Rob le cogió las manos y sintió tan poca vida, que le resultó difícil hablar. Ibn Sina abrió los ojos y los fijó en los suyos. Rob sintió que el maestro leía sus pensamientos y no había necesidad de fingir.
– Pese a todo lo que puede hacer un médico, maestro, ¿por qué se es una hoja al viento y el auténtico poder sólo está en manos de Alá? -preguntó amargamente.
Para su gran confusión, una brillantez iluminó las facciones deterioradas del maestro. Y repentinamente, supo por qué Ibn Sina intentaba sonreír.
– ¿Ese es el acertijo? -inquirió débilmente.
– Ese es el acertijo…, europeo. Debes pasar el resto de tu vida… tratando de… encontrar la respuesta.
– Maestro…
Ibn Sina había cerrado los ojos y no contestó. Rob permaneció un rato sentado a su lado, en silencio, y finalmente dijo en inglés:
– Podría haber ido a cualquier otro sitio sin necesidad de imposturas. Al Califato occidental…: Toledo, Córdoba… Pero había oído hablar de un hombre, Avicena, cuyo nombre árabe me acometió como un hechizo y me sacudió como un estremecimiento. Abu Alí at-Husain ibn Abdullah Ibn Sina.
No podía haber entendido nada más que su nombre; sin embargo volvió a abrir los ojos y sus manos ejercieron una leve presión en las de Roh.
– Para tocar el borde de tus vestiduras. El médico más grande del mundo -susurró Rob.
Apenas recordaba al fatigado carpintero golpeado por la vida que había sido su padre natural. Barber lo había tratado bien, aunque con escaso afecto. Aquel era el único padre que su alma conocía. Olvidó todas las cosas que había menospreciado y sólo fue consciente de una necesidad.
– Solicito tu bendición.
Ibn Sina pronunció unas vacilantes palabras en árabe clásico, aunque Rob no tenía necesidad de comprenderlas. Sabía que Ibn Sina lo había bendecido largo tiempo atrás.
Se despidió del anciano con un beso. Al cruzar la puerta, el mullah ya se había instalado junto al lecho y leía en voz alta el Corán.
Volvió solo a Ispahán. Al-Juzjani se quedó en Hamadhan, pues quería estar a solas con su maestro agonizante durante sus últimos días.
– Nunca volveremos a ver a Ibn Sina -dijo Rob a Mary suavemente; ella dio vuelta a la cara y lloró como una criatura.
Después de descansar, Rob fue deprisa al maristán. Sin Ibn Sina ni al-Juzjani, el hospital estaba desorganizado y todo eran cabos sueltos; pasó un largo día examinando y tratando a los pacientes, conferenciando sobre heridas y en la desagradable tarea de reunirse con el hadji Davout Hosein para hahlar sobre la administración general de la escuela.
Como los tiempos eran inciertos, muchos estudiantes habían abandonado su aprendizaje y regresado a sus hogares de fuera de la ciudad.
– Esto nos deja con muy pocos aprendices de medicina para hacer el trabajo del hospital -protestó el hadjt
Afortunadamente, el numero de pacientes también era escaso, pues por instinto la gente se preocupaba más por la inminente violencia militar que por las enfermedades.
Aquella noche Mary tenía los ojos rojos e hinchados; ella y Rob se abrazaron con una ternura casi olvidada.
Por la mañana, al salir de la casita del Yehuddiyyeh sintió un cambio en el aire, una humedad semejante a la que precede a una tormenta en Inglaterra.
En el mercado judío casi todos los tenderetes estaban vacíos, y Hinda amontonaba frenéticamente sus mercancías en el puesto.
– ¿Qué pasa? -le preguntó Rob.
– Los afganos.
Cabalgó hasta el muro. Al subir la escalera descubrió que en el camino ronda se alineaban hombres extrañamente silenciosos, y de inmediato comprendió el motivo de sus temores, porque las huestes de Ghazna habían reunido sus numerosos efectivos. Los infantes de Masud llenaban la mitad del pequeño llano que se extendía más allá del muro occidental de la ciudad. Los jinetes, tanto a caballo como en camellos, habían acampado al pie de las montañas. Se veían elefantes de guerra atados en las partes más elevadas de las laderas, cerca de las tiendas, y puestos de nobles y comandantes cuyos estandartes crujían bajo el viento seco. En medio del campamento, flotando por encima de todo, ondeaba el amenazador pendón de guerra de Ghazna: la cabeza de un leopardo negro sobre campo naranja.
Rob calculó que aquel ejército de Ghazna cuadruplicaba el que Masud había llevado a través de Ispahán camino del oeste.
– ¿Por qué no han entrado en la ciudad? -preguntó a un miembro de la fuerza policial del kelonter.
– Persiguieron al sha hasta aquí y ahora el sha está dentro de las murallas.
– ¿Y por esa razón permanecen fuera?
– Masud dice que Alá debe ser traicionado por su propio pueblo.
Afirma que si le entregamos al sha nos perdonará la vida. En caso contrario, promete hacer una montaña con nuestros huesos en la maidan central.
– ¿Y Alá será entregado?
El hombre lo miró echando chispas por los ojos y escupió.
– Somos persas y él es nuestro sha.
Rob asintió. Pero no le creyó. Bajó del muro y volvió cabalgando a la casa del Yehuddiyyeh. Había guardado su espada inglesa envuelta en trapos aceitados. Se la sujetó a un costado del cuerpo e indicó a Mary que cogiera la espada de su padre e hiciera una barricada en la puerta tras su salida. Volvió a montar y cabalgó hasta la casa del Paraíso.
En la avenida de Alí y Fátima se habían reunido grupos con gentes de expresión preocupada. Había menos personas en las cuatro calzadas de la avenida de los Mil Jardines, y nadie en las Puertas del Paraíso. El bulevar real, en general inmaculado, daba muestras de descuido; nadie había segado el césped ni podado los jardines últimamente. En el otro extremo del camino había un centinela solitario.
El guardia retrocedió para dar el alto a Rob.
– Soy Jesse, hakim del maristán. He sido citado por el sha.
El guardia era poco más que un niño y parecía indeciso, incluso asustado. Por último, asintió y se hizo a un lado para dejarlo pasar.
Rob cabalgó por el bosque plantado para los reyes, por los verdes campos destinados al juego de pelota y palo, por las dos pistas de carreras y ante los pabellones.
Se detuvo detrás de los establos, en el alojamiento asignado a Dhan Vangalil. El fabricante de armas indio y su hijo mayor habían sido llevados a Hamadhan con el ejército. Rob ignoraba si habían sobrevivido, pero la familia no estaba allí. La casita se encontraba desierta y alguien había derribado a puntapiés las paredes de arcilla del horno que Dhan construyera con tanto cariño y esmero.
Bajó a caballo el largo y elegante camino de acceso a la Casa del Paraíso.
En las almenas no había un solo centinela. Los cascos de la montura de Rob resonaron en el puente levadizo. Después ató el caballo delante de las grandes puertas.
Una vez dentro de la Casa del Paraíso, sus pisadas también resonaban en los pasillos desiertos. Finalmente, llegó a la cámara de audiencias en la que siempre se había presentado ante el rey, y ahora lo vio sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, solo y en un rincón. Tenía enfrente una jarra de vino medio llena y un tablero en el que se había planteado un problema en el juego del sha.
Se lo veía en tan mal estado y desatendido, como los jardines. Su barba no había sido recortada. Tenía manchas purpúreas bajo los ojos y estaba más delgado, lo que hacía que su nariz se pareciera más que nunca a un pico de ave. Levantó la vista y vio a Rob con la mano en la empuñadura de la espada.
– ¿Qué, Dhimmi? ¿Has venido a vengarte?
Pasaron unos segundos hasta que Rob comprendió que Alá se refería al juego del sha, pues ya estaba reacomodando las piezas del tablero.
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