballo. Un chorro rojo manó de la boca del semental. La bestia blanca redujo la marcha, se detuvo y osciló antes de desplomarse en los suelos con su jinete muerto.

Rob se asombró de su propia tristeza, que lo cogió desprevenido.

Los vio atar con una cuerda los tobillos de Alá y arrastrarlo hasta el campamento de Ghazna, levantando una estela de polvo gris. Por alguna razón que Rob no comprendió, se sintió especialmente molesto por el hecho de que arrastraran al rey por el suelo, boca abajo.

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