– ¿Qué puede querer Masud de los mullahs? -preguntó a al-Juzjani- Sin duda sus espías le han informado de los conflictos que tiene con ellos.
– Sospecho que intenta gobernarnos en breve y negocia en las mezquitas bendiciones y obediencias.
Y es posible que así fuera, pues en breve Masud y sus edecanes volvieron con sus tropas y no hubo pillaje. El sultán era joven, apenas un muchacho, pero él y Alá podrían haber sido parientes: tenían el mismo rostro orgulloso y cruel de depredador. Lo vieron desenrollar su impecable turbante negro, que dejó a un lado con gran cuidado, y ponerse un mugriento turbante negro antes de reemprender la marcha.
Los afganos cabalgaron rumbo al norte, siguiendo la ruta del eje de Alá.
– El sha se equivocó al pensar que vendrían por Hamadhan.
– Sospecho que la fuerza principal de Ghazna ya esta en Hamadhan -dijo lentamente al-Juzjani.
Rob comprendió que la idea de al-Juzjani era acertada. Los afganos que partieron eran muy inferiores en número al ejército persa, y entre ellos había elefantes de guerra; tenía que haber otra fuerza esperándolos.
– Entonces, ¿Masud está montando una trampa? -Al-Juzjani asintió- ¡Podemos partir a caballo para advertírselo a los persas!
– Ya es tarde; de lo contrario Masud no nos habría dejado vivos en cualquier caso -dijo con tono irónico al-Juzjani-, poco importa que derrote a Masud o Masud derrote a Alá. Si es verdad que el imán Qancseh ha ido a ponerse a la cabeza de los seljucíes para caer sobre Ispahán en última instancia no imperarán Masud ni Alá. Los seljucies son temibles y numerosos como las arenas de la mar.
– Si vienen los seljucíes o si Masud retorna para tomar la ciudad, ¿qué será del maristán?
Al-Juzjani se encogió de hombros.
– El hospital cerrará un tiempo y todos nos ocultaremos para salvarnos del desastre. Después saldremos de nuestros escondrijos y la vida seguirá como antes. Con nuestro maestro he servido a media docena de reyes. Monarcas vienen y van, pero el mundo sigue necesitando médicos.
Rob pidió dinero a Mary y el Qanun fue suyo. Tenerlo entre sus manos lo inundó de respeto reverencial. Nunca había poseído un libro, pero tan desbordante era su deleite con la propiedad de aquel, que juró que habría de tener otros.
Sin embargo, no pasaba demasiado tiempo leyéndolo, pues nada atraía tanto como el cuartito de Qasim.
Realizaba disecciones varias veces por semana, y empezó a usar sus materiales de dibujo, hambriento por hacer más cosas, aunque no las llevaba a cabo, pues necesitaba un mínimo de sueño si quería desempeñar adecuadamente sus funciones en el maristán durante el día.
En uno de los cadáveres que estudió, el de un joven que había sido acuchillado en una reyerta de borrachos, encontró el pequeño apéndice ciego dilatado, con la superficie enrojecida y áspera, y conjeturó que lo estaba observando en la primera etapa de la enfermedad del costado, cuando el paciente comenzaría a sentir las primeras punzadas intermitentes. Ahora tenía un cuadro amplio del progreso de la enfermedad desde el inicio hasta la muerte, y escribió en su registro:
Se ha observado la enfermedad abdominal en seis pacientes, todos los cuales fallecieron.
El primer síntoma marcado de la enfermedad es un repentino dolor abdominal. El dolor suele ser intenso y rara vez ligero.
En ocasiones va acompañado por escalofríos, y con mayor frecuencia con náuseas y vómitos.
Al dolor abdominal sigue la fiebre como siguiente síntoma constante.
Al palpar se percibe una resistencia circunscrita al bajo vientre derecho, con el área a menudo dolorida por la presión y los músculos abdominales tensos y rígidos.
El mal se asienta en un apéndice del ciego que, en apariencia, no difiere de una lombriz rosada y gruesa de la variedad común. Si este órgano se inflama o infecta, se vuelve rojo y luego negro, se llena de pus y finalmente estalla, escapando su contenido hacia la cavidad abdominal general.
En tal caso, se presenta rápidamente la muerte, por regla general entre media hora y treinta horas después del inicio de la fiebre alta.
Sólo estudiaba las partes del cuerpo que quedarían cubiertas por la mortaja. Este hecho excluía los pies y la cabeza, una verdadera frustración, pues ya no se contentaba con examinar el cerebro de un cerdo. Su respeto por Ibn Sina permanecía incólume, pues había tomado conciencia de que en ciertas cuestiones su mentor había recibido enseñanzas incorrectas acerca del esqueleto y la musculatura, y había transmitido la información errónea.
Rob trabajaba con gran paciencia, descubriendo y dibujando músculos como alambres y cuerdas. Algunos comenzaban en un cordón y terminaban en un cordón, otros presentaban acoplamientos planos, otros tenían acoplamientos redondeados, o un cordón únicamente en un extremo; tampoco faltaban músculos compuestos de dos cabezas, y aparentemente su función específica consistía en que si una de las cabezas se lesionaba quedaba útil la otra. Comenzó en la ignorancia y, de modo gradual, en constante estado de exaltación enfebrecida y ensoñadora, fue aprendiendo. Dibujó estructuras de huesos y articulaciones, formas y posiciones, comprendiendo que esos bosquejos tendrían un valor incalculable para enseñar a los jóvenes doctores a tratar torceduras y fracturas.
Siempre, cuando terminaba de trabajar, amortajaba los cadáveres, volvía a colocarlos en el depósito y se llevaba los dibujos. Ya no sentía que se asomaba a las profundidades de su propia condenación, pero en ningún momento perdió de vista el terrible fin que le aguardaba si lo descubrían. En las disecciones que hacía bajo la luz inestable y parpadeante de la lámpara en el cuartito sin ventilación, se sobresaltaba ante el menor ruido y quedaba paralizado por el terror en las raras ocasiones en que alguien pasaba ante la puerta.
Y tenía sobradas razones para estar asustado.
Una madrugada sacó del depósito el cadáver de una anciana que había muerto poco antes. Levantó la vista, y al otro lado de la puerta vio a un enfermero que iba hacia él, llevando el cadáver de un hombre. La cabeza de la mujer se inclinó y un brazo se balanceó cuando Rob se detuvo, enmudecido, y miró fijo al enfermero, que inclinó amablemente la cabeza.
– ¿Te ayudo con esa, Hakim?
– No es pesada.
Volvió a entrar detrás del enfermero, dejaron los dos cadáveres en el depósito y salieron juntos.
El cerdo sólo le había durado cuatro días, pues rápidamente se descompuso y fue indispensable deshacerse de él. Sin embargo, abrir el estómago y el intestino humanos producía olores mucho peores que el hedor dulzón de la podredumbre porcina. A pesar del agua y el jabón, el olor impregnaba todo el recinto.
Una mañana compró otro cerdo. Por la tarde, al pasar ante el cuartito de Qasim encontró al hadji Davout Hosein golpeando la puerta cerrada.
– ¿Por qué está cerrada con llave? ¿Qué hay adentro?
– Es un cuarto en el que estoy haciendo la disección de un cerdo -replicó serenamente Rob.
El vicerrector de la escuela lo observó con asco. En esos días, Davout Hosein lo miraba todo con suspicacia, pues los mullahs le habían solicitado que vigilara el maristán y la madraza en busca de infractores de la ley islámica.
Ese mismo día, varias veces, Rob lo vio rondar por allí.
Por la tarde, Rob volvió a casa temprano. A la mañana siguiente, cuando llegó al hospital, vio que habían forzado y roto la cerradura de la puerta del cuartito. Dentro, todas las cosas estaban como las había dejado…, aunque no exactamente. El cerdo yacía cubierto sobre la mesa. Sus instrumentos estaban desordenados, pero no faltaba ninguno. No habían encontrado nada que lo acusara y, por el momento, estaba a salvo. Pero la intrusión tuvo espeluznantes repercusiones.
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